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Cuatro nuevos sacerdotes ordenados para Miami

Dos nacieron en Colombia, uno en México y uno en Hialeah

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MIAMI | Dos son mayores. Dos son más jóvenes. Dos vienen de la misma parroquia, Mother of Our Redeemer, otro de una cercana a esta, Immaculate Conception. Uno nació y creció en Hialeah. Los otros tres son inmigrantes que empezaron con trabajos modestos: cargando y descargando ropa, moviendo colchones y sirviendo mesas.

Los más recientes sacerdotes de Miami representan acertadamente a la gente que van a servir:

  • Omar Ayubi, de 55 años, es colombiano de origen libanés que se mudó a los Estados Unidos hace 26 años para reunirse con su familia;
  • Gustavo Barros, de 45 años, es también oriundo de Colombia, que vino a Estados Unidos hace 17 años en busca de éxito como fotoperiodista;
  • Juan Alberto Gómez, de 37 años, es oriundo de México, que encontró la salvación a través del Camino Neocatecumenal, y su vocación en la Jornada Mundial de la Juventud, en Toronto en 2002; y
  • Matthew Gómez, de 27 años, nació en Hialeah y se graduó de una escuela católica arquidiocesana. Siempre consideró el sacerdocio como una opción, hasta que lo discernió como un llamado.

El Arzobispo Thomas Wenski los ordenó sacerdotes el 12 de mayo, frente a cientos de asistentes, en la Catedral St. Mary, en una ceremonia llena de símbolos y tradiciones— y llena de gran emoción— como las historias personales de los nuevos ordenados.


‘La vida pasó’

El Arzobispo Thomas Wenski impone las manos al diácono Omar Ayubi, llamando al Espíritu Santo y ordenándolo como "sacerdote para siempre".

Fotógrafo: ANA RODRIGUEZ-SOTO | FC

El Arzobispo Thomas Wenski impone las manos al diácono Omar Ayubi, llamando al Espíritu Santo y ordenándolo como "sacerdote para siempre".

El P. Ayubi nació el 13 de abril de 1963, y descubrió su vocación a los 14 años. Estudiaba en una escuela secundaria Jesuita, en Barranquilla, y consideró entrar en la orden después de graduarse. Sin embargo, como él dice, “la vida pasó”.

Su padre falleció en 1980, el año en que se graduó. Era el mayor y “me convertí en padre, literalmente” de sus dos hermanos y una hermana. Trabajó en un banco mientras estudiaba informática. Eventualmente, su madre y sus hermanos se mudaron a Miami, y él se reunió con ellos en 1991.

Encontró trabajo en una fábrica de ropa en Hialeah, cargando y descargando camiones. Por la noche, estudiaba inglés. Pronto fue promovido del muelle de carga a la oficina de compras, y el trabajo se convirtió en una carrera profesional en tres compañías diferentes. Cuando la última compañía cerró sus operaciones en Miami, fue invitado a unirse a su oficina central en Chicago.

“Estaba listo para irme”, dijo. Pero dos semanas antes de la mudanza, el P. Jimmy Acevedo, entonces párroco de Mother of Our Redeemer, le ofreció un trabajo como administrador parroquial. “No puedo pagarte lo que ganas”, le dijo el sacerdote. Pero era suficiente para vivir, así que aceptó.

Durante los cinco años siguientes, la parroquia se convirtió en su vida: en la oficina cinco días a la semana, también los fines de semana, ya que su ministerio —que era anterior a su trabajo— incluía servir como acomodador, lector y coordinador de los ministerios litúrgicos.

Un día, “de la nada”, el P. Acevedo le preguntó si alguna vez había considerado el sacerdocio. “Dije: ‘Es curioso que me pregunte’”, recordó el P. Ayubi. Explicó que lo había considerado de nuevo, pero que para entonces ya tenía más de 30 años y pensó que estaba demasiado viejo. “Eres un tonto”, respondió el P. Acevedo, señalando que él mismo había ingresado al seminario cuando tenía más de 30 años.

