Los estadounidenses deberían recordarlo, especialmente mientras celebramos el 250.º aniversario de nuestra fundación


Una lectura de la Misa hace poco me hizo pensar en nuestro debate permanente —y a menudo estridente— sobre la inmigración.

Son muchas las voces entre nosotros obsesionadas con deportar al mayor número posible de extranjeros. No solo a los delincuentes, no solo a quienes no tienen documentos en regla, sino incluso a quienes todavía tienen pendientes solicitudes legales de residencia permanente o asilo. (Incluso a una monja católica que caminaba hacia Misa con el hábito puesto en Texas).

Durante este período de sesiones, la Corte Suprema ha fallado sistemáticamente en contra de extender el Estatus de Protección Temporal (TPS) a cualquier persona —venezolanos, haitianos, sirios y otros— sin importar las condiciones peligrosas y, con frecuencia, inhumanas que afectan a sus países de origen.

Incluso la decisión más reciente del alto tribunal, que confirmó el precedente de más de 150 años según el cual toda persona nacida en suelo estadounidense es ciudadana de Estados Unidos, provocó numerosas objeciones y una oleada de hostilidad contra los extranjeros. Un comentarista —cofundador y director ejecutivo de The Federalist— incluso pidió negar la entrada «a todas las extranjeras embarazadas [y]... a todas las mujeres extranjeras» y exigir «la esterilización de todos los visitantes extranjeros antes de ingresar».

Estas objeciones tan virulentas al concepto de la ciudadanía por nacimiento me sorprenden. No solo porque, hasta el fallo de la Corte Suprema, semejantes ideas parecían relegadas a los rincones más oscuros de internet, sino sobre todo porque la ciudadanía por nacimiento ni siquiera era un tema controvertido hasta hace unos pocos años, cuando el oportunismo político la convirtió en uno.

Peor aún, esos sentimientos definitivamente no concuerdan con nuestros 250 años de historia, aniversario que celebramos este año.

Para repetir un cliché, somos una nación de inmigrantes: desde los peregrinos del Mayflower y quienes se establecieron en Jamestown hasta los irlandeses, italianos y otros europeos que llegaron por Ellis Island; desde los escoceses que se asentaron en el Sur hasta los esclavos traídos por la fuerza desde África; desde los chinos que fueron llevados a trabajar en los ferrocarriles del Oeste hasta los escandinavos que poblaron el Medio Oeste; desde los cubanos que encontraron refugio en la Freedom Tower de Miami hasta los somalíes que se establecieron en Minnesota y los venezolanos que hoy pueblan Doral; y muchos, muchísimos más.

«¿Pero por qué Dios ha bendecido a Estados Unidos? ¿Alguna vez has pensado en la conexión entre la bendición de Dios y la inmigración?»

Piensen en las ciudades más grandes e importantes de Estados Unidos y consideren por qué crecieron: inmigrantes polacos en Detroit y Chicago; inmigrantes irlandeses, italianos y judíos en Nueva York; inmigrantes hispanos en Los Ángeles y Miami. Algunos «inmigrantes» incluso llegaron con los territorios que adquirimos: mexicanos en Texas, franceses en Nueva Orleans y caribeños en Key West.

Cada 4 de julio solemos terminar la Misa cantando «God Bless America» o «America the Beautiful», un momento aún más conmovedor porque toda la iglesia canta al unísono (a diferencia de lo que ocurre con los himnos).

Pero ¿por qué Estados Unidos es hermoso y bendecido? ¿Alguna vez has pensado en la relación entre la bendición de Dios y la inmigración? Económicamente, hay pruebas. Somos la nación más diversa del mundo y la más próspera. La mano de obra inmigrante impulsó nuestras fábricas durante generaciones. Los inmigrantes siguen trabajando en nuestros campos, nuestras granjas y nuestros jardines. Los inmigrantes han fundado algunas de las empresas más innovadoras —y rentables— del planeta, todas con sede en Estados Unidos.

