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Después de la pandemia: Animemos a nuestros pueblos a mirar 'hacia lo alto'

Declaraciones del Arzobispo Wenski a la Academia de Líderes Católicos Latinoamérica

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El Arzobispo Thomas Wenski dio esta charla el 20 de julio 2020, junto al Obispo Mario Moronta, vicepresidente de la Conferencia Episcopal de Venezuela, a más de 400 personas reunidas por medio de Zoom para la Academia de Líderes Católicos Latinoamérica. El tema de la conferencia y coloquio internacional fue: Desafíos de la Iglesia después de la Pandemia Mundial: Una mirada desde Venezuela y Estados Unidos.

Primero, nos tocar vivir “el presente” de la pandemia y como logremos vivir este “presente” va a decidir como viviremos el “después” de la pandemia. El Papa Francisco, con mucha sabiduría e intuición, ya ha dicho en varios discursos que nuestros tiempos son no tanto una época de cambio, sino el cambio de época.

Uno de los signos de los tiempos es que todas las instituciones de la sociedad están siendo cuestionadas. Ciertamente, en los últimos años, estas instituciones se han visto socavadas en un grado u otro debido a la corrupción y la codicia, y por el abuso de la autoridad y el poder. Los puestos de servicio se han convertido en instrumentos de ganancia personal. Lo vemos en la política, lo vemos en el mundo académico, en los medios de comunicación, en el mundo del entretenimiento y en los negocios; trágicamente, también lo hemos visto en la Iglesia.

El Arzobispo Thomas Wenski escuha por Zoom al Obispo Mario Moronta de Venezuela durante la conferencia y coloquio internacional de la Academia de Líderes Católicos en la cual participó el 20 de julio 2020. El tema de la conferencia fue "Desafíos de la Iglesia después de la Pandemia Mundial: Una mirada desde Venezuela y Estados Unidos"

Fotógrafo: Via Twitter @thomaswenski

El Arzobispo Thomas Wenski escuha por Zoom al Obispo Mario Moronta de Venezuela durante la conferencia y coloquio internacional de la Academia de Líderes Católicos en la cual participó el 20 de julio 2020. El tema de la conferencia fue "Desafíos de la Iglesia después de la Pandemia Mundial: Una mirada desde Venezuela y Estados Unidos"

Así, nos enfrentamos a una situación muy precaria y difícil. Y la pandemia es un aspecto de una triple crisis: una crisis global de salud presentado por el COVID-19, una crisis económica desastrosa, y una crisis social como vemos en los disturbios en las ciudades estadounidenses, pero también en Francia con el movimiento de los chalecos amarillos de Paris, sin dejar de mencionar lo ocurrido en Chile hace unos meses.

Las elites mundiales nos han embarcado – por ejemplo, en los Estados Unidos, hemos invertido recursos para combatir el terrorismo, pero no supimos invertir los recursos necesarios para prevenir enemigos microbiológicos a pesar de las advertencias de muchos. Y nuestros pueblos ya no tienen confianza en el liderazgo de quienes nos gobiernan – la brecha entre las clases sociales es cada día más grande. El populismo es una manifestación de esta pérdida de confianza que sigue dañando el tejido social que hace posible la convivencia de los miembros de nuestra sociedad.

Las consecuencias serán muy graves y todavía no se ve claramente cuáles serán. En el siglo pasado, en los años 30, la depresión económica nos legó el aislamiento entre las naciones, proteccionismos, nacionalismos, el fascismo, etc. que nos llevaron a la Segunda Guerra Mundial. La pandemia entretejida con el desastre económico y el desasosiego social no va a solucionarse en unos meses. Será una cuestión de años. Mientras tanto, nuestros países correrán el peligro de encerrarse todavía más. “La globalización de la indiferencia” para usar otra frase del Papa Bergoglio, va creciendo a la vez que la globalización o la mundialización se vuelve más estancada y paralizada.

