By Archbishop Thomas Wenski - The Archdiocese of Miami
El Arzobispo Thomas Wenski predicó esta homilía durante una Misa el 17 de diciembre en la iglesia San Lázaro en Hialeah.
“� ¿Cómo podemos excluir a alguien de nuestros cuidados? Más bien tenemos que reconocer a Cristo en los más pobres y en los más marginados, aquellos a quienes la Eucaristía �que es comunión, que es el Cuerpo y la Sangre de Cristo entregado por nosotros� nos compromete a servir. Como la parábola del hombre rico, quien permanecerá para siempre sin un nombre, y del hombre pobre llamado Lázaro, muestra claramente, ‘en el marcado contraste entre el rico insensible y el pobre necesitado de todo, Dios está al lado del último’. Nosotros también tenemos que estar de este mismo lado".
Estas palabras vienen del Papa San Juan Pablo Segundo, en un mensaje que dio con motivo del Día Mundial de la Paz hace algunos años. También el Papa Francisco ha querido que nosotros los cristianos tomemos más en cuenta los problemas enfrentados hoy en día por los pobres. Pocos meses después de haber sido elegido Papa, visitó una pequeña isla italiana que se llama Lampedusa donde habían naufragado decenas de africanos.
Fue a rezar por los perdidos y a consolar a los sobrevivientes. Aquí en el sur de la Florida sabemos de tragedias parecidas � de balseros cubanos y de “boat people” haitianos. En una homilía muy emotiva, el Papa Francisco condenó lo que él llamaba “la globalización de la indiferencia”. Desafortunadamente, la historia de Lázaro está actualizada en nuestra época y en esta región. No podemos quedarnos indiferentes ante el sufrimiento de nuestros hermanos.
Volviendo a la parábola de Lázaro a la que el Papa Juan Pablo se refirió en la cita antes mencionada: el hombre rico fue condenado no por algo que hizo (aunque ciertamente uno puede ir al infierno por hacer cosas malas) sino por lo que no hizo. Una fe sin obras �sin un compromiso concreto con el más humilde de nuestros hermanos� es una fe muerta.
La Eucaristía nos recuerda que como católicos, nuestro compromiso de trabajar por la paz y la justicia en el mundo no nace de alguna ideología o plataforma política; más bien, nace de una persona, Jesucristo. Y por tanto, nuestra "solidaridad" con el mundo del dolor es un llamado a un compromiso expresado en una fidelidad, no a proposiciones encumbradas, sino a personas concretas, en las que hemos de ver el mismo rostro de Cristo.
Esta solidaridad se vive por medio de la práctica de lo que el catecismo llama las obras corporales y espirituales de misericordia. Dios se pone del lado de los pobres, de los oprimidos, de los marginados �a través de las obras de misericordia, nosotros también debemos ponernos de su lado.
Las lecturas de hoy nos hablan del nacimiento del Señor que ya se nos acerca. Dios se hizo carne. Dios ha entrado a este mundo � y lo hace no en un estilo pomposo que pudiese intimidarnos, sino en humildad. Viene a la pobreza de Belén, nacido de una mujer. Viene pequeño y débil, para que nos pudiésemos acercar a El sin temor, para que pudiésemos abrazarlo sin titubeo. Dios viene a hacerse amigo del pobre, del humilde; como un tal Lázaro se conoció como amigo de Jesús, también debemos afanarnos a ser amigos de Jesús también.
La religiosidad popular ha dado mucha importancia a la devoción a San Lázaro � y espero que la devoción a San Lázaro sea cada vez más arraigada al evangelio. Que nuestra devoción no sea simplemente venerar una imagen de un pobre de antaño � no, una devoción verdadera debe llevarnos a venerar la imagen de los pobres de hoy. Esto ha sido el testimonio del Rincón en Cuba donde las Hijas de la Caridad han ofrecido un servicio de solidaridad con el mundo del dolor en las personas de los leprosos que han atendido a lo largo de los años.
Ser devoto de San Lázaro debe comprometernos a nosotros también a ser solidarios con los pobres en nuestros entornos. Como dijo Sam Juan Pablo, Dios está al lado no del rico insensible sino del pobre necesitado de todo. Nosotros también tenemos que estar de este mismo lado.