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Homilies | Monday, February 02, 2026

Por más de sesenta años perseveró incansablemente en el servicio de Dios

Homilía del Arzobispo Thomas Wenski por la Misa funeral de Mons. Pedro Garcia

Homilía del Arzobispo Thomas Wenski por la Misa funeral de Mons. Pedro Garcia en Saint Ann Catholic Mission en Princeton, FL. Lunes, 2 de febrero de 2026. 

Queridos hermanos y hermanas:

Con la esperanza puesta en Dios y confiados en su infinita misericordia, elevamos hoy nuestros corazones agradecidos al ofrecer la Eucaristía por el eterno descanso de un hermano sacerdote. Damos gracias al Señor por la vida y el fecundo ministerio de Monseñor Pedro García, nuestro querido Padre Pelli, quien durante más de sesenta años perseveró incansablemente en el servicio de Dios y de su pueblo, con sencillez, humildad y generosidad. Al celebrar esta Santa Misa por su descanso eterno, pidamos que el Buen Pastor, que un día lo llamó a su servicio, lo acoja ahora en su presencia y le conceda la recompensa prometida a los servidores fieles.

El Evangelio proclamado nos ofrece una de las imágenes más consoladoras y reconfortantes de todo el mensaje de Jesús: “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto.” Palabras que acuden hoy en nuestra ayuda para fortalecer nuestra fe y renovar nuestra esperanza ante la realidad de la vida y de la muerte, mientras encomendamos al Señor el alma del P. Pedro, agradeciendo su entrega, así como los incontables frutos de su prolongado ministerio.

La vida del cristiano, y de manera muy especial la del sacerdote, está llamada a parecerse a ese grano de trigo del que hoy nos habla Jesús. Quien es llamado a ser un“alter Christus” en medio del mundo, ya no vive solo para sí, sino que se deja caer en la tierra fértil del servicio, de la oblación generosa y el sacrificio, haciendo que su vida sea fecunda, capaz de producir fruto abundante para la vida eterna.

El P. Pelli entregó su vida sin reservas, e incluso en las peores circunstancias que le tocó vivir, supo siempre conservar su buen carácter, trato afable, amabilidad y una fe a toda prueba. En los tiempos más difíciles de la represión religiosa en Cuba y en medio de los ataques continuos de la dictadura comunista contra la misión de la Iglesia, él supo mantener siempre intacta su fidelidad, sin transigir nunca frente al poder totalitario, con todas las consecuencias que por ello debió sufrir. Desde su ordenación sacerdotal en 1964, su ministerio fue un sembrarse continuo en diferentes sitios y realidades. Así sirvió en Matanzas, su diócesis de origen, en La Habana y en Santiago de Cuba, para años más tarde, a partir de 1984, continuar su ministerio sacerdotal en esta Arquidiócesis de Miami. Allí donde fue enviado no buscó comodidad ni protagonismo, sino servir generosa y pacientemente al pueblo de Dios a él encomendado.

En la diócesis de Santiago de Cuba, por ejemplo, y en medio de una sociedad sometida al control absoluto de la dictadura, el P. Pedro comprendió que el Evangelio podía llegar al corazón de las personas, especialmente de los jóvenes, también a través del arte y la cultura. Con gran sensibilidad pastoral evangelizó desde la música y el teatro, animó coros, formó jóvenes, creó espacios de expresión y libertad. Muchas semillas que parecían pequeñas, insignificantes, incluso arriesgadas en aquella situación, con el tiempo produjeron en muchos, abundantes frutos de vida cristiana.

Esa misma entrega siguió definiendo su ministerio sacerdotal en Miami, en San Juan Bosco, en la Divina Providencia, en San Lázaro, pero de manera muy especial, desde 1995, en esta Misión de Santa Ana. Aquí entregó su vida por tantos años, y dejó en muchos de ustedes una profunda huella de cariño y gratitud difícil de borrar. La presencia de ustedes hoy aquí, constituye un testimonio elocuente de ese legado, sembrado con fe y amor en tantos corazones.

En el Evangelio Jesús continúa diciendo: “El que me sirve, que me siga.” Y así lo siguió el P. Pedro hasta el final. Incluso después de su retiro en 2011, y mientras le fue posible, él continuó sirviendo y entregándose cada día en los confesionarios de la Ermita de la Caridad, ofreciendo reconciliación, misericordia y consuelo a innumerables fieles.

Hermanos y hermanas, el grano de trigo no elige dónde caer; simplemente se deja sembrar, y confía. Hoy, al contemplar su muerte, vemos una vida que sigue floreciendo en quienes fueron tocados por su palabra, sus canciones, su consejo y su esperanza contra toda esperanza. Y Jesús concluye, precisamente con una promesa que nos llena de esa misma esperanza: “Si alguno me sirve, el Padre le honrará.” Es esa la certeza con que hoy venimos a dar gracias por el P. Pelli, seguros de que el Padre ya lo ha honrado, y lo ha acogido misericordiosamente en su Reino eterno.

Que Santa María del Cobre, a quien él supo cantarle con tanto amor y devoción, le alcance ahora de su hijo Jesucristo abundantes bendiciones.

Dale, Señor, a tu sacerdote el descanso eterno, y brille para él la luz perpetua. Descansa en paz, querido Padre Pelli. Amén.

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