El resto, como dicen, es historia. Entró al Seminario St. John Vianney en 2011 e inmediatamente supo que “tenía que estar allí”. La confianza vino de una fuente muy inusual: la novia con la que había estado planeando casarse hasta que de repente rompió con él. Ella no tenía una buena razón en ese momento, sólo un “algo” vago que no podía explicar. Cuando se enteró de que había entrado al seminario, ella lo llamó. “Eso es exactamente lo que era”, le dijo. “Tú no me pertenecías”.

“Las cosas pasan por una razón”, dijo el P. Ayubi. Ahora él ve su edad y su experiencia de vida como una ventaja para su ministerio. “Estuve en el mundo. Conozco el mundo. Sé exactamente lo que es ser padre de familia, trabajar, pagar tus cuentas... definitivamente creo que es una ventaja”.

Servirá como vicario parroquial en la parroquia Our Lady of Lourdes, en Kendall.

 

Una vocación tardía

El Arzobispo Thomas Wenski impone las manos al diácono Gustavo Barros, llamando al Espíritu Santo y ordenándolo como "sacerdote para siempre".

Fotógrafo: ANA RODRIGUEZ-SOTO | FC

El Arzobispo Thomas Wenski impone las manos al diácono Gustavo Barros, llamando al Espíritu Santo y ordenándolo como "sacerdote para siempre".

“Mi vocación es tardía”, dijo el P. Barros, quien nació el 7 de septiembre de 1972. Su sueño de niño era trabajar como fotoperiodista, y encontró el éxito en su natal Colombia, donde trabajo en el periódico más importante del país, El Tiempo. A los 28 años, se propuso encontrar el éxito en los Estados Unidos —y comenzó a vivir la vida del inmigrante.

Estudió inglés mientras trabajaba en una fábrica de colchones en Hialeah. También se unió al muy activo grupo de jóvenes adultos de Mother of Our Redeemer, lo cual describe como su “trampolín espiritual”.

Después de un año, encontró trabajo en un periódico en español en Seattle, Washington, pero regresaba frecuentemente a Miami, tanto para reconectarse con sus amigos parroquiales, como para completar una Maestría en Periodismo de la Universidad de Miami. Esos viajes de regreso, dijo, después de sentirse solo y con frío en Seattle, eran “como mi vitamina de calor humano”.

Y es ahí donde escuchó el llamado del Señor —dos veces, mientras asistía a los retiros del grupo de jóvenes adultos de Mother of Our Redeemer. La primera vez fue en Orlando. El tema del retiro era “Atrévete a decir sí”. En un momento dado, se les pidió a los que estaban considerando el sacerdocio que se pusieran de pie. Recuerda que “me quedé agarrado a la silla y de aquí no me levanta nadie. Esto no es para mí”.

Pero no podía dejar de pensar en eso, sobre todo porque a menudo le decían: “Serías un buen sacerdote”. Cuando regresó a Miami, cinco años después, escuchó el llamado nuevamente. Compartió sus sentimientos con el director espiritual del Cursillo al que asistía, quien le dijo que tenía que discernir.

Comenzó a asistir a las reuniones semanales organizadas por Mons. Roberto Garza, entonces el director arquidiocesano de Vocaciones. Un día, Mons. Garza invitó a los hombres a la catedral y les entregó las solicitudes para entrar al seminario. “Yo no podía escapar”.

Llegar a Estados Unidos fue más difícil de lo que esperaba, recordó el P. Barros. “Me encerraba en ese baño en Hialeah y lloraba”. Pero ahora entiende que “Dios quería que fuera un poco más humilde”, y añade que no se arrepiente. “La mano de Dios siempre estaba presente”.

Informar sobre los inmigrantes en Seattle, en su mayoría mexicanos indocumentados, “a mí me tocaba mucho”, dijo. También nació con un solo oído, una condición conocida como microtia y atresia que afectaba su audición, aunque paradójicamente, “me encanta escuchar a la gente”. Al recibir un implante cuando estaba en el seminario —un audífono anclado en el hueso— “mi vida cambió”, dijo.

