Blog Published

Blog_archdiocese-of-miami-do-you-really-believe-god-loves-yout_S

archdiocese-of-miami-do-you-really-believe-god-loves-yout


Si eres como yo, seguro que te impresionaron los deportistas de los Juegos Olímpicos de Milán-Cortina. En ellos pudimos ver tanto los frutos del esfuerzo como los efectos traumáticos de unas expectativas desmesuradas.

Cuesta creer que la mayoría de estos deportistas fueran apenas adolescentes y jóvenes adultos.

Mientras los veía, me vino a la mente el reciente encuentro de la Asociación de Estudiantes Universitarios Católicos (FOCUS), SEEK26, en el que participé.

Durante la conferencia SEEK, me llamó la atención las presiones y ansiedades que experimentan los jóvenes de hoy, y la cantidad de veces que los ponentes intentaron convencerlos de que creyeran en el amor personal e incondicional de Dios.

Empecé a preguntarme por qué se repetía este mensaje con tanta insistencia. Me parecía un poco cursi. ¿Acaso el amor de Dios no es algo que se da por sentado?

Entonces leí la carta de nuestra superiora general que acababa de enviar a todas las Hermanitas de todo el mundo, estableciendo una orientación espiritual para nosotras de cara a 2026. En ella, proponía que pasáramos un año de alegre confianza en la Providencia de Dios, y preguntaba: “¿Creemos verdaderamente en el amor de Dios por nosotras?”.

¡Ahí estaba esa pregunta otra vez!

Ya seas un estudiante de primer año en la universidad o una persona consagrada con un compromiso de por vida con Dios a través de los votos religiosos, ¡esta pregunta es fundamental en nuestras vidas!

Así que me pregunté: ¿por qué a tantos de nosotros nos cuesta tanto creer en el amor de Dios?

Decidí hacer una encuesta sobre esta cuestión, preguntando a mis hermanas, junto con algunos amigos y colegas, a cualquiera que estuviera en la lista de contactos de mi teléfono— ¿por qué es tan difícil creer en el amor de Dios?

Las respuestas que recibí se dividieron, a grandes rasgos, en tres categorías.

Algunas de las personas encuestadas sugirieron que el recuerdo o la vergüenza de los pecados del pasado disuade a mucha gente de creer en el amor de Dios. Llamaré a estas personas los San Pedro que hay entre nosotros, pues cuando Jesús llamó a San Pedro para que le siguiera, este retrocedió inmediatamente, diciendo: “¡Apártate de mí, porque soy un hombre pecador!”.

Otro grupo parece ser víctima de los prejuicios y juicios negativos de los demás que aplastan su autoestima. Aunque sean infundados, estos mensajes negativos que provienen del exterior pueden ahogar la verdad de que el amor de Dios es personal e incondicional.

Aquellos que sufren prejuicios y juicios negativos me recuerdan a la mujer samaritana junto al pozo del Evangelio de San Juan. Dolorosamente consciente de su condición social inferior a los ojos de la mayoría judía, se aparta de Jesús. “¿Cómo puedes tú, siendo judío, pedirme de beber a mí, que soy una mujer samaritana?”.

La tercera serie de respuestas sugería que a algunas personas les cuesta creer simplemente porque nunca han visto a Dios ni han experimentado su amor de primera mano. “¿Cómo puedo creer en alguien o algo que ni siquiera puedo ver?”, se preguntan.

Estas personas son como Tomás el “incrédulo”, quien, tras la resurrección, señaló: “Si no veo las marcas de los clavos en sus manos y meto mi mano en su costado, no creeré”.

Los resultados de mi encuesta —por poco científica que fuera— me dieron mucho en qué pensar. Hay tantos San Pedro, Tomás el incrédulo y mujeres en el pozo, incluyéndonos a nosotros mismos.

¿Qué podemos hacer para convencernos de que Dios realmente nos ama, independientemente de nuestros pecados y defectos?

Creo que la forma más sencilla y directa de superar nuestras dudas sobre el amor personal e incondicional de Dios es volvernos en oración hacia la Cruz.

La imagen de Cristo en la Cruz —ya sea un crucifijo enorme colgado en una gran catedral o uno sencillo al final de nuestro rosario— lo dice todo sobre el amor de Dios.

Desde la cruz, Jesús llama a todos los San Pedro que hay entre nosotros, instándoles a desprenderse de sus pecados y a aceptar su perdón. Tal y como le dijo al buen ladrón, les dice: “Estarás conmigo en el Paraíso”.

A aquellos que se alejan de Dios porque otros les han convencido de que no son dignos de amor, Jesús les extiende los brazos y les dice: “Te amo tanto que habría muerto por ti, aunque fueras la única persona en la tierra”.

Y a aquellos que dicen que no creerán sin ver, Jesús les muestra sus manos heridas y les dice: “Mira mis manos y mi costado, estas heridas fueron realmente por ti”.

Durante esta Cuaresma, rezo para que todos nos volvamos hacia la Cruz y encontremos allí la prueba innegable del amor personal e incondicional de Dios. Entonces, a través de nuestra bondad y nuestro amor, podamos convencer a los demás de que ellos también son dignos del amor de Dios.

Add your comments

Powered by Parish Mate | E-system

This site is protected by reCAPTCHA and the Google Privacy Policy and Terms of Service apply