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Desesperación, destrucción: La muerte no dirá la última palabra

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El condominio Champlain Towers South, y el área circundante al norte de Miami Beach, son hogar de personas de diversos orígenes étnicos y religiosos. De hecho, la gente de Champlain Towers South es un microcosmos de nuestra comunidad multilingüe y multicultural del Sur de La Florida. Están representados jóvenes y ancianos, estudiantes y jubilados, residentes y turistas. Entre las víctimas y sobrevivientes se encuentran miembros de nuestras parroquias y escuelas. Oramos por ellos y todos los afectados por esta tragedia.

Si bien las encuestas nos dicen que el país está tan dividido como siempre políticamente, y que las guerras culturales continúan, los tristes eventos del colapso de esta torre de condominios de doce pisos en Surfside muestran que, en medio de esta tragedia y de la pérdida de vidas humanas, nuestra sociedad civil todavía es resistente y capaz de funcionar. Líderes políticos de todas las tendencias y partidos, grupos religiosos de diferentes religiones y socorristas de todo el Estado y el mundo han podido trabajar juntos, durante esta crisis, por el bien común.

Que este rayo de esperanza no se apague en los días venideros. En los días y meses que vendrán, no se debe permitir que disminuya la notable solidaridad mostrada a los sobrevivientes y a los familiares y seres queridos de los que no sobrevivieron, ya que necesitarán de nuestro apoyo y acompañamiento durante los próximos meses y años.

Nuestros sacerdotes y diáconos, nuestras parroquias, nuestras organizaciones benéficas católicas y los servicios de salud católicos también han estado presentes, y seguirán estando presentes durante el tiempo que sea necesario. En este punto, sin embargo, necesitamos que los expertos en ingeniería encuentren los hechos que puedan ayudarnos a comprender cómo sucedió este evento catastrófico. Hay mucho que aún no sabemos, y probablemente no lo sabremos durante algún tiempo. Más tarde habrá tiempo suficiente para encontrar la culpa.

Por supuesto, cuando nos enfrentamos a nuestras desgracias o a las de los demás, podemos sentirnos tentados a preguntarnos: ¿Qué hicimos o qué hicieron estas personas para merecer esto? En un momento de su ministerio, Jesús habló de los muertos cuando se derrumbó la torre de Siloé. (Lucas 13: 1-9) Jesús nos advierte que no veamos estos eventos como la ira de un Dios enojado. El mal no vino al mundo por la voluntad de Dios, sino a través del diablo y el pecado humano. Jesús dice en el Evangelio: No creas que los que murieron en la torre eran más culpables que los demás.

Al menos desde la época de Job, la gente se ha preguntado: “¿Por qué le suceden cosas malas a las personas buenas?” Pero como sugiere Jesús, no podemos apresurarnos a culpar a las víctimas por el mal que se les ha impuesto, ni debemos culpar a Dios, a quien las Escrituras revelan como todo Amoroso y todo Misericordioso. Eso no significa que llegaremos a comprender fácilmente por qué les suceden cosas malas a las personas buenas. La mayoría de las veces tendremos que esperar con la paciencia de un Job para aprender las respuestas a esas preguntas, que seguramente Dios nos dirá, pero no necesariamente de este lado del cielo.

Hoy y, de hecho, desde el comienzo de nuestro exilio del Edén, experimentamos este mundo como un “valle de lágrimas”. Vivimos en un mundo caído, y por lo tanto imperfecto. Y muchas veces las fuerzas de la naturaleza —terremotos, tornados, huracanes y otros desastres, ya sean naturales o provocados por el hombre— pueden sugerir que nuestro mismo planeta está “en rebelión” contra el orden original de un amoroso Dios Creador.

Sin embargo, Jesús nos da una idea de cómo Dios lidia con las tragedias que nos afligen. Dios no permanece alejado o indiferente a la difícil situación de su Creación caída. Dios puede sacar el bien del mal, y lo hace. En efecto, los múltiples actos de solidaridad —del prójimo ayudando al prójimo— son testimonio elocuente de lo que la Providencia de Dios inspira en el corazón de los hombres y mujeres de buena voluntad.

En Cristo, el Verbo se hizo Carne. Dios se hizo hombre. En lugar de distanciarse de las personas y sus tragedias, se acerca a ellas. Desde la Cruz, Él se solidariza con todo el dolor que experimentamos en nuestra caída.

La desesperación, la destrucción, la muerte, no dirán la última palabra: más bien el poder transformador de su Resurrección definirá el proyecto humano anclado en la esperanza. Fortalecidos en la fe, no seremos vencidos por ninguna adversidad, sino que venceremos al mal, ya sea físico o moral, con el bien.

Comments from readers

Patricia Solenski - 07/21/2021 11:52 AM
Thank you Archbishop Wenski for reminding us again of Our Lord's Presence in our joys and sorrows. We often forget how loving and comforting His Presence is whether we are crying or laughing. Again thank you for your wisdom words.

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