Considera que esa experiencia “me despierta esa sensibilidad” hacia los enfermos y los necesitados y le ayudará a ejercer su sacerdocio. Su meta, dijo, es “crear conciencia en la gente de que Cristo está vivo”.

Servirá como vicario parroquial en la parroquia St. Louis, en Pinecrest.


‘Ir a misa me salvó’

El Arzobispo Thomas Wenski impone las manos al diácono Juan Alberto Gómez, llamando al Espíritu Santo y ordenándolo como "sacerdote para siempre".

Fotógrafo: ANA RODRIGUEZ-SOTO | FC

El Arzobispo Thomas Wenski impone las manos al diácono Juan Alberto Gómez, llamando al Espíritu Santo y ordenándolo como "sacerdote para siempre".

El P. Juan Alberto Gómez nació el 30 de octubre de 1980 en Veracruz, México. Recuerda que su vida fue un tanto difícil. Es el quinto de siete hermanos cuyo padre era alcohólico. Dejó a su familia para trabajar en otro pueblo cuando Juan Alberto tenía 10 años. Su madre murió cuando él tenía 16.

“No tenía dirección. Me sentía solo”, recordó. “Tenía un poco de odio a Dios, pero nunca me alejé de la Iglesia”.

De hecho, “todas las puertas estaban abiertas para caer en las drogas, en el alcohol”, dijo. Pero, mantuvo una fuerte atracción por la Misa. “Yo creo que el Señor me protegió. El ir todos los domingos a la Misa me salvó”.

Después de la escuela secundaria, dejó su casa y trabajó como camarero durante varios años en Acapulco. Regresaba a Veracruz los veranos para estudiar Matemáticas. Entonces se unió al Camino Neocatecumenal. Ahí le ayudaron a ver que no estaba solo, que Dios le amaba como padre, e incluso le animaron a asumir un papel de liderazgo en la comunidad.

También lo llevaron al Encuentro Mundial de la Juventud, en Toronto en 2002. Allí se dio cuenta, dijo, que “el Señor me estaba llamando. Vi la alegría, la fuerza de la juventud. Vi que no estaba solo, que la Iglesia era joven. No estaba muerta”.

Finalmente, respondió al llamado al sacerdocio. Después de estudiar en la Catholic University of America en Washington, DC, y en el Instituto Teólogo Católico de Oceanía Beato Diego Luis de San Vitores, en Guam, vino a Miami el año pasado y se unió al Seminario Redemptoris Mater, en la iglesia St. Cecilia, en Hialeah.

Al recordar su vida, se da cuenta de que, a pesar del sufrimiento, “ha sido bellísima. Porque es ahí donde he descubierto a Dios. Y lo he visto. Lo he tocado. Todo me ha ayudado hoy a decir, Sí Señor, quiero seguirte. Quiero dar testimonio de la buena noticia de que Tú nos amas, que no nos has abandonado”.

Desde que ingresó al seminario, se ha reconciliado con su padre, que todavía no practica la fe, y al principio no entendía cómo su hijo podía renunciar a tener una esposa e hijos. Pero el P. Gómez quedó impresionado, hace un tiempo, cuando su padre le dijo: “Hijo, tú has elegido la mejor parte” —las mismas palabras que Jesús le dice a María en los Evangelios.

“Es algo impresionante. Eso viene del Espíritu Santo”, dijo el P. Gómez. “Creo que el Señor me está preparando para algo grande”.

El P. Gómez servirá como vicario parroquial en la parroquia St. James, en North Miami.


Siempre una opción

El Arzobispo Thomas Wenski impone las manos al diácono Matthew Gómez, llamando al Espíritu Santo y ordenándolo como "sacerdote para siempre".

Fotógrafo: ANA RODRIGUEZ-SOTO | FC

El Arzobispo Thomas Wenski impone las manos al diácono Matthew Gómez, llamando al Espíritu Santo y ordenándolo como "sacerdote para siempre".


