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Why do we bury our dead

Feature News | Thursday, November 17, 2016

�Por qu� enterramos a nuestros muertos?

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Dayami Quetgles ora a los pies de la tumba de Monseñor Agustín Román, en esta foto tomada en abril del 2013.

Fotógrafo: Jonathan Martinez | FC

Dayami Quetgles ora a los pies de la tumba de Monseñor Agustín Román, en esta foto tomada en abril del 2013.

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MIAMI | Ir al cementerio y llevar flores a los difuntos, es una tradición muy común para los creyentes. “La flor representa nuestra esperanza, nuestra vida, nuestro amor por el difunto”, dijo el P. Juan Sosa, párroco de la iglesia St. Joseph, en Miami Beach, y presidente del Instituto Hispano de Liturgia.

Antiguamente, y todavía en algunos países como México, Colombia y Perú, se llevan ofrendas de alimentos a los muertos. Aunque se sabe que esa comida no va a ser consumida, es un gesto ancestral relacionado con la creencia común a muchas culturas antiguas, como la egipcia, la azteca y la inca de que la muerte es un viaje hacia la vida eterna, hacia otra eternidad.

Para los cristianos, esta religiosidad popular “es una expresión de una costumbre tradicional; pero lo más importante es la oración, la Eucaristía, la Santa Misa, en las capillas del cementerio”, dijo el P. Sosa.

A lo largo de los siglos, los cristianos han venerado a sus difuntos en los cementerios, pero no siempre ha sido así. La veneración o culto a los muertos es una de las tradiciones más antiguas del cristianismo; incluso en la época precristiana ya se veneraba a los difuntos.

En América, en las culturas azteca e inca, por los restos arqueológicos encontrados, se sabe que existían centros funerarios o cementerios.

En Europa, los primeros cristianos manifestaban respeto y veneración a los muertos en la forma en que los enterraban. Estos cristianos no sólo siguieron esa veneración de las antiguas civilizaciones a los muertos, sino la consolidaron dándole un sentido trascendente en el concepto de la inmortalidad del alma.

“La teología cristiana dice que la muerte no termina; nos transforma; la muerte nunca nos acaba, y ése es el contacto con el misterio pascual, con la redención de Cristo; de cierto modo coincide con ese concepto cultural”, indicó el sacerdote, que es también consultor del Comité Adoración Divina de la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos.

El cuerpo, durante la vida, es “templo del Espíritu Santo” y “miembro de Cristo” (1 Cor. 6,1:5-9) y cuando muere, para los cristianos sigue teniendo ese carácter.

Antiguamente, la tradición incluía lavar los cadáveres, ungirlos, envolverlos en vendas con aromas o vestirlos con riquísimas ropas y colocarlos en sepulcros. Después del siglo II, los cristianos comenzaron a enterrar a sus muertos bajo tierra; así comenzaron las catacumbas.

Las catacumbas se convirtieron en lugares sagrados para los cristianos, porque no sólo eran lugares donde se colocaba a sus difuntos, sino los mártires de la Fe, aquellos que morían por su fidelidad inquebrantable a Cristo. Sino que también sobre ellas se construyeron después las grandes iglesias y basílicas. “Y de allí viene la costumbre de que el altar, que va a ser símbolo de Cristo, siempre va a llevar la reliquia de algún mártir dentro”, señaló el P. Sosa.

A pesar de que ya en el siglo III el emperador Constantino, en Roma, dejó de perseguir a los cristianos, las catacumbas siguieron sirviendo como cementerios, y la veneración a los muertos se centró en las tumbas de los mártires. Alrededor de esa época apareció el culto a los santos, a los mártires de la Iglesia, pero no se dejó de lado la veneración a los difuntos en general.

Se consideraba un honor el ser enterrado al lado de un mártir de la Iglesia, un intercesor cercano ante Dios, por lo que las iglesias y basílicas se convirtieron en inmensos cementerios. Para detener esto, se estableció que los difuntos antes de ser enterrados deberían ser llevados a la iglesia y ser colocados ante el altar y se debía celebrar la Santa Misa de cuerpo presente.

Por los escritos de San Agustín al relatar los funerales de su madre, Santa Mónica, se sabe que esta práctica del siglo IV se ha mantenido hasta nuestros días.

La preferencia indiscutible de la Iglesia es el entierro del cuerpo; sin embargo, desde 1963 se ha permitido la cremación. En 1997, el Vaticano dio permiso a la Iglesia de los Estados Unidos para que permitiera la Misa de exequias con la presencia de los restos cremados, siempre y cuando el obispo del lugar lo autorice.

El Arzobispo Thomas Wenski espera a los católicos en la puerta de la Iglesia Our Lady of Guadalupe, donde se celebró la Misa del Día de Todos los Santos este año.

Fotógrafo: CRISTINA CABRERA JARRO| FC

El Arzobispo Thomas Wenski espera a los católicos en la puerta de la Iglesia Our Lady of Guadalupe, donde se celebró la Misa del Día de Todos los Santos este año.

El 25 de octubre pasado, la Congregación para la Doctrina de la Fe, presentó el documento “Ad resurgendum cum Christo”, o “Para resucitar con Cristo”, sobre la sepultura de los difuntos y la conservación de las cenizas en caso de cremación.

En este documento, el Vaticano incluye nuevas normas y ratifica la prohibición de algunas prácticas ampliamente difundidas actualmente entre los católicos, como la conservación de las cenizas en el hogar, esparcir las cenizas del difunto en el mar o usarlas para confeccionar recuerdos.

La cremación es lícita y las cenizas deben conservarse en un lugar sagrado, señala el documento. “La Iglesia no permite que se esparzan las cenizas aunque haya sido el deseo del difunto. Es muy importante ayudar a las familias a entender que los deseos de los difuntos, no necesariamente están en sintonía con la tradición de la Iglesia, por eso, es importante que hablemos de la muerte antes de cualquier fallecimiento y aclaremos cualquier confusión”, indicó el P. Sosa.

Las cenizas, precisa el texto, “deben mantenerse en un lugar sagrado, es decir, en el cementerio o, si es el caso, en una iglesia, o en un área especialmente dedicada a tal fin por la autoridad eclesiástica competente”.

Esto ayuda a evitar “la posibilidad del olvido, falta de respeto, malos tratos, así como prácticas inconvenientes o supersticiosas”, acotó el P. Sosa. Tampoco se puede mantener las cenizas en el hogar. Sólo en casos de graves y excepcionales circunstancias, dependiendo de las condiciones culturales de carácter local y con el permiso del obispo.

“Somos Templo del Espíritu Santo, por eso las cenizas se colocan en una urna en el cementerio. Así todos tenemos un punto de referencia a donde ir a llevar flores, o ir a orar; si no, ¿dónde está?, ¿en una foto?”, señaló el P. Sosa.

La Iglesia recuerda que el entierro es en primer lugar la forma más adecuada para expresar la fe y la esperanza en la resurrección corpórea.

Al respetar las normas establecidas por la Iglesia Católica, en el momento del entierro del cuerpo como de las cenizas, la Iglesia va a decir: “Estos restos mortales han sido, fueron templo, y son templo del Espíritu Santo; por lo tanto, han sido abrazados por Dios y merecen una veneración especial”, dijo el P. Sosa.

Hoy en día, la Iglesia recuerda de manera especial a sus hijos difuntos, dedicando el 2 de noviembre a todos los Fieles Difuntos. Y el 1� de noviembre se conmemora a todos los santos, que en su mayoría son los primeros cristianos.

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