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Los papas y la historia de la Virgen de la Caridad

El 24 de septiembre de 1915, el Mayor General Jesús Rabí, a nombre del Ejército Libertador cubano, solicitó a la Iglesia la proclamación de la Virgen de la Caridad del Cobre como celestial patrona de la joven república cubana. Al amanecer de ese día, más de dos mil mambises a caballo inundaron las calles y el santuario para celebrar la Santa Misa en la Casa de la Madre de todos los cubanos. Los generales tuvieron el honor de sentarse cerca de la Virgen en el presbiterio y allí, desde el púlpito, el general Padró Griñán leyó, a nombre de todos los veteranos de la Guerra de Independencia, la solicitud dirigida al Papa Benedicto XV.

Todavía se conserva, encerrada en un marco de caoba, la bandera cubana que ese día el general Cebreco, quien fuera ayudante del Lugarteniente General Antonio Maceo, el “Titán de Bronce”, depositara sobre el altar mayor del Santuario del Cobre.

Pablo V

Desde su providencial hallazgo en las aguas de la Bahía de Nipe, allá por los albores del 1612, la imagen de Nuestra Señora de la Caridad inició una andadura que inundó de dulce confianza y maternal compañía a todo un pueblo que comenzaba a forjar una identidad propia.

Eran tiempos en que regía la Iglesia de Pedro su santidad Pablo V, un romano de la familia Borghese, emparentado con Santa Catalina de Siena, elegido papa en 1605. Hombre lúcido, enemigo de decisiones precipitadas, que canonizó en 1610 a San Carlos Borromeo, arzobispo de Milán y gran artífice del Concilio de Trento.

Pablo V fue el gran mecenas de Lorenzo Bernini y Guido Reni y un reputado canonista que obligó a cardenales y obispos a regresar y ocupar sus respectivas sedes, en un tiempo en que éstos solían residir por largas temporadas en la Ciudad Eterna. Reconstruyó el sistema de aguas y fuentes de Roma y ordenó que los párrocos registraran los bautismos, confirmaciones y matrimonios en libros que debían permanecer en las parroquias, como se sigue hasta hoy.

Benedicto XV

A la petición de los mambises respondió Benedicto XV en 1916, reconociendo y declarando el patronazgo de Santa María de la Caridad con carácter solemne, aunque ya lo era desde siglos en el corazón de los cubanos.

Un hombre de gran humanidad, Benedicto XV, Giacomo della Chiesa, de origen genovés, subió a la sede petrina en 1914. Era tan delgado que cuando lo eligieron papa ninguna de las sotanas le sentó medianamente bien.

Hábil negociador, restableció relaciones diplomáticas con Inglaterra y Francia y con otras 13 naciones más. Beatificó a Juana de Arco y completó y publicó el Código de Derecho Canónico que había comenzado su predecesor. Apoyó la organización de sindicatos para los católicos italianos; promovió en las misiones la creación de un clero indígena y reconoció el valor de los países evangelizados, y creó la Congregación para las Iglesias Orientales. Papa de la primera guerra mundial, fue muy activo en la negociación del intercambio de prisioneros de guerra, la repatriación de civiles atrapados en países invadidos, el traslado de heridos a hospitales en Suiza, y en la creación de una muy efectiva oficina para proporcionar oportuna información a las familias.

Benedicto XV exhortó a los católicos a trabajar por la paz con las encíclicas Ubi Primum, Ad Beatissimi, y Pacem, Dei Munus. Murió en Roma en 1922, ofreciendo su vida por la paz del mundo.

Pio XI y Pio XII

El 20 de diciembre de 1936, una enorme muchedumbre se concentró en la Alameda Michaelsen para celebrar el Congreso Eucarístico de Santiago de Cuba y la solemne Coronación de la Imagen de la Virgen de la Caridad.

