
La confianza en nosotros mismos y en Dios puede brindarnos paz ante los temores y las incertidumbres de la vida
La virtud de la confianza
Monday, September 14, 2026
*Fr. Eduardo Barrios, SJ
La vida de numerosas personas se caracteriza por la angustia existencial. Mucha gente vive muriéndose de miedo. Si la confianza floreciese en sus corazones, tendrían más paz: serían más felices.
I. Confianza humana
A nivel puramente natural, las relaciones humanas se hacen infernales cuando falta la confianza.Aunque las malas noticias nos inviten a desconfiar de los humanos, sin embargo, no hay más remedio que vivir confiando en la gente. De lo contrario no daríamos un paso en la vida. Por ejemplo, cuando uno viaja por una carretera, no piensa que los choferes en dirección contraria son suicidas que van a lanzarse contra uno. Si uno no confiara en ellos, mejor nunca salir en carro.
Otro ejemplo: cuando en la casa nos ponen la comida sobre la mesa, uno confía en que no está dañada. Y así podrían aducirse muchos ejemplos que demuestran cómo la convivencia humana tiene que basarse necesariamente en la confianza.
También paraliza a las personas la desconfianza en las propias cualidades. Hay personas inseguras. Creen que nada les puede salir bien. Los entendidos en deportes, por ejemplo, dicen que muchos deportistas rinden poco cuando dudan de su talento deportivo.
Alguien podría pensar que la confianza en sí mismo equivale a falta de humildad o a exceso de presunción. No necesariamente. La confianza en sí mismo es virtuosa cuando uno reconoce que las propias cualidades son dones de Dios.
II. Confianza en Dios
La confianza en Dios se encuentra emparentada con la virtud teologal de la esperanza. Se podría decir que es como la flor y el fruto de la esperanza.
Santo Tomás de Aquino la define como “esperanza fortalecida por una sólida convicción”.
Se fundamenta en el crédito que se da a las promesas de Dios. Confía en Dios quien sabe que Dios siempre ha cumplido sus promesas. Esa fidelidad de Dios en el pasado garantiza que seguirá actuando igual en el futuro.
El creyente espera mucho en Dios, porque conoce las perfecciones divinas, especialmente su inconmensurable amor hacia nosotros, sus criaturas predilectas.
Dios ha querido revelarse como padre providente y bienhechor. Su divina providencia no puede menos que inspirarnos confianza.
Ya en el Antiguo Testamento el profeta Jeremías elogió la confianza en Dios con estas poéticas palabras: “Bendito el hombre que confía en el Señor y pone en el Señor su confianza. Será como un árbol plantado junto al agua, que alarga hacia las corrientes sus raíces” (Jer. 17, 7-8). Un poco antes ha declarado “maldito” al que sólo confía en los recursos humanos “apartando su corazón del Señor” (Jer. 17,5).
En el Nuevo Testamento, Jesucristo nos exhorta a la confianza cuando dice: “No anden preocupados pensando qué van a comer o a beber para sustentarse, o con qué vestido van a cubrir el cuerpo... Esas son las cosas por las que se preocupan los paganos” (Mt. 6, 25.32). Ilustra líricamente esa enseñanza señalando hacia las aves del cielo y los lirios del campo, criaturas a las que Dios cuida aun cuando son muy inferiores a nosotros.
Cuando Jesús nos puso a los niños como dignos de imitación, se refería a la confianza filial de los niños. Ese es el sentido de su expresión: “Dejen que los niños vengan a mí, y no se lo impidan, porque de los que son como ellos es el Reino de los Cielos” (Mt. 19,14).
A Santa Teresita del Niño Jesús le impresionó mucho ese versículo. Sobre él construyó su escuela de espiritualidad, conocida como “infancia espiritual”, que no consiste en otra cosa que en vivir confiando plenamente en Dios.
En honor a la verdad, debemos reconocer que las pruebas de la vida zarandean nuestra confianza en Dios. Jesús mismo en la cruz exclamó: “¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?” (Mc. 15,34). Eran las primeras palabras del Salmo 22. Pero los escrituristas enseñan que Jesús rezó todo el salmo, en el cual también se encuentran expresiones de esperanza.
San Pablo tuvo que remar contra corriente durante toda su vida apostólica, pero los naufragios, obstáculos y contratiempos no pudieron arrancarle la confianza en Dios. Después de mencionar la tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro y la espada, declara: “Pero Dios, que nos ama, hará que salgamos victoriosos de todas las pruebas” (Rom. 8, 37).
Hacia el final de su vida, el anciano San Pablo siguió dando testimonio de confianza en Dios: “Yo sé bien en Quién he puesto mi confianza, y estoy persuadido de que tiene poder para asegurar hasta el último día el encargo que me dio” (2Tim. 1,12).
En la Historia de la Iglesia encontramos a un santo que ha sido llamado “profeta de la confianza en Dios”. Se trata del jesuita francés San Claudio de la Colombiere (+ 1682). Él es famoso también por haber sido el confesor que ayudó a Santa Margarita María de Alacoque a difundir el culto al Sagrado Corazón de Jesús.
San Claudio escribió un “Acto de confianza en Dios” que aparece en muchos devocionarios. Recordamos, para concluir, las palabras iniciales: “Señor Dios mío, estoy tan convencido de que velas sobre los que en Ti esperan y de que nada puede faltar a quienes lo esperan todo de Ti, que he decidido vivir de ahora en adelante sin preocupación alguna y depositar en Ti todas mis ansiedades”.
