Blog Published

Blog_17530843721577_S

17530843721577


Hace poco leí un interesante artículo sobre la relación entre liturgia y catequesis. El autor argumentaba que la respuesta típica de la Iglesia al aumento de los “nones”, aquellos que afirman no tener afiliación religiosa, se ha redoblado en programas, clases y apologética. Sin embargo, esta estrategia, aunque bienintencionada, puede pasar por alto una verdad más profunda: la gente no pierde la fe por no pasar un examen de teología. La fe no se pierde ni se encuentra principalmente en el plano de las ideas. Se forma en el corazón, en la imaginación y en los hábitos cotidianos que estructuran la vida. En esto, la Iglesia primitiva tiene mucho que enseñarnos.

Para los primeros cristianos, la catequesis no era una experiencia en un aula de clases. Era una formación para el martirio. En los siglos II y III, prepararse para el bautismo era prepararse para la muerte. El catecumenado era una iniciación gradual a una forma de vida totalmente nueva. El bautismo no era un mero lavado ritual, sino la participación en la muerte y resurrección de Cristo, una muerte de la vida pasada y el comienzo de una nueva existencia moldeada enteramente por Cristo. De Tertuliano a Cipriano, los Padres de la Iglesia vieron a los bautizados como nuevas creaciones en Cristo, ciudadanos de un reino que no es de este mundo.

Lo que llama la atención en estos primeros siglos es lo estrechamente entrelazados que estaban la formación moral y la instrucción doctrinal. Aprender la fe era sinónimo de aprender a vivir de otra manera. Como enseñaba Ireneo de Lyon, a los cristianos no se les instruía simplemente en proposiciones teológicas, sino que se les iniciaba en una nueva visión de la realidad, lo que él llamaba la “regla de la fe”. Conocer la fe era habitar su lógica, ver el mundo a través de su lente.

En el centro de esta formación estaban las Sagradas Escrituras. La Iglesia primitiva no relegó la Palabra de Dios únicamente a los eruditos o al clero. Las Sagradas Escrituras se proclamaban, se rezaban, se memorizaban y se meditaban a diario. Los ritmos de la vida cristiana se estructuraban en torno a la escucha y la interiorización de la Palabra. Este es un ámbito en el que, hoy en día, muchos católicos sufren una verdadera deficiencia. A pesar de la rica tradición bíblica de la Iglesia, gran cantidad de fieles no conocen la Biblia. No podemos ignorar esta laguna si nos tomamos en serio la formación de discípulos.

Es importante reconocer que, en ciertos periodos de la historia de la Iglesia, el acceso de los laicos a las Sagradas Escrituras estuvo restringido. Por ejemplo, el Concilio de Toulouse de 1229 limitó las traducciones vernáculas, no para retener la Palabra, sino para evitar interpretaciones heréticas en una cultura mayoritariamente analfabeta. Más tarde, el Catálogo de Libros Prohibidos y otras normas similares complicaron aún más el acceso de los laicos a las Escrituras. Sin embargo, estas medidas eran contextuales, no doctrinales: su objetivo era proteger a los fieles, no desalentar el encuentro con la Palabra de Dios. Desde la encíclica el Divino Afflante Spiritu del Papa Pío XII en 1943, y especialmente a través de la constitución dogmática Dei Verbum sobre la divina revelación del Concilio Vaticano II, la Iglesia ha reafirmado la centralidad de la Escritura en la vida de cada católico. La institución por parte del Papa Francisco del Domingo de la Palabra de Dios en 2019 subraya esta renovación.

La tarea que tenemos ante nosotros no es simplemente fomentar el estudio de la Biblia como un programa parroquial más, sino ayudar a los católicos a recuperar el hábito diario de abrir las Escrituras, no como un ejercicio intelectual, sino como una forma de escuchar a Dios y vivir de acuerdo con su Palabra. En este sentido, podríamos aprender humildemente de nuestros hermanos y hermanas protestantes, que han fomentado con éxito la alfabetización bíblica a través de pequeños grupos, planes de lectura y recursos accesibles. El objetivo no es copiar estos métodos acríticamente, sino encontrar formas católicas de fomentar una cultura en la que la lectura de las Escrituras se convierta en algo tan normativo como la Misa dominical.

Para el siglo IV, el catecumenado se había hecho más formal, pero su objetivo seguía siendo el mismo: iniciar a las personas en una nueva forma de vida. Los catecúmenos eran aprendices de la vida cristiana, guiados por padrinos, y se formaban a través de la oración diaria, el ayuno y los rituales de Cuaresma. La catequesis mistagógica profundizaba este proceso después del bautismo, utilizando la propia liturgia como escuela de fe. Creer rectamente y vivir rectamente se entendían como inseparables.

Quizás sea éste nuestro mayor reto hoy: dejar de considerar la catequesis como una mera entrega de información y recuperar su finalidad como conversión de toda la vida. El objetivo no es simplemente católicos bien informados, sino transformados. La catequesis debe conducir al encuentro, no sólo con ideas sobre Dios, sino con el mismo Dios vivo.

Por último, esta visión de la formación integral de la vida sólo da frutos cuando los párrocos y los líderes parroquiales ofrecen algo más que programas: ofrecen presencia. Las estadísticas y los estudios demuestran sistemáticamente que el acompañamiento pastoral, vivido en pequeños momentos -estar presente en todos los actos de la iglesia, homilías bien preparadas, rezar con los feligreses, estar disponible para bautizos y funerales- ancla la fe más profundamente que cualquier clase de formación. Como enseñó San Juan Pablo II en la exhortación apostólica Catechesi Tradendae, el objetivo de la catequesis es “no sólo poner a la gente en contacto, sino en comunión, en intimidad, con Jesucristo”. Esta comunión se fomenta cuando los sacerdotes y los líderes laicos caminan junto a su rebaño, abriendo la Escritura, celebrando los sacramentos y llevando las cargas de la vida.

No se trata de decir que el clero se queda corto; es un recordatorio de cuánto poder tiene su presencia visible y continua. Igualmente, es una invitación a cada diácono, ministro parroquial, catequista, ministro de la juventud y líder laico para que vean el acompañamiento como su primera tarea. Las parroquias florecen no por el número de programas, sino por la profundidad de las relaciones. Cuando los equipos pastorales y los fieles viven y rezan juntos, la Escritura no se comparte como un texto abstracto, sino como la Palabra viva que habla a personas vivas.

Si nos tomamos en serio la renovación de la catequesis, empezamos por aquí: con una presencia pastoral que predica con palabras y con la vida, compañeros en el viaje de la vida modelada por la Palabra de Dios. En esto, quizá la Iglesia primitiva tenga todavía mucho que enseñarnos.

Comments from readers

Susana Alvarez - 07/22/2025 11:06 AM
Father Vigoa an excellent article. Thank you

Powered by Parish Mate | E-system

This site is protected by reCAPTCHA and the Google Privacy Policy and Terms of Service apply