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Al leer la homilía de la Epifanía del Papa León XIV, una frase se me quedó grabada mucho después de haber terminado el texto. Me tocó la fibra sensible, no porque fuera provocativa, sino porque nombraba algo silenciosamente cierto, algo que muchos de nosotros en la Iglesia hemos sentido, pero que rara vez decimos en voz alta.

"El que estudia las Escrituras y piensa que tiene todas las respuestas parece haber perdido la capacidad de hacerse preguntas y de cultivar deseos".

No se trata de un comentario anti intelectual, ni de un rechazo de la teología, la doctrina o el estudio serio de la fe. Es algo mucho más incisivo y mucho más preocupante. Es un diagnóstico de cierre espiritual, una advertencia de que la posesión de conocimientos religiosos puede, paradójicamente, convertirse en un obstáculo para el encuentro si ya no está alimentada por el deseo.

La observación del Papa apunta al corazón tanto de la liturgia como de la evangelización, precisamente porque expone una tentación que afecta sobre todo al clero y a los creyentes comprometidos: la tentación de confundir la familiaridad con la intimidad, la competencia con la conversión, y la ortodoxia con la santidad.

El Evangelio de la Epifanía nos presenta un contraste deliberado. Por un lado está Jerusalén: la ciudad de las Escrituras, el Templo, el sacerdocio y la experiencia religiosa. Por otro lado están los Reyes Magos: forasteros, extranjeros, buscadores con conocimientos parciales y sin acceso privilegiado a las instituciones sagradas de Israel.

La ironía es inconfundible. Los Reyes Magos viajan, se arriesgan, buscan y se regocijan. Jerusalén, por el contrario, está "turbada".

Este detalle no es casual. Mateo está haciendo una afirmación teológica. El problema en Jerusalén no es la ignorancia, sino el aislamiento espiritual. Los que conocen las Escrituras pueden citar la profecía sobre Belén, pero no van hasta allá. Pueden explicar dónde nacerá el Mesías, pero no reconocen que Él ya está cerca.

Esta tensión recorre toda la historia de la salvación y continúa en la vida de la Iglesia. La revelación, cuando se recibe con humildad, produce movimiento. Cuando se posee de forma defensiva, produce miedo.

La ansiedad de Herodes no es simplemente política, sino espiritual. Teme a un Dios al que no puede controlar. Teme una revelación que no permanece a una distancia segura. Y por eso manipula, calcula y, en última instancia, destruye.

Los Magos, en cambio, aceptan la vulnerabilidad. Siguen una señal que no comprenden del todo. Hacen preguntas. Se arriesgan a equivocarse. Y precisamente por esa apertura, son capaces de reconocer el gozo cuando la estrella vuelve a aparecer.

La crítica del Papa León no se dirige a la erudición bíblica ni a la claridad doctrinal. Se dirige a lo que ocurre cuando el conocimiento se convierte en un fin en sí mismo.

Sin anhelo, la doctrina correcta se vuelve estéril.

Sin deseo, la liturgia se convierte en rutina.

Sin asombro, el conocimiento se vuelve defensivo.

Esto no es una especulación; es algo con lo que se encuentra todo párroco. Una comunidad puede tener una catequesis excelente, una prédica sólida, celebrar una liturgia reverente y, aun así, tener dificultades para evangelizar. ¿Por qué? Porque la evangelización no comienza con la información. Comienza con el encuentro.

La Iglesia siempre lo ha sabido. San Agustín advirtió que se pueden conocer bien las Escrituras y, aun así, perder a Cristo si el amor se ha enfriado. San Gregorio Magno insistía en que la predicación no brota solo del aprendizaje, sino de un corazón herido por la Palabra. El Concilio Vaticano II nos recuerda en Dei Verbum que la revelación no es una colección de verdades, sino la comunicación de Dios mismo.

La Nueva Evangelización, entendida correctamente, no es una estrategia para solucionar el descenso en el número de fieles. Es un llamado a recuperar el deseo espiritual, especialmente entre quienes ya pertenecen.

La liturgia no pretende ser eficiente. No está diseñada para ser "fácil de usar" en el sentido consumista. Su objetivo es despertar el hambre de Dios, de comunión, de conversión.

