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El 29 de junio de 1972, durante la solemnidad de los santos Pedro y Pablo, el Papa Pablo VI pronunció una advertencia que aún hoy resuena con fuerza profética: “Por alguna grieta, el humo de Satanás ha entrado en el templo de Dios.” No hablaba de un humo literal, sino de una atmósfera espiritual cargada de confusión, desconfianza y desánimo que amenazaba la vida interior de la Iglesia después del Concilio Vaticano II.

Ese “humo” simbolizaba el desorden interior, la pérdida de la claridad evangélica y la tentación de responder a los desafíos del mundo con las mismas armas del mundo. Hoy, medio siglo después, ese humo reaparece con otro rostro: la división política y cultural que fractura a la Iglesia desde dentro. Ya no es solo una grieta doctrinal, sino una herida en la comunión. En muchas naciones, los católicos parecen más definidos por las etiquetas de “derecha” o “izquierda” que por el nombre de Cristo. El Evangelio, en lugar de inspirar el pensamiento social y político, se ha convertido en rehén de las ideologías. Como decía Pablo VI, el enemigo ya no golpea desde fuera: actúa desde el corazón del creyente, cuando la pasión partidista sustituye la fidelidad al Evangelio.

La política, en su sentido más noble, es un servicio al bien común; pero cuando se eleva a valor absoluto, se transforma en idolatría. Promete salvación sin Dios, divide a los pueblos en bandos opuestos y exige una lealtad total que termina por devorar la libertad del alma. El humo de Satanás entra precisamente por esa grieta: cuando la fe se pone al servicio de los intereses humanos, cuando el Evangelio se reduce a un programa político o a una bandera ideológica.

Los Padres de la Iglesia comprendieron bien este peligro. San Agustín, con sabiduría perenne, distinguía entre dos amores - escribía: “Dos amores construyeron dos ciudades: el amor de Dios hasta el desprecio de sí mismo hizo la Ciudad de Dios; el amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios hizo la ciudad del mundo.” Cuando el amor al poder o la ideología reemplaza el amor a Dios, el cristiano deja de construir la Ciudad de Dios y termina sirviendo al espíritu del mundo. San Juan Crisóstomo advertía que el diablo no destruye la fe de inmediato, sino que la corroe en silencio, envenenando la caridad. “El demonio - decía - no tiene poder sobre los que están unidos; por eso se esfuerza en sembrar la división entre los creyentes.” Y San Cipriano añadía con fuerza pastoral: “El que rompe la unidad de la Iglesia resiste a Cristo, porque la Iglesia es una túnica sin costura.” Dividir el Cuerpo de Cristo por ideología o conveniencia no es solo un error humano; es una herida espiritual que necesita sanación.

En nuestros días, esta fractura se manifiesta de formas concretas. Algunos católicos reducen la fe a la moral individual, olvidando la justicia social y el clamor de los pobres. Otros exaltan la acción social pero silencian el valor sagrado de la vida y la verdad moral. Muchos juzgan al Papa o a los obispos a través del prisma de los medios o de las redes, en lugar de escucharlos como pastores. Así, la fe se convierte en un campo de batalla ideológico, donde el discernimiento cede ante la lealtad tribal. San Pablo lo había anticipado: “Si se muerden y devoran unos a otros, tengan cuidado, no vayan a destruirse mutuamente” (Gál 5,15).

Frente a este clima, el Papa Francisco propuso el antídoto de la sinodalidad: aprender a ser una Iglesia que camina unida, que escucha antes de juzgar, que discierne en comunidad antes de reaccionar. Una Iglesia sinodal no teme la diferencia; la acoge como oportunidad para descubrir juntos la voz del Espíritu. Solo en ese caminar común puede la Iglesia disipar el humo que oscurece su rostro y recuperar su luz profética.

La tradición patrística ilumina ese camino. San Agustín resumía el espíritu eclesial con su conocida frase: “En lo esencial, unidad; en lo dudoso, libertad; en todo, caridad.” Y San Juan Crisóstomo recordaba que “nada hay más fuerte que el amor; él vence incluso al infierno.” La victoria sin caridad es una derrota disfrazada. El cristiano no vence por dominar, sino por amar. Orígenes añadía un principio que hoy parece escrito para nuestros tiempos: “El demonio se alegra cuando los que confiesan a Cristo se odian entre sí.” Por eso, el discernimiento espiritual comienza por la humildad de quien reconoce que no posee toda la verdad y se deja guiar por el Espíritu, no por la ira.

Aprender a ser Iglesia sinodal es emprender un camino de purificación interior. Implica orar por la unidad más que por la victoria, formar la conciencia a la luz del Evangelio, evangelizar el diálogo y purificar los medios de comunicación católicos para que sean espacios de comunión, no trincheras ideológicas. Es permitir que la Eucaristía vuelva a ser el centro de nuestra comunión, no un símbolo de pertenencia política.

El Papa León XIV, en su reciente exhortación apostólica Dilexi Te (“Te he amado”), nos ofrece una palabra luminosa en medio de este humo. En el párrafo 76 afirma con claridad evangélica: “La santidad cristiana florece, con frecuencia, en los lugares más olvidados y heridos de la humanidad. Los más pobres entre los pobres - los que no sólo carecen de bienes, sino también de voz y de reconocimiento de su dignidad - ocupan un lugar especial en el corazón de Dios. Son los preferidos del Evangelio, los herederos del Reino”. Más que un tratado teológico, Dilexi Te es una exhortación pastoral que denuncia la expansión de la riqueza en detrimento de los pobres y nos invita a redescubrir la sencillez del amor cristiano. Esa advertencia conecta directamente con la llamada a purificar el corazón del deseo de poder, de posesión y de prestigio, porque son esos falsos amores los que alimentan la niebla del espíritu y debilitan el testimonio del Evangelio.

Solo una Iglesia que viva en unidad, humildad y misericordia puede disipar el humo con la luz del Espíritu. Una Iglesia que rechace el amor al poder, al dinero y al prestigio, porque esos son los ídolos que asfixian la fe y sustituyen el Evangelio por la conveniencia. El humo se alimenta de esos amores falsos: el deseo de dominar, de poseer y de sobresalir. Pero la Iglesia que sirve, que escucha y que se inclina ante los pobres, deja pasar la luz pura del Espíritu. Porque, al final, ni la derecha ni la izquierda, ni el poder ni el dinero prevalecerán: prevalecerá el Evangelio.

Vivir esa unidad no significa negar las tensiones reales del mundo, sino habitarlas con esperanza. El cristiano está llamado a caminar en la tensión entre el altar y la arena: con los pies en el polvo donde se libra la lucha del mundo, y el corazón encendido ante el altar donde arde la misericordia de Cristo. Solo allí - entre el altar y la arena - la fe mantiene su fuerza profética y su capacidad de transformar la historia.

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