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Cada mes de octubre se observa el Mes del Respeto a la Vida en las diócesis de los Estados Unidos. A pesar de que acabar con el aborto sigue siendo una prioridad de máxima importancia, las amenazas a los discapacitados y los que están al final de la vida también merecen nuestra atención. La legalización del suicidio con asistencia médica en Canadá en junio debe servir como una llamada de atención que nos obliga a extender la mano en solidaridad con nuestros hermanos y hermanas más vulnerables.

Como el aborto, las palabras claves en la campaña por el suicidio con asistencia médica son "opción personal", "autonomía" y "control". Compassion and Choices (Compasión y Opciones), la principal organización pro suicidio asistido en nuestro país, cita una encuesta de Gallup de 2015 que afirma que 7 de cada 10 estadounidenses consideran que los médicos deben ser capaces de ayudar a las personas con enfermedades terminales a finalizar sus vidas “en sus propios términos ... usando algún medio sin dolor”. El sitio web de la organización habla de que se deben asegurar de "obtener lo que desean – y evitar tener que soportar lo que no quieren" sobre el cuidado al final de la vida.

Esas opiniones me parecen particularmente tristes. Creo que se basan en dos actitudes preocupantes en la sociedad: una pérdida del sentido de Dios – lo que conduce a pensar equivocadamente que somos los dueños de nuestras propias vidas – y una idea corrupta de la compasión. Nuestra cultura ha tomado esta hermosa palabra – compasión – y la ha transformado por completo. La compasión literalmente significa "sufrir con". La compasión ocurre cuando uno se enfrenta con el sufrimiento de otro y se siente motivado a aliviarlo. No es lástima ni implica poner fin al sufrimiento eliminando a la persona que sufre.

En un discurso a una representación de médicos españoles y latinoamericanos este verano pasado, el Papa Francisco discutió el significado profundo de esta virtud. "La verdadera compasión … significaría el triunfo del egoísmo, de esa ‘cultura del descarte’ que rechaza y desprecia a las personas que no cumplen con determinados cánones de salud, de belleza o de utilidad. … La compasión, este padecer-con, es la respuesta adecuada al valor inmenso de la persona enferma, una respuesta hecha de respeto, comprensión y ternura, porque el valor sagrado de la vida del enfermo no desaparece ni se oscurece nunca, sino que brilla con más resplandor precisamente en su sufrimiento y en su desvalimiento”.

Y continuó: "La fragilidad, el dolor y la enfermedad son una dura prueba para todos, también para el personal médico, son un llamado a la paciencia, al padecer-con; por ello no se puede ceder a la tentación funcionalista de aplicar soluciones rápidas y drásticas, movidos por una falsa compasión o por meros criterios de eficiencia y ahorro económico. Está en juego la dignidad de la vida humana; está en juego la dignidad de la vocación médica”.

El Papa Francisco resumió su mensaje a los profesionales de la salud citando el consejo de san Camilo de Lellis, patrono de las enfermeras y los enfermos: "Pongan más corazón en esas manos". Este es un excelente consejo para todos nosotros. Si deseamos ver una sociedad que valora la dignidad inviolable de la vida humana y sabe cómo poner en práctica la verdadera compasión, no podríamos tener una mejor oración que pedirle a Dios que "ponga más corazón en nuestras manos".

Que con más corazón en nuestras manos, podamos llegar a ofrecer ayuda práctica a las mujeres con embarazos difíciles y las familias jóvenes necesitadas.

Que podamos mostrar misericordia al alimentar a los hambrientos y ayudar a los desamparados a encontrar vivienda digna.

Que con verdadera compasión, podamos ofrecer palabras de aliento a los que dudan, decir la verdad con amor a los ignorantes, y ofrecer un hombro a quien llora la pérdida de un ser querido.

Que con más corazón en nuestras manos, podamos llevar una comida hecha en casa a un enfermo, tomar un largo paseo con un abuelo que sufre la enfermedad de Alzheimer, u ofrecer un aventón hasta la iglesia a un vecino anciano.

Por último, que con más corazón en nuestras manos podamos tener la compasión y la valentía de estar junto a un ser querido moribundo hasta el final, acogiéndole de una manera que le permita saber que son dignos de nuestra atención y cuidado, y que le espera un Dios que le ama aún más de lo que puede imaginar.

Que este mes de octubre nos demos cuenta de que, después de que todo está dicho y hecho, ¡la cultura de la vida comienza en nuestros corazones y nuestras manos!

 

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