Tradición y reforma auténtica se unen en el culto a Cristo


Pregunte a un grupo de católicos qué necesita la liturgia y, en menos de dos minutos, tendrá una discusión sobre estilos. Canto gregoriano o música contemporánea. Latín o lengua vernácula. Reverencia o participación, como si hubiera que elegir entre una y otra. He estado presente en esas reuniones. He visto a la gente tomar partido.

Lo que casi nunca se plantea es la pregunta que está detrás de todas ellas: ¿Qué está haciendo Cristo aquí y en qué quiere transformarnos?

Ahí es donde comienza el Papa León XIV.

Entre el 20 de mayo y el 26 de agosto, en la tercera parte de su serie de catequesis sobre los documentos del Concilio Vaticano II, el Santo Padre dedicó ocho audiencias generales a Sacrosanctum Concilium, la Constitución del Concilio sobre la Sagrada Liturgia y el primer documento que promulgó. Abordó la liturgia dentro del misterio de la Iglesia, la tradición y el desarrollo, el rito y el símbolo, la Eucaristía, la oración de la Iglesia, el año litúrgico, la música sacra y, finalmente, los motivos de la reforma misma. Leídas en conjunto, las ocho catequesis nos ofrecen una visión temprana y excepcionalmente clara de cómo este Papa entiende lo que sucede en el altar.

Su punto de partida no es una preferencia. Es una afirmación sobre quién está actuando.

La liturgia, dijo el Papa León el 20 de mayo, toca el corazón mismo del misterio de Cristo, porque es al mismo tiempo el espacio, el tiempo y el contexto en el que la Iglesia recibe de Él su vida. Cristo está presente en la Palabra proclamada, en los sacramentos, en los ministros, en la asamblea y, de manera más plena, en la Eucaristía. Él no está esperando cortésmente a que nosotros generemos una experiencia de su presencia. Él está actuando.

Si esto es así, la Misa no es, ante todo, algo que nosotros hacemos. Es algo que Cristo hace, incorporando a su Iglesia a su propia ofrenda al Padre. Esto significa que la liturgia no pertenece al temperamento del celebrante, al gusto del director de música ni al criterio de un comité de planificación. La liturgia se recibe, porque pertenece a Cristo y a todo su Cuerpo.

Recibirla, sin embargo, no significa congelarla.

El 27 de mayo, el Papa se refirió a Pío XII, quien llamó a la Iglesia un organismo vivo que crece, madura y se adapta mientras se salvaguarda la integridad de su doctrina. Junto a esta idea, presentó el principio rector del propio Concilio: conservar la sana tradición y, al mismo tiempo, mantener “abierto el camino a un progreso legítimo”. Después citó a Benedicto XVI, quien observó que tradición y progreso suelen oponerse torpemente, cuando en realidad el río de la tradición lleva consigo su propia fuente.

Vale la pena detenerse en esa imagen. Un río que ha dejado atrás su fuente ya no es un río. Es una inundación.

León distingue cuidadosamente entre lo que puede cambiar y lo que no. Repite la distinción del Concilio entre los elementos divinamente instituidos e inmutables y aquellos que admiten cambios. Insiste en que las nuevas formas deben crecer orgánicamente a partir de las ya existentes y que toda reforma debe estar precedida por estudios teológicos, históricos y pastorales. Y advierte contra cualquiera que, por iniciativa propia, añada, quite o modifique algo.

La tradición no puede significar inmovilidad, del mismo modo que el desarrollo legítimo no puede significar invención. La Iglesia recibe lo que le ha sido dado, lo custodia, lo celebra y lo transmite.

En ningún aspecto resulta esta recuperación más útil pastoralmente que en lo que el Papa dice sobre la participación.

Con frecuencia hemos medido la participación por la actividad visible. Se participa leyendo, cantando, llevando algo en la procesión de las ofrendas o sirviendo en el altar. Estas son formas reales de servicio. Pero no constituyen toda la participación. Citando al cardenal Montini, el futuro Pablo VI, León recordó que la presencia física no puede conciliarse con la ausencia espiritual. Y volvió a la impactante enseñanza del Concilio según la cual los fieles ofrecen el sacrificio “no sólo por manos del sacerdote, sino juntamente con él”, y así aprenden a ofrecerse a sí mismos.

Esto significa que el padre o la madre que lleva al altar a un hijo que atraviesa dificultades, la viuda que deposita allí su soledad y el hombre agotado que lleva consigo los estragos de su semana no son espectadores. Están haciendo precisamente aquello que el Concilio pidió.

Por eso su catequesis sobre el rito y el símbolo importa más de lo que podría parecer. Recibimos más imágenes que cualquier otra generación de la historia y, sin embargo, somos menos capaces que muchas otras de asimilarlas. Hablamos constantemente y somos incapaces de guardar silencio. Controlamos lo que aparece frente a nosotros, mientras que la liturgia nos pide que seamos receptivos a algo que nosotros no hemos creado. Quizá el problema no sea que la liturgia haya perdido su significado. Quizá seamos nosotros quienes hemos perdido parte de nuestra capacidad para recibir el significado de manera sacramental.

