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Usted está leyendo esto poco antes de la investidura presidencial en los Estados Unidos.

El próximo líder de los Estados Unidos tendrá los medios a su alcance para hacer el bien formidablemente o para causar un daño terrible.      

El nuevo presidente de los Estados Unidos tendrá muchas oportunidades para echar hacia adelante políticas y legislación que pueden hacer un lugar mucho mejor no sólo de los Estados Unidos, sino del mundo.

Por otro lado, el próximo presidente puede optar peligrosamente por exacerbar los muchos problemas graves que enfrenta la humanidad.

Nuestras oraciones y activismo político serán necesarios para persuadir al presidente novato de rechazar todo lo que es mortal, y en su lugar elegir el camino de la bondad, el camino de la vida, el camino de Dios (ver Deut. 30: 15-18).

Pero no debemos confiar exclusivamente en el presidente de los Estados Unidos.

Ningún ser humano por su cuenta—sea presidente, primer ministro o papa—puede construir un mundo donde reine la justicia, la paz y el amor. Para realizar tal visión, se necesita de todos nosotros, y no sólo una versión mediocre de nosotros mismos, sino la mejor.

¡El mundo necesita santos!

Nuestro mundo dolorido necesita cristianos que están comprometidos con ser el mismo cuerpo de Cristo en la tierra—santos.

Como lo expresó Santa Teresa de Ávila de manera tan hermosa: "Cristo no tiene ahora cuerpo más que el tuyo. Ni manos ni pies en la tierra, sino los tuyos. Son tuyos los ojos a través de los cuales Él mira la compasión en este mundo, tuyos son los pies con los cuales Él camina para hacer el bien. Tuyas son las manos a través de las cuales bendice a todo el mundo. Tuyas son las manos, tuyos son los pies, tuyos son los ojos, tú eres su cuerpo. Cristo no tiene cuerpo ahora en la tierra excepto el tuyo".

Imagine si usted y yo, y toda persona que profesa ser cristiano, decidimos, con el poder del Espíritu Santo, ser el cuerpo de Cristo. Imagine si cada discípulo de Cristo decide pensar, sentir, orar, hablar y actuar como lo hizo Cristo cuando estuvo en la tierra.

Imagine cuánto bien podría realizarse si cada cristiano se comprometiera a convertirse en un santo.

El Papa Juan Pablo I—el santo Papa de la sonrisa—dijo: "Si todos los hijos e hijas de la Iglesia supieran ser misioneros incansables del Evangelio, habría un nuevo florecer de santidad y renovación en este mundo que tiene sed del amor y de la verdad".

La Iglesia Católica celebra el Día de Todos los Santos para recordar a los incontables discípulos fieles de Cristo que ahora y para siempre se deleitan en la gloriosa y amorosa presencia del Santo Todopoderoso.

Que, por la intercesión y el ejemplo de los santos, se nos dé la fe, el amor y el valor para imitar su santidad. Jesús llama a cada cristiano a ser un santo.

En la Constitución dogmática del Concilio Vaticano II sobre la Iglesia (Núm. 39, 40), los obispos católicos del mundo declararon solemnemente: "En la Iglesia, todos ... son llamados a la santidad".

Franciscan Media, los medios de comunicación franciscanos, pueden enviarle cada día la biografía inspiradora de un santo. Inscríbase enwww.franciscanmedia.org/newsletters/.

Que podamos darnos cuenta con mayor plenitud que adquirir la santidad—convertirse en santo—no es solo para nuestro bien, sino para el bien del mundo entero.

Los santos pasan la vida amando a Dios al amar a todos los demás, especialmente a aquellos que sufren en el cuerpo y/o en el alma.

Al practicar activamente las Obras Espirituales y Corporales de Misericordia (ver http://bit.ly/ObrasDeMisericordia) nos convertimos en las manos, los pies y los ojos de Cristo en la tierra. ¡Nos convertimos en santos!

Para comunicarse con Tony Magliano, envíe un correo electrónico a: [email protected]

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