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A partir del 21 de noviembre del 2014, la Iglesia Católica está celebrando el Año de la Vida Consagrada.

Los ejemplos y las palabras de Jesús causaron profundo impacto en sus seguidores. Notaron que vivía centrado en el amor al Padre y en la misión recibida: “Es necesario que el mundo comprenda que yo amo al Padre, y que, como el Padre me ha ordenado, así actúo” (Jn. 14:31). Llegó a decir: “Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió” (Jn. 4:34a). Se dirigía al Padre con la voz familiar aramea de “Abba” (Mc. 14:36). Expresó claramente su especial fi liación diciendo: “Yo y el Padre somos uno” (Jn. 10:30). Sus adversarios se escandalizaron e intentaron lapidarlo: “No te apedreamos por una obra buena, sino por una blasfemia, porque tú, siendo hombre, te haces Dios” (Jn. 10:33).

Los discípulos de Jesús supieron que su maestro había nacido pobre en un pesebre (cfr. Lc. 2:7); observaron que vivió pobre sin tener “donde reclinar la cabeza” (Lc. 9:58) y que murió pobre, despojado hasta de sus vestiduras (cfr. Jn. 19:23). Su vida también pudo resumirse como un prolongado acto de obediencia al Padre: “Obediente hasta la muerte y muerte de cruz” (Fil. 2:8). Y tampoco contrajo nupcias.

Desde los comienzos de la Iglesia hubo intentos de vida evangélica muy radical: “Los creyentes vivían todos unidos y tenían todo en común” (Hech. 2:44). Los primeros siglos resultaron arduos debido a las persecuciones por parte de judíos y gentiles. Con la paz constantiniana, siglo IV, el martirio deja de ser la forma privilegiada de santidad. Entonces cobra auge una nueva modalidad de radicalidad cristiana. Al desierto comenzaron a marchar tanto clérigos como laicos para entregarse más libremente al estudio, a la oración y a la penitencia, y eventualmente a servicios pastorales. Algunos vivían en soledad, vida eremítica. La mayoría formó comunidades, vida cenobítica. Desde entonces florecerían los monasterios. Esos centros de formación intelectual y espiritual dieron a la iglesia no pocos obispos. También se multiplicaron los monasterios de monjas.

Y así la vida religiosa llegó para quedarse como expresión muy propia de la naturaleza de la Iglesia, que es una, santa, católica y apostólica. Cuando el Concilio Vaticano II incluyó a los religiosos en la Constitución Dogmática sobre la Iglesia, enseñó que éstos pertenecen a su estructura. Los considera don divino que la Iglesia recibe y conserva a perpetuidad (Cfr. LG. 43). 

Para abrazar ese estilo de vida se necesita una experiencia de Dios “sumamente amado” (LG. 44). Se consagra a Él, no quien principalmente gusta de los votos de pobreza, castidad y obediencia, sino quien se siente cautivado por el amor de Dios. Los votos simplemente concretizan la entrega a Quien llena del todo el corazón humano.

Desde el día de Pentecostés, el Espíritu Santo enriquece al Nuevo Pueblo de Dios con sus inspiraciones y carismas. Bajo su soplo han surgido muchos institutos con fisonomía espiritual propia. Aunque los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia caracterizan a todos los religiosos, hay variedad en cuanto a acentos y prioridades de ministerios. La diversidad da origen a las diferentes espiritualidades. Mucho depende de los aspectos de la vida de Jesús que el Espíritu Santo imprimió en los corazones de los fundadores. Así algunos prolongan el amor de Jesús por los enfermos, otros por la niñez, otros por los ancianos y huérfanos, y así sucesivamente.

Actualmente existen muchas familias religiosas con raíces en el carisma de grandes santos y santas. Sin ánimo de ser exhaustivos, recordemos a fundadores tan antiguos como San Basilio, San Agustín, San Benito, San Francisco, Santo Domingo, Santa Brígida, Santa Teresa de Jesús, San Ignacio de Loyola, San José de Calasanz y tantos otros. De las fundaciones añejas, algunas se mantienen vigorosas, otras se han debilitado. Pero cada año surgen nuevos institutos.

Con fecha 2 de febrero del 2014, la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y Sociedades de Vida Apostólica dirigió a los religiosos y religiosas una carta circular animando a la renovación espiritual y apostólica de quienes profesan ese estado de vida. El actual Obispo de Roma, el Papa Francisco, procedente él mismo de la vida consagrada, exhorta “a combatir la imagen de la vida religiosa como refugio y consuelo ante un mundo difícil y complejo”. El Pontífice pide “salir del nido” para ser enviados a los hombres y mujeres de nuestro tiempo.

Comments from readers

mirtha de la Torre - 02/04/2015 09:54 AM
Me ha gustado mucho su art´┐Żculo porque nos lleva de la mano desde los comienzos de la vida consagrada hasta nuestros d´┐Żas y en este recorrido podemos comprobar que el sentido de la vida consagrada sigue siendo el mismo ayer hoy y siempre: la dedicaci´┐Żn total a quien con su amor incondicional y puro nos llena por completo el coraz´┐Żn. Cada ´┐Żpoca trae consigo sus desaf´┐Żos. Ante los de nuestra ´┐Żpoca nos toca a los cat´┐Żlicos de hoy unir fuerzas con aquellos que dedicados 100% al servicio de Dios pueden guiarnos y ayudarnos a discernir los pasos m´┐Żs seguros para no apartarnos de los caminos del Se´┐Żor. Dios bendiga a todos los religiosos y religiosas y que este a´┐Żo 2015 dedicado a la vida Consagrada nos ayude tambi´┐Żn a las huestes de laicos a llegar a la perfecci´┐Żn espiritual por el camino del amor y del servicio.

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