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San Gregorio I, el Grande

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Toda la nobleza romana acude al gran palacio del pretor urbano de la ciudad. Es la fiesta de los parabienes, cuando a los ocho días del alumbramiento, familiares y amigos acuden con regalos y felicitaciones a la madre que acaba de traer al mundo y a la familia, un nuevo miembro. La mansión sobre el monte Celio rebosa de ilustres matronas que han venido a conocer al niño y a congratular al senador Gordiano y a su esposa Silvia, una familia de patricios de profunda raigambre cristiana. Es el año 540. Le han puesto Gregorio y tiene entre sus antepasados al papa Félix III, y dos de sus tías religiosas y su madre, alcanzarán el honor de la santidad reconocida por la Iglesia.

El joven crece en un ambiente culto y recibe una profunda formación clásica: gramática, dialéctica, retórica y derecho. A los 32 años es nombrado praefectus urbi (Prefecto de Roma), cargo al que renuncia para abrazar la vida monástica. Para ello, transforma su propia vivienda en un monasterio en el que asume la regla de San Benito. Otras siete propiedades heredadas de su familia en territorio siciliano las convierte en pequeños monasterios benedictinos.

Gregorio es muy conocido y apreciado en la urbe romana, por ser colaborador personal y muy cercano del papa Pelagio II, que le confiere el diaconado y le envía a la corte imperial de Constantinopla como embajador personal suyo. Gregorio permaneció seis años en la sede oriental del imperio donde conoció a profundidad la espiritualidad del monacato oriental. Allí desarrolla una profunda piedad, adquiere un mayor conocimiento de las Sagradas Escrituras y entiende de modo experiencial toda la dinámica política de esta parte del poder imperial. Descubre y desarrolla una especial capacidad para escribir que le acompañará fecundamente durante toda su vida.

A su regreso a Roma, se convierte en consejero del papa Pelagio, cargo que ocupará hasta la muerte del pontífice en la gran epidemia de 590. Ese año, con una inusual unanimidad, fue elegido papa por el clero, el senado y el pueblo. Pequeño de estatura y de débil salud, no duda en emprender todas las reformas urgentes y necesarias para sanear la administración de la Iglesia y eliminar la corrupción de los funcionarios eclesiásticos y laicos. Destituye a Lorenzo, archidiácono de Roma, por su afán de lucro prevaricador; centra sus esfuerzos en que los obispos respondan a la dignidad de su vocación: “Tengan cuidado en no abusar de aquellos que Dios ha puesto a su cuidado. Pongan su empeño en ser más útiles a sus necesidades que inspirarles miedo. Tengan entrañas de caridad para no caer en la tentación de creer que son señores, cuando solamente son padres. Apóyense siempre en la humildad y nunca en el orgullo ni en el afán de dominar.”

Gregorio, en muchas alocuciones solía exhortar al clero a “servir antes que mandar”. Para él, el primado debe ejercerse siempre no en forma de dominio, sino de servicio. El que rige a la Iglesia sirve a la comunidad de fieles en nombre del Señor.

La tradición del uso del título “Siervo de los siervos de Dios” propio de los romanos pontífices, comenzó con el papa Gregorio hasta los días presentes. Partidario de que la evangelización debía respetar la cultura de los evangelizados, abogó, predicó y autorizó un amplio criterio para que el lenguaje y la formulación del tesoro de la fe fuera comprensible para aquellos pueblos que acogían el cristianismo. Para ello, envía a 40 monjes con el encargo de trabajar por la conversión de los anglosajones. En lo posible, los misioneros deberán buscar como, en vez de eliminar, llenar de espíritu cristiano las tradiciones y costumbres de los pueblos.

El papa está convencido de que nunca se puede llevar a un pueblo a la conversión empleando la fuerza: “No se deben destruir los templos de esos pueblos; suprímanse sus ídolos y constrúyanse altares y coloquen en ellos reliquias de santos y mártires”. A San Agustín, obispo de Canterbury que le escribe preguntando si es correcto, con motivo de una fiesta, continuar con la costumbre de inmolar bueyes como antes se hacía ante los ídolos, el papa responde: “Si con motivo de la dedicación de un templo o de la fiesta de un mártir o un santo patrono, matan ganado, déjenlos que se los coman para mayor gloria del Dios altísimo”

Gregorio I nunca tiene reparo en decir lo que cree debe decir en ese momento. Por un asunto de orden interno, escribe en este tono al arzobispo de Constantinopla, Juan IV Nesteutes, a quien denominaban el “Ayunador” por su vida públicamente austera: “¿No sería mejor que dejes entrar carne a tu boca en vez de dejar salir de ella falsedades destinadas a engañar al prójimo? Nuestros huesos están secos por el ayuno, pero el ánimo está repleto de orgullo; nos recubrimos de cenizas sin dejar de aspirar a las grandezas; bajo la piel de cordero escondemos nuestros dientes de lobo”. Los pobres, los débiles, los desamparados y necesitados siempre fueron su mayor preocupación.

La obra de Gregorio I como escritor es ingente; sus escritos lo convierten en el gran maestro de la edad media; sus cartas, más de 850, abordan todos los temas que le ocupan y le preocupan; asuntos eclesiales, sociales, familiares, militares, políticos. Es un papa que pone su empeño en llegar a todos. Escribe varios sacramentarios, los antecesores del misal, y reorganiza el antiguo canto romano, que en su honor y a partir de entonces, convertido en canto oficial de la Iglesia, se llamará canto “Gregoriano”.

San Gregorio I, San Gregorio Magno, murió el 12 de mayo del año del Señor 604 y fue sepultado en la Basílica de San Pedro, justo a la entrada de la sacristía. Fue un pontífice con los pies sobre la tierra, con una clara comprensión de los problemas y las necesidades de su tiempo; un papa audaz que no escatimó esfuerzos por encontrar remedio a los desafíos de su tiempo; el legado de San Gregorio Magno no pudo ser superado, ni igualado, por sus inmediatos sucesores.

Bonifacio VII lo declaró doctor de la Iglesia el 20 de septiembre de 1295.

Comments from readers

Joaquin Rodriguez - 05/20/2019 08:16 PM
Cuánta historia en un artículo tan breve! Una vida admirable la de San Gregorio I Magno y un ejemplo perenne para los hombres de Iglesia y, también, para los de gobierno en cualquier oficio y nivel. Si no conocemos la historia, podemos repetir lo peor y dejar de imitar lo bueno y realizar lo mejor, que siempre es posible. La Iglesia tiene mucho que dar y la historia lo demuestra. Bendiciones. P. Joaquín
James - 05/20/2019 01:30 PM
Whilst fasting can cometh many benefits on more than one level. Thank you for the article which points out speaking words of grace and not perverse gossip. Now, on another note, I fasted from food on and off for 4 months. My longest fast was for 67 hours. I’ve lost 40 pounds. FACT! Blessings,

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