�Jes�s, d�nde est�s?
Monday, June 23, 2014
*Rogelio Zelada
En el trasfondo de su obra, los evangelistas han conservado toda una rica trama nacida de las numerosas preguntas que las comunidades cristianas les formulaban. A trav�s de ellas rastreamos las inquietudes y los problemas de aquellos cristianos que estaban aprendiendo a serlo. Como un tapiz que se contempla por el rev�s, las acciones, afirmaciones y sentencias de Cristo recogidas en los Evangelios, revelan una fuerte e importante intenci�n de iluminar los primeros pasos de la segunda generaci�n de creyentes despu�s de la resurrecci�n.
As� vemos como Lucas responde a una apremiante inquietud de su iglesia: �ustedes conocieron al Se�or, lo pudieron o�r y tocar, pero nosotros, �d�nde lo podemos encontrar?�.
El relato de los disc�pulos de Ema�s (Lc. 24, 13-32) pretende darnos pistas claras y seguras para ello; toda la escena, enmarcada al principio por la oscuridad del des�nimo, busca responder a esa pregunta: Cristo camina a nuestro lado en todo momento y a cada momento, lo encontramos en el camino de la vida, a nuestro lado; �l se hace el encontradizo, no deja de buscarnos y de atraernos por todos los medios posibles, aunque pocas veces nos demos cuenta de ello (en la par�bola del hijo pr�digo, tambi�n del Evangelio de Lucas, el padre comienza a atraer al hijo nada menos que por el est�mago, por el hambre envidiosa que siente ante los cerdos que comen mejor que �l).
Encontramos al Se�or tambi�n en la proclamaci�n de la Palabra de Dios, pues el Resucitado, presente all�, hace vibrar al Cristo que vive en nuestros corazones; en una sinton�a luminosa de intensas resonancias evang�licas. El Jes�s de la historia se hace historia en nuestra vida cuando dejamos que la lectura de la palabra cale hondo en nuestros criterios, valores y respuestas ante la vida.
El centro del relato lucano nos invita tambi�n a la hospitalidad y a la acogida, ��Qu�date, que la noche es oscura. Largo el camino y fr�a la noche! Cristo est� en la actitud de acogida al extra�o, al peregrino a quien se reconoce como pr�jimo y se recibe en casa con afecto. Por eso puede explotar la noche en el signo de la fracci�n de pan, tan luminosamente que ya no necesitan ver mas al Se�or hecho peregrino. La Eucarist�a es su presencia por excelencia, alimento transformador que nos mueve a adoptar los mismos sentimientos de entrega presentes y permanentes en toda la vida de Jes�s.
Ahora que los disc�pulos han recuperado la fe, esta les mete prisa y les hace desandar el camino a Jerusal�n, esta vez sin el apoyo de la caravana y en medio de la aparente oscuridad de la noche del d�a de la resurrecci�n. Regresan a la comunidad del Resucitado, que ellos en su desilusi�n hab�an abandonado, a los hermanos reunidos, donde el Se�or est� tambi�n presente, en medio de todos ellos.
Con el relato de los disc�pulos de Ema�s, Lucas nos ha dejado un mapa seguro para encontrar al Se�or Jes�s, que est� siempre en el camino que nos toque recorrer, en la Palabra viva de Dios, en la Eucarist�a celebrada en familia de fe, en la acogida fraternal al desamparado, y en la comunidad de los creyente que es la Iglesia de Cristo.
A su comunidad, y a nosotros, el autor del evangelio de Mateo deber� recordar que el cristiano, en todo momento, debe tener lista la mirada para reconocer al Se�or presente en el hambriento, en el extranjero sin techo, en el enfermo, en el encarcelado, en el que est� solo, roto y abandonado (Mt. 31-46). Es su manera de responder a la misma pregunta: �Jes�s, d�nde est�s?