¿Y qué tiene que ver Dios con todo esto? Eso fue lo que me recordó esa lectura dominical. En el Primer Libro de los Reyes escuchamos la historia de Eliseo, el profeta, y la «mujer distinguida» de Sunem, quien lo invitaba a comer y finalmente le construyó una habitación en su casa para que pudiera hospedarse allí. ¿La recompensa por su hospitalidad? La promesa de Eliseo: «El año que viene, por este tiempo, tendrás un hijo en tus brazos».

En el libro del Génesis (capítulo 18), la hospitalidad de Abraham y Sara hacia «tres hombres» recibe una recompensa similar: «Uno de ellos dijo: “Volveré a verte por este tiempo el año próximo, y para entonces Sara tendrá un hijo”».

También en el Primer Libro de los Reyes (capítulo 17), la generosidad de la pobre viuda hacia otro profeta, Elías, hace que «hubiera comida durante mucho tiempo para él, para ella y para toda su casa». Incluso, por intercesión de Dios, Elías devuelve la vida al hijo de la viuda.Y luego están todos esos pasajes en los que se nos recuerda:

«No maltratarás ni oprimirás al extranjero, porque ustedes fueron extranjeros en la tierra de Egipto». (Éxodo 22:20)

«Cuando un extranjero resida con ustedes en su tierra, no lo maltratarán. Lo tratarán como a uno de ustedes; lo amarás como a ti mismo…». (Levítico 19:33-34)

«Porque el Señor, tu Dios, es el Dios de los dioses y el Señor de los señores, el Dios grande, poderoso y temible, que no hace acepción de personas ni acepta sobornos; que hace justicia al huérfano y a la viuda, y ama al extranjero, dándole alimento y vestido. También ustedes deben amar al extranjero…». (Deuteronomio 10:17-19)

«No se olviden de practicar la hospitalidad, porque gracias a ella algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles». (Hebreos 13:2)

«Compartan con los hermanos que pasan necesidad. Practiquen la hospitalidad». (Romanos 12:13)

«Sean hospitalarios unos con otros sin quejarse». (1 Pedro 4:9)

Mirando con los ojos de la fe, creo que Estados Unidos es un país único, bendecido y extraordinario precisamente por su generosidad. Porque, a lo largo de nuestra historia, nos hemos abierto a acoger a «los cansados, los pobres, las masas hacinadas que anhelan respirar en libertad».

Los turistas que recorrieron este gran país durante el Mundial sin duda lo notaron y lo apreciaron. Nuestra hospitalidad nos ha traído riqueza e innumerables bendiciones. No podemos sentirnos orgullosos de esas bendiciones y al mismo tiempo olvidar qué fue lo que las hizo posibles. Dios cumple sus promesas. Y la hospitalidad trae bendiciones.

«…¡América, América!
Que Dios derrame su gracia sobre ti,
y corone tu bien con fraternidad,
de mar a mar resplandeciente».

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Comments from readers

Rafael M. Calvo Forte - 07/28/2026 04:24 PM
Qué excelente reflexión ha hecho Ud., cuán útil y necesaria. Si bien estas leyes draconianas en parte fueron producto del descontrol migratorio, se ha vuelto todo al revés y sin misericordia ni contemplaciones tan sensatas como la de los nacidos en esta tierra de promisión. Y sí, somos la nación con más influencia y congruencia de distintas culturas que, en su momento han enriquecido a los Estados Unidos de Norteamérica. Qué razón tiene al decir con qué emoción cantamos God bless America Ojalá sus palabras lleguen al corazón del Senado y Congreso estadounidenses. Dios la bendiga.
Robert Hubbard - 07/28/2026 04:22 PM
Ana So many bible passages are related to today’s crisis One must never forget the chosen one, he foresaw this 2000 years ago. Stand up and be counted all of us and make that difference, go share in acts of charity and pass on to all regardless of creed or color or citizenship the good news We are one and you’ll never walk alone

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