En otras épocas, el mundo ha sufrido pandemias de un tipo u otro. Solo podemos citar la desaparición de muchos de los pueblos originarios en este continente debido a las enfermedades traídas a estas tierras por europeos. En Europa, la peste del siglo XIV engendró consecuencias graves hasta en las sensibilidades religiosas de los pueblos. Surgieron visiones apocalípticas, cultos, y religiones nuevas que reflejaban las ansiedades de los pueblos en medio de penurias prolongadas. Y podemos decir que las ideologías del siglo XX tenían un carácter religioso. Y hoy en el Medio Oriente, los pueblos sintiéndose sin poder y sin posibilidad de protagonismo fueron seducidos por teorías de conspiración representadas por el islamismo politizado.

No tenemos una bola de cristal para adivinar cuáles serán las consecuencias que nos van a retar como Iglesia después de la “pandemia en el cambio de época” que estamos pasando. Pero las penurias que sufren nuestros pueblos son la materia prima que los demagogos del siglo XXI fácilmente pueden explotar. Mi hermano de Venezuela puede hablar de esto con más sagacidad que yo.

¿Entonces, como debemos enfocarnos sobre esta situación desafiante “desde la esperanza”? En cierto sentido estamos “remando mar adentro” en aguas desconocidas. Si nuestros pueblos están agobiados y agonizantes es porque se sienten “a la deriva”, sin timón. Porque, como ya he dicho, las elites nos han fallado. Las instituciones han sido socavadas por la corrupción y la codicia. No hay liderazgo que inspire confianza.

La América Latina de hoy está marcada por una creciente incertidumbre y un sentido de desesperanza. Para muchos, especialmente para los jóvenes, la esperanza se define como “marcharse.” Pero esa válvula de escape se ha vuelto más difícil con las políticas migratorias vigentes. ¿Dónde encontrarán una hoja de ruta? No para marcharse, sino para quedarse y construir en sus propios pueblos un futuro de esperanza.

Estados Unidos, tierra de promesa y de oportunidades para muchos de Latinoamérica y otros lares, también está viviendo una situación confusa e incierta. Claro. Los Estados Unidos está en su mejor momento cuando los derechos de los débiles y vulnerables son protegidos, y no vistos como prescindibles. Sin embargo, estamos lejos de ser mejores cuando, en algunas ciudades, más de la mitad de los embarazos terminan en aborto; y cuando las fuerzas económicas y sociales desalientan a los jóvenes a comprometerse con el matrimonio, tan necesario para el desarrollo de los hijos (considérese, por ejemplo, la actual crisis de vivienda). Estamos lejos de ser mejores cuando las escuelas públicas en muchas partes de nuestro país no logran educar a los niños al nivel de su grado.

Estamos lejos de ser mejores cuando la clase media está desapareciendo, especialmente en los estados de “sobrevuelo”, donde el suicidio y la adicción a las drogas constituyen una crisis de salud que es anterior a la actual pandemia de coronavirus.

A lo mejor, les puede parecer demasiado pesimista este análisis de “el presente”. Bueno, yo siempre digo que el optimismo es más bien un “valor” laicista que a veces se convierte en una ilusión. En cambio, la esperanza es una virtud teologal. Y como cristianos no nos toca ser ni optimistas ni tampoco pesimistas. Nos toca ser realistas con los pies puestos en la tierra, pero a la vez con los ojos fijos en Dios que siempre sigue siendo para nosotros el Dios de la Historia, el Dios que no nos defrauda. Y así, nos toca ser hombres y mujeres de esperanza. Debemos ser discípulos misioneros de Jesucristo, quien es la esperanza encarnada. O sea, este “presente” va a definir el rumbo que tomaremos hacia “el después” de la pandemia.

Así, nos encontramos en nuestra Iglesia que con sus luces y sus sombras sigue caminando con los pueblos de nuestra América anunciando a Jesucristo para que en El, tengamos vida. Y al hablar de “América”, hablo en el sentido del Papa San Juan Pablo II, cuando se celebró el Sínodo de la Iglesia en América. O sea, el continente americano abarca todo el territorio desde el Polo Norte hasta la Tierra de Fuego. Es de esperar que saldremos de la pandemia con más humildad – que a pesar de nuestras tecnologías no somos los dueños de nuestros destinos como a veces pretendemos creer. Y sin humildad no podemos evangelizar ni tampoco ser evangelizados. Debemos relanzar la misión continental convocada en Aparecida con la confianza que nuestros pueblos siguen siendo una tierra fecunda para sembrar la buena nueva del Reino de Dios.