El P. Matthew Gómez, nacido el 4 de septiembre de 1990, es la casta más rara: oriundo de Hialeah, donde creció como feligrés de Immaculate Conception, se graduó de su escuela y de la escuela secundaria Msgr. Edward Pace, en Miami Gardens. Estudió un año en la Universidad St. Thomas antes de ingresar al seminario.

Atribuye su vocación, en parte, a sus padres y a Encuentros Juveniles, un movimiento juvenil arquidiocesano. Como sus padres, él y sus dos hermanos —Matthew es el mayor— hicieron el retiro y han servido como líderes. Sus padres también les enseñaron que “el llamado a la vida religiosa y al sacerdocio era una opción válida”.

Por eso Matthew levantó la mano en octavo grado cuando un seminarista visitó su salón de clases y preguntó si alguien estaba considerando el sacerdocio. No lo estaba considerando en ese momento, pero “era una opción”, recordó. En Pace se involucró en el grupo juvenil, lo cual también “permitió que mi corazón se abriera para que algún día puediera responder al llamado de Dios”.

Mientras estudiaba en St. Thomas recuerda un período de tres semanas en el que sus profesores “hablaban de tomar riesgos”. También lo hicieron las personas que conoció cuando visitó las Naciones Unidas en un viaje de estudios organizado por el Programa de Liderazgo Global de la universidad. Y también lo hizo un amigo y compañero de la parroquia Immaculate Conception, que ahora es el P. Bryan García, ordenado en 2015. En un retiro vocacional, el P. García dijo que entrar en el seminario es arriesgarse.

“Ese fue el momento en que se encendió el bombillo, cuando se unieron las tres semanas anteriores”, recordó el P. Gómez. Y se dijo a sí mismo: “Bueno, creo que tengo que correr el riesgo”.

Lo difícil fue decírselo a sus padres, que siempre habían insistido en que sus hijos fueran a la universidad. “Honestamente estaba aterrorizado”, dijo. “Estaba convencido de que los estaba desobedeciendo”.

Se lo dijo primero a sus hermanos, y una semana después, a sus padres, que también estaban encantados. “Esa fue la primera, realmente la única decisión que he tomado en mi vida sin ellos”, dijo el P. Gómez.

Como milenial, es activo en los medios sociales —“Lo tomo como la herramienta que es”—  e incluso presenta ocasionalmente un podcast llamado The Bearded Gentlemen (Los Caballeros Barbudos) con sus hermanos y un amigo, que se puede escuchar en Soundcloud. También le encanta ir al cine y ver televisión.

“Tenemos que encontrar la bondad, tenemos que encontrar a Cristo en cada momento”, dijo. “No tengo miedo de enfrentar eso en los medios y en la cultura secular”.

El P. Gómez dijo que espera con especial interés escuchar confesiones porque él mismo ha tenido muy buenas experiencias. “Quiero devolvérselo a la gente”, dijo, citando lo que le dijo un confesor: “No dejes que un buen pecado se desperdicie. Es una oportunidad para volver a Dios”.

El P. Gómez servirá como vicario parroquial en la parroquia St. John Neumann, en Kendall.

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Los sacerdotes recién ordenados regresan para ocupar su lugar en el santuario después de haber sido ungidos con el aceite del Crisma. Desde la izquierda: El P. Omar Ayubi, el P. Juan Alberto Gómez, el P. Gustavo Barros y el P. Matthew Gómez.

Fotógrafo: ANA RODRIGUEZ-SOTO | FC

Los sacerdotes recién ordenados regresan para ocupar su lugar en el santuario después de haber sido ungidos con el aceite del Crisma. Desde la izquierda: El P. Omar Ayubi, el P. Juan Alberto Gómez, el P. Gustavo Barros y el P. Matthew Gómez.

Comments from readers

Ricardo Cervantes - 05/14/2018 11:35 AM
May the Lord bless these new priests forever and accompany them in this new journey through this world. Como decía nuestro querido Mons. Agustín A Roman, “Que la paz del Señor reine en sus corazones, en sus familias, en sus ambientes. Que seamos un instrumento de su paz” Bendiciones Juan Pablo, Greisel y Ricardo Cervantes

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