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In hoc signo vinces

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La inquietud que flota en el aire del amanecer estremece la sólida y cincuentenaria muralla con la que el emperador Aureliano encerró la gran ciudad de Rómulo y Remo, porque la guerra entre romanos ha llegado a las mismas puertas de la ciudad. De los cuatro augustos que compartían el poder del imperio, los orientales, Maximiano y Galerio, desaparecieron de la escena política y militar a finales del año 307. Ahora las tensiones, la lucha por el poder absoluto y las ambiciones políticas de los otros dos emperadores de Occidente, Constantino y Majencio, han llevado a Roma a una situación límite.

Majencio, que permanece acuartelado y bien protegido tras los muros, posee un ejército numéricamente superior al de Constantino, pero no se atreve a enfrentarlo, porque los augures imperiales le pronosticaron una muerte segura si salía fuera del recinto amurallado. 

Finalmente, las ganas de entrar en combate fueron más fuertes que el temor supersticioso y, decididas y seguras de la victoria, las legiones de Majencio corren a la Vía Flaminia rumbo al puente Milvio para el gran combate.

Flavius Valerius Aurelius Constantinus había nacido en Naissus, la actual ciudad de Nis, Serbia, el 27 de febrero de 272, hHijo de Constancio Cloro y de Helena. Gran estratega militar, llegaba a la Ciudad Eterna en busca del lauro imperial después de grandes victorias militares sobre los germanos, los persas, los pictos y los alamanes.

El crismón: "In hoc signo vinces!" (“¡Con esta señal vencerás!”)

Fotógrafo:

El crismón: "In hoc signo vinces!" (“¡Con esta señal vencerás!”)

El 28 de octubre de 312, Majencio fue derrotado y su cabeza regresó a la ciudad clavada en uno de los lábaros de las tropas del nuevo y absoluto emperador del mundo. La tradición, o la leyenda, afirma que antes de la batalla, Constantino también había recibido un oráculo maravilloso distinto al de Majencio: vio un gran signo lleno de luz en el cielo y escuchó claramente unas palabras venidas del misterio: “¡In hoc signo vinces!” (“¡Con esta señal vencerás!”). No fue una cruz la visión maravillosa si no el crismón, el anagrama del nombre de Cristo en griego. Una insignia que aparecerá en el lábaro imperial y en los estandartes que las legiones triunfantes portan en su entrada triunfal.

La gran victoria de Constantino fue el inicio de una era de libertad para la fe cristiana. En Milán, el 15 de junio de 313, se redactó un protocolo de intenciones políticas y procedimientos que ha sido llamado “el edicto de Milán”. Una declaración redactada en términos beneficiosos para los cristianos; no sólo una total y completa libertad de culto, sino la devolución de todos los bienes que habían sido confiscados durante las persecuciones.

“En lo que toca a las cosas divinas es preciso permitir que cada cual obedezca al dictado de su conciencia. Queremos que cualquiera que desee seguir la religión cristiana pueda hacerlo sin temor alguno de ser inquietado.”

En esos momentos el número de cristianos en todo el imperio romano había crecido tremendamente; de unos 40,000 miembros en el año 150, habían aumentado a 6,300,000; más del 10 por ciento de la población total. Es el comienzo de una nueva situación para la Iglesia, que de repente se ve protegida y cuidada por el mas alto poder terrenal.

Constantino donó al Papa Silvestre I el palacio que había pertenecido a Diocleciano, gran perseguidor de los cristianos, en el sitio de la familia de los Lateranos, donde se construyó la primera gran basílica para el culto cristiano; allí habían estado los cuarteles de la guardia pretoriana de Majencio. El conjunto, una vez terminado, se convirtió en la catedral de Roma bajo la advocación de San Juan, San Juan de Letrán.

En la colina vaticana, sobre el mausoleo de Gayo, que guardaba las reliquias del primer papa, se construyó una gran basílica y para ello hubo que rellenar con toneladas de piedra las laderas de la colina, para hacer una base sólida para el gran edificio, aunque este homenaje arquitectónico supuso la desaparición del cementerio de los ricos de Roma que se encontraba en esa ladera.

A la libertad de culto y la restitución de los bienes confiscados se añadió la distribución de dinero como compensación por todos los daños recibidos. Se aplicaron exenciones fiscales. No sólo se reconstruyen iglesias, sino que se levantan basílicas en todas partes cuya construcción corre a cargo de la familia imperial. Sólo en Roma se construyeron más de 40 edificios de culto cristiano.

En el año 315, el anagrama de Cristo aparece en las monedas romanas substituyendo a las efigies de los dioses. Las sentencias eclesiásticas adquieren validez civil. Los cristianos alcanzan altos cargos en el gobierno y se prohíben los sacrificios, la magia, los auspicios y finalmente todo culto pagano. Muchos cristianos estaban convencidos de que el Reino de Dios había llegado o estaba a punto de irrumpir.

Con todo, no es posible considerar a Constantino como cristiano. Como militar adoraba al Dios Mitra, una divinidad solar cuyo culto coincidía con el de los cristianos el primer día de la semana. Mas bien se veía a sí mismo como “protector” de la Iglesia y consideraba firmemente que sus deberes y obligaciones no le permitían actuar conforme a lo que esperaba y necesitaba para consolidar su poder como emperador. Por intrigas en la corte ejecutó a su hijo mayor, Crispo, y poco tiempo después a Fausta, su segunda esposa.

Sin embargo, a su Madre, Helena, que había sido repudiada por su padre, le concedió el título de Emperatriz, y esta santa mujer atemperó muchas veces las decisiones de Constantino.

Gravemente enfermo, fue su última voluntad morir como miembro de la Iglesia que había querido defender y proteger como pagano. Fue bautizado en Nicomedia, Turquía,  el 22 de mayo de 337. Había gobernado un inmenso y poderoso imperio de manera férrea y totalitaria por 31 años.

Para la Iglesia comenzaba un tiempo de desafíos, de búsqueda de autenticidad, de mantener la identidad y la profundidad que había adquirido durante la gran prueba del tiempo de las persecuciones. Anacoretas, eremitas, monjes, hombres y mujeres en búsqueda de autenticidad, se irán al desierto y a la soledad de cuevas y montes para vivir con austera pobreza el heroico ideal de la fe. No quieren un cristianismo cómodo; añoran la época cuando la fe en Cristo, el vivir el Evangelio, era un constante desafío; una manera de ser, pensar y actuar que permitía enfrentar hasta la muerte con la inagotable fuerza de la esperanza.

Comments from readers

Juan Guerra - 04/23/2019 11:23 AM
Dear Rogelio, Thank you for a fascinating historical account of the early spread of Christianity. While grateful for that period of time when the persecution of Christians stopped and great Churches were built, the prosperity of Christianity under Constantine created its own set of problems. As relevant today, Pope Francis once again reminds us to not be ensnared by wealth and consumerism.
Joaquin Rodriguez - 04/23/2019 07:59 AM
Muy bueno; buenísimo. Espero y deseo que sea sólo el primero de una serie histórica que tanto ilustraría. Además de lo exacto, la capacidad de sintetizar el tema. Bendiciones.

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