Los obispos de América Latina – en su documento final de Aparecida – nos dicen, citando al Santo Padre, el Papa Benedicto: “No resistiría a los embates del tiempo una fe católica reducida a bagaje, a elenco de algunas normas y prohibiciones, a prácticas de devoción fragmentadas, a adhesiones selectivas y parciales de las verdades de la fe, a una participación ocasional en algunos sacramentos, a la repetición de principios doctrinales, a moralismos blandos o crispados que no convierten la vida de los bautizados. Nuestra mayor amenaza es el gris pragmatismo de la vida cotidiana de la Iglesia en el cual aparentemente todo procede con normalidad, pero en realidad la fe se va desgastando y degenerando en mezquindad”.

La pandemia, y con esta tenemos que añadir la crisis socioeconómica, nos ha dado un choque fuerte que puede romper los esquemas ya demasiado escleróticos y así crear condiciones para unas reformas estructurales rompiendo por fin ese “gris pragmatismo” que nos paraliza como Iglesia en el campo pastoral y social.

Como dijo el Cardenal de La Habana, Jaime Ortega de feliz memoria, hace 10 años en su discurso en la ceremonia cívica cuando se inauguró un nuevo seminario en Cuba, el primer edificio religioso construido en Cuba desde el triunfo de la revolución : “…es la fe en Dios, o la presencia sospechada o cierta de Dios en el horizonte de nuestras vidas, la que garantiza los valores en la sociedad, la que apoya las virtudes del ser humano en su vida familiar y social, la que fundamenta la espiritualidad del pueblo. Es mirando hacia lo alto como el hombre y la mujer se sobrepasan en su vida diaria y son capaces de superar crisis, de evitar rencores, de amar y perdonar.” 

La pandemia ha puesto a la luz las incapacidades y las debilidades de las instituciones existentes. Se ve con más claridad la brecha entre los pobres y las elites; la pandemia pone al relieve que los ídolos de la época que va desapareciendo tienen pies de barro, sea el ídolo del egoísmo representado por la ideología neoliberal, sea el ídolo del odio representado por la ideología marxista socialista. Quizá la pandemia en su “presente” y en su “después” nos reta descubrir en la resiliencia de nuestros pueblos una nueva solidaridad iluminada por los valores del evangelio.

Los años venideros no van a ser fáciles. La normalidad que vivimos antes de la llegada del coronavirus no va a regresar. La nueva normalidad está para construir – y la Iglesia, como pueblo peregrino de Dios, tiene que acompañar a los pueblos animándolos a mirar “hacia lo alto”. Como también dijo el Cardinal Ortega en ese discurso en el nuevo seminario de La Habana hace 10 años: “’De la abundancia del corazón habla la boca, y no esperan de nosotros otra cosa los hombres y mujeres que nos rodean, adultos o jóvenes, sino una palabra que los abra a realidades hondas del espíritu. En suma, que el sacerdote y el seminarista, de un modo u otro, deben hablar de Dios a su pueblo.”

Esto también vale para el laicado por supuesto.

¿Cuán a menudo en la historia del mundo el dragón del Apocalipsis (cf. Revelación 12:1-18) en sus varias encarnaciones ha querido devorar la Esposa de Cristo? Sin embargo, es el dragón que al final termina vencido pues el amor siempre triunfa, pues es más poderoso que el odio. Como dijera el Papa Benedicto XVI: “…en todos los tiempos la Iglesia, el pueblo de Dios, también vive de la luz de Dios y —como dice el Evangelio— se alimenta de Dios... Así, la Iglesia, sufriendo, en todas las tribulaciones, en todas las situaciones de las diversas épocas, en las diferentes partes del mundo, vence. Es la presencia, la garantía del amor de Dios contra todas las ideologías del odio y del egoísmo.” (agosto 15, 2007).

O sea, como dijera una vez Santa Teresa de Ávila: nada te turbe; nade te espante, solo Dios basta.

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