Cuando la liturgia se reduce a una rutina, cuando se vuelve predecible, apresurada o meramente funcional, pierde su poder evangelizador. La gente puede seguir asistiendo, pero ya no espera encontrarse con el Dios vivo.

La pregunta del Papa en su homilía —"¿Hay vida en nuestra Iglesia?"—, no es retórica. Es litúrgica. ¿Sugieren nuestras celebraciones que siempre es posible algo nuevo? ¿Que Dios sigue actuando? ¿Que la gracia no se ha agotado?

Una parroquia que verdaderamente evangeliza es aquella en la que la gente siente que Cristo no solo es recordado, sino que está presente. Que la Palabra sigue hablando. Que la Eucaristía sigue transformando. Que la Iglesia no está custodiando un museo, sino acogiendo a los peregrinos.

Aquí es donde muchos esfuerzos bien intencionados se desvían. La evangelización a veces se reduce a programas, técnicas o iniciativas de divulgación desconectadas de la renovación interior. Pero la Iglesia no evangeliza porque esté ocupada. Evangeliza porque está viva.

La homilía del Papa lo deja claro al recordarnos que todavía existen buscadores, los Reyes Magos de hoy. Cruzan umbrales, físicos y espirituales. Vienen con preguntas, heridas y esperanzas. Lo que encuentran en la Iglesia es importante.

¿Encuentran una comunidad en paz con Dios, o una comunidad ansiosa por preservarse a sí misma? ¿Encuentran una fe que invita al viaje, o una fe que teme la perturbación?

Por eso la Nueva Evangelización no comienza con métodos, sino con la conversión, especialmente entre el clero. Los sacerdotes no están destinados a ser administradores espirituales o custodios de estructuras heredadas. Están destinados a ser hombres en una misión: hombres que han sido conmovidos por el Evangelio, convertidos por la gracia y atraídos por un deseo más profundo de Cristo. Solo un sacerdote que aún anhela puede despertar el anhelo en los demás.

Mateo termina el relato de la Epifanía con un detalle que se pasa por alto con facilidad, pero que es teológicamente decisivo: "Volvieron a su tierra por otro camino".

Regresan transformados. El encuentro reorienta la vida. El venerable Fulton J. Sheen observó una vez que nadie acude a Cristo y sale sin haber cambiado; si la dirección sigue siendo la misma, el encuentro ha sido incompleto. Los Magos no solo obtienen información, sino que experimentan una transformación.

Este es el criterio definitivo tanto para la liturgia como para la evangelización. ¿Nos cambian? ¿Nos envían de manera diferente? ¿Reorientan nuestros deseos?

La Epifanía recuerda a la Iglesia que la revelación siempre inicia el movimiento. Dios se revela no para ser dominado, sino para ser seguido; no para ser controlado, sino para ser adorado.

Si la homilía del Papa León nos inquieta, eso es una gracia. Invita tanto a los sacerdotes como a las parroquias a examinar si hemos confundido la eficiencia religiosa con la vitalidad espiritual.

La Iglesia no necesita inventar un nuevo Evangelio. Necesita recuperar el deseo que la llevó por primera vez hasta los confines de la tierra.

Si nuestras liturgias recuperan el asombro, si nuestra predicación brota del encuentro, si nuestras parroquias se convierten en hogares para los que buscan, en lugar de fortalezas para los que ya están establecidos, entonces la evangelización no tendrá que ser forzada.

La estrella volverá a aparecer.

Y, como los Reyes Magos, nos encontraremos caminando, no hacia atrás, hacia la nostalgia, sino hacia adelante, por otro camino.

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Comments from readers

Rafael María Calvo Forte - 01/12/2026 07:57 PM
Este dato no es mío, es del P. Esney Muñoz: resumí su homilía en dos preguntas: Qué busco? A quién busco? Y después de esto, añado que cada vez que me encuentro con Jesús en la Palabra, la eucaristía o el prójimo; después iré por otro camino. Nada puede permanecer igual: tranquilo, inmanente, pasivo, encerrado en mi yo destructivo. Resumo que en encuentro con la Comunidad en la celebración eucarística, en ella se pueden dar estos tres encuentros y algo cambiará en cada uno.

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