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Mis hermanos y hermanas en Cristo:

Somos seguidores del Dios cuya esencia misma es el amor, un amor tan profundo y abundante que tomó forma humana y habitó entre nosotros para enseñarnos la manera del amor, un amor más hermoso, más inspirador y más maravilloso que el mundo jamás haya visto.

A través del ejemplo de su vida, muerte y resurrección, Jesús nos enseñó a amar de manera total, desinteresada, continua y abundante. Su vida elevó el nivel de amor a su punto más alto, y nos enseñó que nuestras vidas también deben alcanzar ese mismo nivel superlativo de amor. Así dijo: “Les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros. Ustedes deben amarse unos a otros como yo los he amado”. ¡Esa es la regla de oro por la que Jesús nos llama a luchar a cada uno de nosotros!

Como discípulos fieles, este nuevo mandamiento de amor debe ser llevado a todo y a todos, incluyendo la legislación y el orden público.

Por lo tanto, decidamos orar sin descanso y trabajar para proteger la vida y promover la dignidad de cada ser humano, desde el momento de la concepción hasta la muerte natural.

El nuevo mandamiento de Jesús de amarnos unos a otros en la misma medida en que Él amó, ciertamente incluye el antiguo mandamiento: “No matarás”.

Por lo tanto, debemos esforzarnos continuamente para convencernos a nosotros mismos, al gobierno, al mundo empresarial y a la cultura, que se puede guardar la espada en todas sus maneras, y nunca utilizarla para matar en la guerra, el aborto, la pena de muerte, la eutanasia, o el suicidio asistido médicamente. Y para dejar de usar las armas del egoísmo, la codicia y la indiferencia para matar a los seres humanos hambrientos, sedientos, pobres, desamparados, drogadictos, sin seguro médico, migrantes, solicitantes de asilo, traficados, que merecen vivir, y vivir con dignidad e igualdad.

Y debemos dejar de matar la tierra —nuestro hogar común, como lo llama el Papa Francisco— con toneladas y toneladas de basura, contaminación, pesticidas y la quema del petróleo, el carbón y el gas que producen el calentamiento global.

Trabajemos por establecer políticas, leyes y presupuestos corporativos justos y equitativos para garantizar que se satisfacen las necesidades básicas de todos los seres humanos. Y construyamos puentes de acogida, no muros de exclusión.

En lugar de mantener una mentalidad enfocada en colocar competitivamente a la nación de uno por encima de las necesidades de otras naciones, nuestro país y el mundo necesitan con urgencia un nuevo paradigma creativo: un modelo de cooperación que brinde vida, la proteja y la mejore para dejar atrás la oscuridad egoísta, violenta y pecaminosa de la intolerancia religiosa, el nacionalismo, el materialismo, el consumismo, el racismo, el secularismo y el militarismo.

Pero, gracias a Dios, no necesitamos seguir tropezando en la oscuridad tratando de encontrar la salida de toda esta basura. En cambio, el nuevo paradigma que necesitamos acoger desesperadamente es el siempre refrescante antiguo Evangelio de Jesús. Porque en el Evangelio encontramos al Cristo vivo y sus enseñanzas siempre relevantes de amor compasivo, justo, generoso, pacífico, no violento, misericordioso e incondicional para todos.

¡Que Dios bendiga a los Estados Unidos y a toda la gente en el planeta Tierra!

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