Agua, aceite, pan, vino, incienso, posturas, procesiones, silencio. No son adornos colocados alrededor del contenido. Son el lenguaje de la Encarnación con el que reza la Iglesia. Por eso León pide una formación mistagógica que introduzca a las personas en el misterio desde el interior de los ritos de la Iglesia, en lugar de dejarlas como simples observadores de ceremonias.

Su reflexión sobre la música sacra sigue la misma lógica. La música no se elige simplemente porque resulte familiar o porque emocione a una determinada generación. Está al servicio de la acción litúrgica. El Papa pide textos dignos, comprensibles y tomados de las Escrituras, de los libros litúrgicos y de la tradición espiritual de la Iglesia, para que se mantenga el antiguo principio: la ley de la oración es la ley de la fe. Significativamente, nunca presenta la reverencia y la participación como rivales. Ambas pertenecen a una liturgia en la que toda la persona es incorporada al culto a Dios.

A los sacerdotes les habla directamente. El respeto por los textos y las normas de la liturgia nace de la humildad ante Dios y de la fidelidad a la comunión eclesial. Es una afirmación necesaria. La fidelidad litúrgica no es rigidez. Es reconocer que el hombre que está ante el altar es servidor de algo que él no ha inventado.

Es igualmente directo al hablar de los años posteriores al Concilio. En su catequesis final reconoció claramente que hubo abusos, y que todavía los hay, cuando los principios de la reforma fueron llevados al extremo o malinterpretados. No utilizó esos errores para desacreditar la reforma. Utilizó una correcta comprensión de la reforma para rechazar los abusos y llamó a la Iglesia a regresar a una liturgia de noble sencillez.

Esta negativa a obligar a la Iglesia a elegir entre la tradición y la reforma auténtica puede ser lo más valioso de toda la serie. León no obliga a los católicos a escoger entre la tradición de la Iglesia y su auténtica reforma. Presenta la reforma misma como algo que debe permanecer arraigado en la tradición viva de la Iglesia.

Y nos deja con la única medida que finalmente importa. Las acciones litúrgicas, dice el Concilio, no son acciones privadas. Son celebraciones de la Iglesia, que es ella misma sacramento de unidad, y pertenecen a todo el Cuerpo. Por eso, la pregunta nunca es si una liturgia ha dado la razón a uno u otro bando de una discusión entre católicos. La pregunta es si forma santos.

¿Nos enseña a escuchar a Dios? ¿Nos introduce en el sacrificio de Cristo? ¿Nos enseña a ofrecernos a nosotros mismos con Él? ¿Nos envía a servir a los pobres, acoger al extranjero y perdonar a nuestros enemigos?

En el altar aprendemos el modelo de su vida: tomar, bendecir, partir, dar. No nos reunimos allí para escapar del mundo. Nos reunimos para que Cristo nos haga capaces de vivir en él.

Eso no es nostalgia ni novedad. Es lo más antiguo que tenemos.

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Comments from readers

Elizabeth Calero - 09/02/2026 05:42 PM
Muy claro todo, pero... Es la asamblea más santa?... Más respetuosa...más dentro de la realidad de la Santa Eucaristía?... No sé si es ignorancia o que el resultado ha sido trágicamente negativo. Amo mi iglesia en todas sus formas...más usted habló de los frutos...
Rafael Calvo - 09/02/2026 04:36 PM
P. Vigía, estaba esperándolo… Cómo me alegraron las catequesis del Papa León, le seguí a pie y junrtillas. Sí, ha habido exageraciones en ambas partes, las he vivido y yo me pregunto antes de la eucaristía hacen un momento de oración en silencio con reposo de cuerpo? Hacen oración la Palabra al preparar la homilía? Los fieles llegan a “tiempo “ a la celebración? Del apuro nace la falta de presencia de lo sagrado que todos celebramos, cada uno desde su ministerio y oficio; cómo me gusta el canto de entrada Pueblo de reyes, asamblea santa, pueblo sacerdotal. Eso es, todos concelebramos, qué gracia tan sublime y comprometedora! Sabe Ud. que me gusta el latín, lo disfruto; pero no sé cómo se puede disfrutar lo que no se entiende. Y saber que el latín no está abolido, que en lugares y donde haya fieles de varias lenguas se puede utilizar el texto aprobado. Sólo falta catequesis en nuestras comunidades. Un abrazo. Gracias.
LILIA ROQUE-GUERRERO - 09/02/2026 04:01 PM
Excelente reflexión y aclaración. Muchísimas gracias, Padre Vigoa por mantenernos informados en la verdad según la va descubriendo y compartiendo nuestra Iglesia madre y maestra. La unidad en recibir a Cristo y hacerse partícipe de lo que nos regala por Su infinita misericordia y a la vez convertirnos en ofrenda, no es sólo en la celebración eucarística, sino también en nuestros ambientes. En todo momento como laicos. Que Dios lo bendiga 🙏

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