By Archbishop Thomas Wenski - The Archdiocese of Miami
El 11 de abril fue el décimo aniversario de la entrada a la vida eterna del venerado Obispo Auxiliar de Miami Agustín Román. Se le recuerda como un santo sacerdote, un gran eclesiástico y un patriota cubano. El pasado 11 de julio en Cuba, cuando miles protestaron contra una dictadura intransigente, la consigna que los unió fue “Patria y Vida”, una respuesta a la tan repetida consigna “Patria o Muerte”, de Fidel Castro.
“Patria y Vida”, me atrevería a decir, también podría describirse como la visión rectora de la vida y el ministerio del obispo Román. La patria es el patrimonio común de todos los ciudadanos y como tal impone un deber serio. Al igual que Varela, quien dijo: "No hay patria sin valores", Monseñor Román comprendió que no era menos patriota por ser católico ni tampoco menos católico por ser patriota. Esta síntesis Vareliana de la fe religiosa y del deber cívico también explica la importancia de la Ermita para la Diáspora cubana — y la importancia del trabajo que Monseñor Román hacia allí. Monseñor Román era el Félix Varela de nuestros tiempos.
Podríamos decir que el Santuario fue construido como un reproche a la mentira del leninismo marxista que esclavizó a Cuba hace 63 años. El materialismo ideológico pretendió que Dios no existía y trató de borrar toda huella de Dios en la historia de Cuba y de destruir la identidad religiosa de la nación cubana. El mural que adorna el santuario de la Ermita cuenta la historia verdadera de Cuba - una historia que reconoce las contribuciones de hombres y mujeres de fe en la vida e identidad de la nación cubana. Pero también Monseñor Román vio a la Ermita como un antídoto para el materialismo práctico, que pone en peligro la vida de fe, aun en esta tierra de grandes libertades y oportunidades. Este materialismo práctico, que valora a las personas por lo que tienen y no por lo que son, pretende que Dios no importa.
La vida de Monseñor Román fue un testimonio coherente de que Dios sí importa. Y porque Dios importa también importan las criaturas hechas a su imagen y semejanza, no obstante su vulnerabilidad o su debilidad. Monseñor Román no se cansaba de poner ante nosotros las palabras de María, dirigidas a los sirvientes en las bodas de Caná: "Haced lo que él (Jesús) os diga". Y el obispo Román siempre insistió en que para ser devoto de María había que imitarla en su confianza y su obediencia.
El Papa, San Juan Pablo II, en su libro, "Memoria e Identidad," afirmó la diferencia entre un patriotismo constructivo y un nacionalismo destructivo. "El patriotismo es el amor por todo lo relacionado con nuestra tierra: su historia, sus tradiciones, su lengua, sus características naturales. Es un amor que se extiende también a las obras de nuestros compatriotas y los frutos de su genio. Mientras que el nacionalismo implica reconocer y perseguir el bien de la propia nación sola, sin tener en cuenta los derechos de los demás, el patriotismo es un amor por la tierra natal que otorgue derechos a todas las otras naciones iguales a los reclamados por la propia. El patriotismo, en otras palabras, conduce a un amor social bien ordenado".
Monseñor Román sufrió exilio por culpa de un nacionalismo destructivo que se apoderó de su amada Cuba, pero nunca dejó de ser un patriota – ni jamás dejó de predicar sin cansancio la buena nueva de Jesucristo que nos da la vida eterna. Se dedicó totalmente a la Patria y a la Vida.
Esta columna está adaptada de una reflexión que el Arzobispo Wenski escribió para una sección en El Nuevo Herald que recordaba la figura y persona de Mons. Agustín Román en el décimo aniversario de su muerte.
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