Fue el acto público católico más grande celebrado hasta entonces en Cuba. Más de cien mil personas, cantidad extraordinaria para la época, presenció emocionada cuando Mons. Valentín Zubizarreta colocaba sobre las cabezas de las imágenes de la Madre y del Hijo, las hermosas coronas de oro y piedras preciosas, regalo de los agradecidos devotos de la Virgen. La petición que el episcopado cubano había hecho llegar al papa Pío XI fue respondida en largo documento aprobatorio firmado, a nombre del pontífice, por el Cardenal Eugenio Pacelli, futuro papa Pío XII.

Pío XI, milanés, había firmado un concordato con Benito Mussolini, terminado así los conflictos con el Estado italiano, y mediante el cual nació el Estado de la Ciudad del Vaticano, un Estado pontificio formado por la Basílica de San Pedro, los palacios del Vaticano, jardines, museos y edificios cercanos, además de la residencia de Castelgandolfo, varias basílicas y las sedes de las grandes congregaciones de la Iglesia.

Había sido historiador, experto en paleografía, arte, historia y literatura. Le gustaba —y practicaba— el alpinismo. Con la encíclica Ubi arcano Dei, dio comienzo a la Acción Católica.

En 1937, con la encíclica Non abbiamo Sorge, criticó la ideología fascista, que el papa consideraba “estadolátrica”, al igual que el nazismo, y las ideas bolcheviques; con la Divini Redemptoris condenó el marxismo y el comunismo ateo. Cuando Hitler visita Roma, Pío XI se ausenta de ella para no entrevistarse con el dictador alemán. Este papa canonizó a Santa Teresita de Lisieux, Santa Bernardita Soubirous, San Juan Bosco, Santo Tomás Moro, San Roberto Belarmino y San John Fisher.

Pablo VI

El Santuario Nacional de la Virgen del Cobre fue elevado a Basílica por el Papa Pablo VI. En representación suya viajó a la Isla el Cardenal Gantín para consagrar la nueva basílica menor.

El beato Pablo VI, Giovanni Battista Montini, fue elegido papa en 1963 para suceder al gran San Juan XXIII, el papa renovador que había soñado e iniciado el Concilio Vaticano II, que Pablo VI llevó a su culminación.

Papa viajero, Pablo VI viajó a la India, Colombia, el Extremo Oriente, y visitó Tierra Santa para encontrarse con el patriarca Atenágoras I y dar un fuerte impulso al movimiento ecuménico. Abogó por la paz mundial en una histórica alocución en la sede de las Naciones Unidas. Modificó el ordenamiento sobre la elección de un papa, y marcó una edad límite para los obispos, invitándolos a retirarse al cumplir los setenta y cinco años de edad. Asimismo, decretó que los cardenales perderían el derecho a elegir al papa cuando éstos hubiesen cumplido los ochenta años. Entre otras, escribió la encíclica Humanae vitae, sobre el control de la natalidad, la Populorum progressio, sobre las tensiones entre pueblos ricos y pobres; elevó a ciento cuarenta y cinco el número de cardenales, e instituyó el primero de enero como día de la paz. Su encíclica Marialis Cultus es un extraordinario documento sobre la devoción a la Madre de Dios.

Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco

Los últimos tres papas han estado junto a la imagen de la Virgen de la Caridad. San Juan Pablo II, que la coronó en Santiago de Cuba, durante su visita pastoral a la Isla en 1998; Benedicto XVI, que visitó su santuario, oró delante de la bendita imagen y le obsequió la Rosa de Oro, distinción extraordinaria que la Iglesia concede a lugares de excepción; y el Papa Francisco, que celebró la Eucaristía en la Basílica del Cobre, oró y acarició con cariño la bendita imagen y le dejó de ex-voto un hermoso jarrón de plata con flores de porcelana.

Todas estas historias acompañan a nuestra devoción cubana por la Virgen Mambisa; especialmente en este año 2016, porque este próximo 8 de septiembre celebraremos el cierre del centenario de su proclamación como Patrona de Cuba. Un acontecimiento que, además, se ve enriquecido por la conmemoración del 80º aniversario de su primera y solemne coronación en Santiago de Cuba.

Director Asociado de la Oficina de Ministerios Laicos [email protected]