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Es hora de perder el equipaje del pecado y el vicio

Columna del Arzobispo Wenski para la edición de marzo 2020 de La Voz Católica

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En la actualidad, casi todo el mundo sabe acerca del Ramadán; es posible que no sepamos cuándo comienza o termina, pero sabemos que, durante el Ramadán, los musulmanes ayunan y oran. Y aparentemente, lo hacen de manera decidida y con la seriedad de propósito apropiada.

¿Nos acercamos los católicos a la Cuaresma con la misma intencionalidad y seriedad?

Como miembros de la Iglesia, somos un pueblo peregrino que, como dice una oración, vivimos “gimiendo y llorando en este valle de lágrimas”. Nuestro viaje por la vida nos lleva por colinas y valles; es decir, a través de puntos altos y puntos bajos. Pero los peregrinos, dadas las dificultades de la caminata, deben viajar ligeros, sin verse gravados con un exceso de equipaje. La Cuaresma, con su llamado a la penitencia y al arrepentimiento, es básicamente una invitación a abandonar el exceso de equipaje del pecado y el vicio.

Las diversas prácticas de la Cuaresma (ayuno, oración, mortificaciones y sacrificios) no se proponen castigarnos a nosotros mismos. Por el contrario, al liberarnos de los obstáculos del pecado, se proponen contribuir a que alcancemos libertad que nos puede ayudar a poner en práctica lo mejor de nosotros mismos, a inclinarnos a hacer lo correcto en el momento correcto.

La indiferencia hacia nuestro prójimo y hacia Dios caracteriza más o menos nuestro mundo de hoy, marcado con un individualismo cada vez más absorto en sí mismo. Nuestra cultura del “descarte” ha llevado a la “globalización de la indiferencia”. La difícil situación de los refugiados, la marginación de los inmigrantes, la soledad de los ancianos, la desesperanza que se observa en demasiados jóvenes, la ruptura de la familia, son parte de una larga letanía de “problemas” que ha creado una indiferencia globalizada; y conducen a una lista igualmente larga de males que el mundo “tolera”: genocidio, eutanasia, drogadicción, aborto, por nombrar solo algunos.

La Cuaresma, sin embargo, supone que sabemos la diferencia entre lo correcto y lo incorrecto, entre el bien y el mal. Y así, la Cuaresma no es una invitación a participar en discusiones morales o debates sobre por qué algo está mal o bien; sino una invitación a mirarnos con honestidad inquebrantable durante este tiempo especial de gracia y a la luz del Evangelio, para tratar de descubrir por qué elegimos incorrectamente, y aprender qué debemos hacer para revertir el curso y elegir correctamente.

Por lo tanto, la Cuaresma es una forma de verificar nuestro GPS espiritual, para asegurarnos de que con todos los giros y vueltas del viaje de nuestra vida, todavía vamos en la dirección correcta. La Cuaresma nos recuerda que el verdadero propósito de la vida no es buscar nuestra gloria, sino la gloria de Dios, y eso no se encuentra a través de la autoafirmación o la búsqueda de uno mismo, sino a través de la entrega y el sacrificio.

El Catecismo de la Iglesia Católica habla de las obras de misericordia corporales y espirituales: estas obras de misericordia pueden ayudarnos a recordar que no solo debemos evitar el pecado como seguidores de Jesucristo; también debemos hacer el bien.

En cualquier caso, las prácticas tradicionales de la Cuaresma (oración intensa, sacrificios y mortificaciones, limosnas y otros actos de caridad) se proponen enseñarnos a decirnos “NO” a nosotros mismos, para que, liberados de la esclavitud a nuestros deseos, podamos diga “SÍ” a Dios y a nuestro prójimo necesitado.

Si nuestros hermanos y hermanas musulmanes pueden observar el Ramadán con la decisión y con la seriedad de propósito apropiadas, los católicos debemos acercarnos a la Cuaresma con la misma decisión y seriedad de propósito.

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