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Homilía en el Encuentro Anual de los Antiguos Alumnos de La Salle

Solemnidad del Cuerpo y Sangre del Señor

Homilía del Arzobispo Thomas G. Wenski en el Encuentro Anual de los Antiguos Alumnos de La Salle. Solemnidad del Cuerpo y Sangre del Señor.

Queridos hermanos y hermanas,

Una vez más nos reunimos como pueblo de la Nueva Alianza en torno al altar del sacrificio para celebrar la Eucaristía, y junto a la Iglesia universal, dar gracias al Padre por medio de su Hijo Jesucristo en la solemnidad del Cuerpo y la Sangre del Señor. Qué gran misterio de fe el que hoy celebramos, y en el que nuestras almas se fortalecen y renuevan con el alimento de inmortalidad que es el mismo Dios. Qué cotidiano milagro de amor, que nos reúne cada día como Iglesia, nos transforma y vivifica, y nos impulsa a la misión de proclamar el Evangelio, y de ser testigos en el mundo de los valores del Reino.

Ya los primeros cristianos tuvieron clara conciencia de que es en la fracción del pan donde verdaderamente se edifica la Iglesia. Al compartir el Pan de Vida fortalecemos nuestra comunión fraterna; nos sentimos integrados en una sola comunidad de fe, animados por un mismo Espíritu. Porque más allá de todo lo que nos pudiera separar, en la celebración eucarística estrechamos esos lazos que nos unen como hermanos en Cristo, hijos de un mismo Padre, unidos como piedras vivas en la construcción del templo espiritual que es la Iglesia. Como nos recuerda el apóstol Pablo: "El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos,formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan" (1 Co 10,16-17).

Participar de la Eucaristía nos compromete a ser auténticos discípulos de Jesucristo. Habiendo sido invitados a reconocer su presencia al partir el pan, como hicieron los discípulos de Emaús, y a comulgar su Cuerpo y su Sangre en cada Eucaristía, se nos invita también a comulgar con nuestros hermanos y a descubrirlo vivo y presente en cada uno de ellos, especialmente en los que se encuentran alejados de la fe y en las periferias existenciales de nuestra sociedad.

La primera lectura, del Libro del Éxodo, prefigura lo que será la definitiva alianza que habrá de establecer el Hijo de Dios con los hombres, al derramar su sangre en la cruz por toda la humanidad, obteniéndonos el perdón de los pecados y restableciendo nuestra amistad con Dios. Por su parte, el Evangelio nos narra el pasaje de la Ultima Cena en la que Jesús se despide de sus discípulos. Allí les ofrece como alimento de vida eterna su propio cuerpo y sangre, contenidos en las humildes especies de pan y vino, signos de la Nueva Alianza del amor de Dios con su pueblo y de su presencia real en medio de nosotros hasta el fin del mundo.

Esa entrega generosa del Señor por nosotros es también un llamado a la caridad y al servicio, siguiendo el mandamiento que con su propio ejemplo nos dejó mientras lavaba los pies a sus discípulos. Es el mandato del amor, y la fuerza del Espíritu Santo que ha inspirado en todo tiempo a la Iglesia, empujándola a la misión y a la realización de grandes obras en favor de hombres y mujeres de toda raza y condición. Y son los santos el testimonio vivo de este amor eucarístico hecho vida, y obras de caridad. Fue el llamado que un día recibió en su corazón San Juan Bautista de La Salle, al fundar las Escuelas Cristianas para ofrecer el pan de la enseñanza a los pobres; una misión que con el tiempo se extendió más allá de las fronteras de su Francia natal hasta llegar a nuestras tierras.

Queridos hermanos y hermanas, resulta providencial que al conmemorar esta fiesta del amor de Dios, estemos también celebrando el aniversario 60 de haberse establecido en La Habana, la primera Universidad de La Salle en todo Latinoamérica. Un loable esfuerzo de educación en los valores de la fe bajo el carisma y guía de los Hermanos de la Escuelas Cristianas, que junto a otros 12 colegios ya establecidos en diferentes provincias de la nación, y otras destacadas obras sociales, contribuyeron a la educación y a la formación en la fe de varias generaciones de cubanos.

Todo ese esfuerzo de más de medio siglo se vio truncado a causa del ataque frontal del gobierno marxista en contra de la fe. Sin embargo, siguió dando frutos en las naciones donde se vieron obligados a marchar los 110 Hermanos de La Salle -entre ellos 84 cubanos- que tuvieron que abandonar la Isla. De la misma manera, un elevado número de ex alumnos, teniendo que emigrar de su patria sin nada material, pudieron establecerse en otras latitudes llevando consigo toda la riqueza de una formación de calidad, basada en los principios cristianos y bajo el lema de “Dios, Patria y Hogar”.

Aprovecho entonces la ocasión para agradecer a ustedes, antiguos alumnos de La Salle, su importante contribución a nuestra Iglesia local durante todos estos años. Les animo a continuar respondiendo con entusiasmo al mandato de Jesús, a través de las diferentes obras que sostienen con su apoyo y generosidad. Elevemos también una oración por todos los Hermanos de La Salle y los ex alumnos que ya han partido hacia la Casa del Padre, para que estén gozando de las bienaventuranzas eternas.

En fin, pidamos al Señor que al contemplarlo hoy con devoción, en la elevación del cáliz y la patena, sintamos el deseo de seguirlo contemplando, con respeto y reverencia, en el rostro de nuestros hermanos. Amén.

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