Blog Published

Blog_17712506841239_S

17712506841239


La Cuaresma siempre llega con cierta calma. Cenizas, silencio, moderación, vestimentas moradas, menos flores, menos palabras. Y, sin embargo, paradójicamente, la Cuaresma es una de las épocas más hermosas del año litúrgico, no porque complazca nuestros sentidos, sino porque los agudiza. La Cuaresma nos entrena para volver a ver con claridad. Elimina lo superfluo para que pueda emerger lo que realmente importa.

Eso es, en muchos sentidos, lo que siempre hace la liturgia cuando se celebra bien. No existe para entretener, impresionar o, incluso, principalmente para explicar. Existe para formarnos. Y esto es algo que nuestro nuevo Santo Padre, el Papa León XIV, ha estado enfatizando de manera discreta pero constante: la liturgia no es simplemente algo que la Iglesia hace; es algo que la Iglesia es. A través de la liturgia, la Iglesia se convierte en sí misma.

En recientes discursos y homilías, el Papa León ha hablado repetidamente de la unidad de la Iglesia como algo que no se fabrica por acuerdo ni se impone por uniformidad, sino que se recibe, se recibe de la manera más profunda y poderosa en la oración común de la Iglesia. Cuando la Iglesia reza como una sola, según la mente de la Iglesia, vuelve a aprender quién es. La liturgia nos da un lenguaje compartido de fe, una postura compartida ante Dios, una memoria compartida de la salvación. Es aquí, semana tras semana, temporada tras temporada, donde la identidad católica no se discute, sino que se forma.

Esto es especialmente cierto en la Cuaresma. La Cuaresma no es un programa de superación espiritual, ni una temporada de devoción privada separada de la oración pública de la Iglesia. La Cuaresma es un camino comunitario, recorrido junto con Cristo. Las oraciones, las lecturas, los gestos y los silencios de la liturgia dan forma a ese camino. Nos enseñan cómo arrepentirnos, cómo esperar, cómo tener esperanza, cómo escuchar. Mucho antes de que “hagamos” algo por la Cuaresma, la liturgia hace algo por nosotros.

El Papa León también ha hablado con claridad sobre la belleza, no como adorno, sino como encuentro. La belleza, cuando es auténtica, no nos distrae del Evangelio, sino que nos atrae hacia él. La belleza de la liturgia, su noble sencillez, sus gestos reverentes, su silencio ordenado, tiene el poder de cautivarnos, de elevar nuestra mirada, de recordarnos que estamos en tierra santa. Pero aquí es donde se necesita una corrección importante, especialmente en nuestro tiempo. La liturgia no está destinada a dejarnos simplemente encantados. Está destinada a dejarnos transformados.

El peligro es sutil, pero real. Podemos convertirnos en un pueblo embelesado por la belleza, pero nunca traspasado por ella. Podemos admirar la liturgia, discutirla, criticarla, incluso defenderla, sin permitir que nos convierta. La insistencia del Papa León en que la liturgia forma discípulos es crucial aquí. La liturgia no forma conocedores. Forma testigos. Forma hombres y mujeres que, habiendo sido moldeados por el Misterio Pascual, son enviados de vuelta al mundo para vivir lo que han celebrado.

La Cuaresma hace que esta conexión sea inequívoca. Cuanto más nos adentramos en la oración de la Iglesia durante este tiempo, más nos enfrentamos a la verdad de nuestras vidas. La liturgia nombra el pecado con honestidad. Nos llama al arrepentimiento de manera concreta. Nos presenta a los pobres, a los que sufren, a los migrantes, a los olvidados, no como abstracciones, sino como rostros que debemos reconocer. Si nuestras liturgias cuaresmales se celebran de manera hermosa, pero nos dejan indiferentes ante las necesidades de los demás, algo ha salido mal.

La unidad de la que habla el Papa León no es meramente una unidad ritual, sino una unidad misionera. Una Iglesia que reza unida aprende a caminar unida. Una Iglesia que escucha unida aprende a salir unida. La Cuaresma nos recuerda que no caminamos solos hacia la Pascua. Caminamos con Cristo, sí, pero también unos con otros. Las disciplinas de la Cuaresma, la oración, el ayuno, la limosna, no son logros privados. Son actos eclesiales. Nos unen más estrechamente al Cuerpo de Cristo y agudizan nuestro sentido de la responsabilidad unos hacia otros.

Por eso la liturgia debe apuntar siempre más allá de sí misma, aunque siga siendo la fuente y la cumbre de la vida de la Iglesia. La belleza que nos cautiva en el altar debe impulsarnos a la misión. El silencio que nos enseña a escuchar debe hacernos atentos a los gritos del mundo. La unidad que experimentamos en el culto debe expresarse en la caridad, el servicio y la evangelización.

La Cuaresma es una escuela. La liturgia es la maestra. Y la lección es clara: ser una Iglesia formada por la belleza, arraigada en la unidad y enviada en misión. Mientras caminamos juntos hacia la alegría de la Pascua, permitamos que la oración de la Iglesia haga su trabajo silencioso y exigente, para que lo que celebramos con reverencia se viva con convicción, y lo que recibimos con gratitud se comparta con generosidad.

Add your comments

Powered by Parish Mate | E-system

This site is protected by reCAPTCHA and the Google Privacy Policy and Terms of Service apply