Eclesiólogos o vaticanistas
Monday, April 20, 2026
*Fr. Eduardo Barrios, SJ
La Iglesia siempre ha sido objeto de interés. No faltan quienes se consideran expertos conocedores de la Iglesia, pero para ellos, la Iglesia se reduce al Vaticano, o quizás, la Santa Sede.
En la prensa prevalecen los textos de quienes observan esa maquinaria administrativa de la Iglesia que opera desde una de las colinas romanas. Se conocen como “vaticanistas”. Se fijan en las relaciones más o menos atinadas de la Santa Sede con los gobiernos con los que tiene relaciones diplomáticas, y sobre todo, subrayan las fragilidades humanas de los prelados. Se quedan en lo visible, y, por tanto, en la superficie de la Iglesia.
Para comprenderla se necesita la exposición del eclesiólogo. “Ecclesia” significa Iglesia en Griego y Latín. Hay una disciplina teológica llamada Eclesiología, porque la Iglesia pertenece al Credo. Recordemos que los creyentes la proclamamos “una, santa, católica y apostólica”. Quienes estudian la Iglesia como una reflexión desde la fe se llaman eclesiólogos. También hay otras especialidades teológicas, como la Cristología, la Mariología, la Antropología teológica, la Pneumatología, entre otras.
A la mayoría de los medios de comunicación no les interesan los estudios eclesiológicos. Posiblemente piensen que exponen subjetividades por no tratar de realidades al alcance de los sentidos corporales.
Vamos a asomarnos al misterio de la Iglesia:
¿Cómo explicar que unos incultos pescadores de Galilea lograran dar sólida base al Cristianismo hace veintiún siglos, sin contar con poderío económico, político y militar? Y, ¿cómo explicar que sobreviviera a las hostilidades de judíos y de romanos? Responda el eclesiólogo.
¿Y si fuera verdad que Jesús no quedó muerto y sepultado? ¿Será cierto que resucitó al tercer día a la vida gloriosa? ¿Sigue vivo a la diestra del Pade como cabeza invisible de la Iglesia? Tome la palabra el eclesiólogo.
¿Y si el Espíritu Santo animase a la Iglesia como el alma al cuerpo? ¿Y si ese mismo Espíritu apoyase a los Papas, incluso a los menos idóneos, para que no enseñen nada contrario a la fe y moral cristianas? Den respuesta los eclesiólogos en colaboración con otros teólogos.
¿Y si fuera cierto que al Papa y a los obispos les interesa más cumplir la voluntad de Dios que dejarse guiar por las encuestas o seguir los pareceres de los considerados izquierdistas o derechistas?
La reflexión eclesiológica explicaría el misterio del martirio. Desde los primeros siglos hasta el presente, muchos hijos e hijas de la Iglesia han preferido morir antes que apostatar. Eso hace pensar.
También asombra que tantas mujeres se hayan consagrado a Dios en virginidad; se les conoce mayormente como religiosas o monjas. También abundan los hombres consagrados a Dios en perpetua pobreza, castidad y obediencia, así como viven célibes los que reciben el sacerdocio ministerial. Nada de eso se logra con medios puramente humanos; le toca al eclesiólogo mostrar que Dios llama y da su gracia para asumir felizmente una vida dificultosa a la naturaleza humana caída.
El eclesiólogo historiador señalará la titánica labor civilizadora de los monjes medievales. Explicará que no basta la astucia humana para lograr lo que ha hecho y hace la Iglesia al fundar tantas universidades, escuelas, hospitales, orfanatos, y asilos.
Si el vaticanista hablase menos y el eclesiólogo se hiciese oír más, habría menos confusión sobre esa realidad teándrica (humano-divina) que es el Pueblo de Dios, el Cuerpo Místico de Cristo, la Comunión de los Fieles, es decir, la Iglesia.

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