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Lo que significa el amor verdadero

Columna del Arzobispo Wenski para la edición de octubre de La Voz Católica

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Como Católicos, no creemos que somos platónicos “fantasmas mecanizados” o “mentes sustantivas” de tipo cartesiano. Creemos que somos “cuerpos con alma” – tenemos una naturaleza humana, una unidad compuesta de cuerpo y alma. Nuestro cuerpo – y nuestra diferenciación entre masculino y femenino – no son algo extrínseco a nosotros, a nuestro propio ser; más bien, nuestro cuerpo y nuestra sexualidad son parte de nuestra identidad como personas.

Por esta razón, la Iglesia siempre ha afirmado su creencia en la resurrección del cuerpo – que, después del juicio final, recuperaremos en la gloria del cielo (o en su opuesto), esa unidad de cuerpo y alma que nos hace lo que somos como personas. Así como hablamos de un sacramento como signo exterior o visible de una realidad interior o espiritual, nuestros cuerpos ponen al descubierto nuestra alma “sacramentalmente”. De esta manera, podemos hablar del lenguaje del cuerpo. El lenguaje de nuestro cuerpo puede comunicar los sentimientos más profundos del ser humano, creado por Dios para el amor y la comunión.

El Papa Emérito Benedicto XVI señaló en su encíclica “Deus Caritas Est” que la palabra “amor” es usada y abusada con frecuencia. Más comúnmente, representa lo que los griegos antiguos llamaban “eros”; es decir, el amor erótico entre un hombre y una mujer. Mas la Iglesia, desde sus principios, propuso una nueva visión del amor abnegado y oblativo expresado en la palabra “ágape”. El amor humano naturalentre un hombre y una mujer (eros) es algo hermoso y sagrado pero necesita disciplina y madurez, necesita “ágape” para que no pierda su dignidad y propósito verdaderos.

Nuestra sociedad moderna ciertamente ha exaltado el “eros”, pero al mismo tiempo ha degradado el cuerpo humano, y al hacerlo, ha empobrecido el eros. Eros, reducido solamente al “sexo”, se ha convertido enuna mercancía – una simple “cosa” que se compra y se vende. La falta de modestia y la tolerancia de la “pornografía ligera” que han invadido nuestra cultura popular no son signos de que nuestra sociedad se “siente satisfecha” con respecto al cuerpo – en contraste con la supuesta tensión mojigata de la generación anterior. Más bien, es un signo del desprecio de nuestra sociedad hacia el cuerpo humano. Hoy en día, muchos hombres y mujeres consideran que su cuerpo y su sexualidad son puramente materiales – fuera de sí mismos - como un equipaje o cubierta exterior que les permite usarlos y explotarlos a su antojo.

Como los Padres del Segundo Concilio Vaticano nos recordaron, el hombre solamente puede realizarse por medio de la entrega sincera de sí mismo. La Teología del Cuerpo desarrollada por San Juan Pablo II habla del “significado nupcial” del cuerpo porque el cuerpo humano – constituido masculino o femenino – revela el llamado al hombre y la mujer a convertirse en regalo mutuo, un regalo plenamente realizado en su unión en “una carne”.

El cuerpo también tiene un “significado generativo” que (con el favor de Dios) trae a un “tercero” al mundo por medio de su comunión. De esta manera, el matrimonio constituye un “sacramento primordial”, entendido como un signo que verdaderamente comunica el misterio de la vida y del amor Trinitario de Dios a los esposos y – a través de ellos – a sus hijos, y a través de la familia al mundo entero.

Por esta razón, el adulterio y la cohabitación sin matrimonio, las relaciones de una sola noche, y las llamadas uniones del mismo sexo, aunque ciertamente son descritas por algunos como “eróticas”, son, en sí mismas, incompatibles con nuestra verdadera vocación de amar.

Estas expresiones de un lenguaje corporal fraudulento, no son dignas de la dignidad del hombre creado masculino y femenino, a imagen y semejanza de Dios. Un lenguaje corporal fraudulento sólo “comunica” falsificaciones del amor verdadero. Para que sea auténtico, nuestro “lenguaje corporal” tiene que reflejar la verdad sobre la naturaleza humana como fue creada por Dios. Sólo manifestaciones de entrega propia que correspondan a esa verdad, tienden a esa comunión de seres a la que está dirigida nuestra humanidad. 

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