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Reflexionemos sobre las 'Últimas cosas'

Columna del Arzobispo Wenski para la edición de octubre 2019 de La Voz Católica

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El otoño ha llegado, aunque en el Sur de La Florida, su llegada es menos dramática que en el norte del país, donde las hojas cambian de colores y el viento presagia las nieves invernales. El otoño nos invita a los católicos a reflexionar sobre lo que los autores espirituales han llamado las “Últimas cosas”, o “Postrimerías”. Estas “Últimas cosas”, por supuesto, son la Muerte, el Juicio, el Cielo (para muchos, si no para la mayoría de nosotros, a través del Purgatorio) y el Infierno.

Y así noviembre —el penúltimo mes del calendario—, comienza con la Solemnidad de Todos los Santos, seguida por la fiesta de Todas las Almas. Estas conmemoraciones litúrgicas son una lección de eclesiología, o sobre cómo la Iglesia se entiende a sí misma. La Iglesia, como nos recuerda el Concilio Vaticano II, es esencialmente una comunión: a través del bautismo, entramos en la vida misma de Dios —el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. En la Eucaristía, encontramos la comunión unos con otros en el Cuerpo y la Sangre de Cristo.

Esa comunión que es nuestra en Cristo, se llama también en el Credo “la comunión de los santos”. Y esta expresión es una forma maravillosa de responder a la pregunta sobre qué es la Iglesia. ¿Pues, qué es la Iglesia, sino la asamblea de todos los santos, vivos y muertos?

Y esa comunión sólo puede interrumpirla un pecado grave. La muerte no interrumpe nuestra comunión con los santos. Por lo tanto, la tradición ha hablado de tres estados de la Iglesia: la Iglesia triunfante —aquellos de entre nosotros que ya han entrado en la gloria de la vida eterna—, la Iglesia sufriente —aquellos de entre los fieles fallecidos que pronto entrarán en el Cielo, pero que ahora experimentan la purgación o la purificación finales que los católicos llamamos Purgatorio— , y la Iglesia militante —es decir, aquellos de nosotros que, aun siendo ciudadanos del Cielo, y estando por ello llamados a ser santos por medio del bautismo, todavía somos peregrinos sobre la tierra, como si recorriéramos un país extraño para llegar a nuestra verdadera patria: el Reino de los Cielos.

Estas fiestas nos subrayan también una de las enseñanzas centrales del Concilio Vaticano II —una enseñanza que, por cierto, no es nueva ni original del Concilio, pero a la que el Concilio quiso darle un énfasis renovado: la llamada universal a la santidad que cada cristiano recibe en el bautismo.

Leon Bloy, un destacado pensador espiritual del siglo XIX, escribió: “Guarda silencio y observa profundamente las motivaciones de la vida. ¿Son tales que sobre ellas puedan edificarse los verdaderos fundamentos de la santidad? ¡Pues verdaderamente hemos nacido para ser santos: los enamorados del Amor que murieron por nosotros! Solo hay una tragedia: la de no ser santo”.

A medida que el otoño se acerca al invierno y los días se acortan, haríamos bien en recordar la brevedad de nuestras vidas, y en meditar sobre las “Últimas cosas”, esas “Postrimerías” que nos esperan a todos. Pero, gracias a las fiestas de Todos los Santos y de Todas las Almas, nuestras reflexiones no tienen que ser sombrías, sino que deben ser esperanzadoras.

El Catecismo de la Iglesia Católica enseña: “La esperanza es la virtud teologal por la que aspiramos al Reino de los Cielos y a la vida eterna como felicidad nuestra, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras fuerzas, sino en los auxilios de la gracia del Espíritu Santo. (CIC # 1817)

Nuestra creencia en el Purgatorio —la purificación final de los elegidos—, nos ayuda a los católicos a permanecer firmes en esta esperanza, evitando así la desesperación y la presunción. La desesperación es contraria a la bondad de Dios, a su justicia, porque el Señor es fiel a sus promesas y a su misericordia. Gracias a que hay un Purgatorio, no necesitamos desesperarnos por nuestra salvación o por la de nuestros seres queridos si, cuando muramos, aún no hemos alcanzamos la santidad perfecta requerida para entrar a la presencia de Dios.

Y mientras nos protege de la desesperación, nuestra creencia en el Purgatorio también nos protege de caer en la presunción de que podemos salvarnos a nosotros mismos, sin la ayuda de la gracia de Dios, o de que podemos obtener el perdón sin conversión, o la gloria sin mérito. (Cf. CCC # 2091, 2092)

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