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Aunque el tiempo litúrgico de Adviento comenzó el 29 de noviembre y termina el 24 de diciembre por la mañana, su espíritu desborda las cuatro semanas oficiales.

La estación deriva su nombre del verbo “venir” o “llegar” aplicado a Jesucristo. Otro verbo, “esperar”, también pertenece a este tiempo fuerte del año.

La primera alusión al futuro salvador aparece casi al comienzo de la Biblia. El versículo se conoce como proto-evangelio: “Pongo hostilidad entre ti (tentador simbolizado en la serpiente) y la mujer, entre tu descendencia y su descendencia; ésta te aplastará la cabeza cuando tú la hieras en el talón” (Gen 3,15).

Tan importante es la llegada del Ungido, que todo el Antiguo Testamento puede leerse como profecía sobre el que habría de venir. Los libros bíblicos equivalen a una flecha direccional que señalan hacia el Mesías esperado. Los más explícitos vaticinios provienen de los tres grandes profetas mesiánicos: Isaías, Jeremías y Ezequiel.

Al llegar “la plenitud de los tiempos”, expresión grata a San Pablo, el objeto y sujeto de las promesas bíblicas nació en Belén de Judá, como Jesús, Enmanuel, “Dios-con nosotros”. Esa llegada se celebra cada 25 de diciembre. El Adviento prepara para esa primera venida de Cristo.

La última semana de Adviento, la que va del 17 al 24 de diciembre, sirve de preparación inmediata e intensa para la Navidad. Algún liturgista la ha llamado, “Semana Santa de Invierno”. El segundo prefacio de Adviento resume bien el sentir de los cristianos durante esa cuarta semana: “El mismo Señor nos concede ahora prepararnos con alegría al misterio de su nacimiento, para encontrarnos así cuando llegue, velando en oración y cantando su alabanza”.

Pero el Adviento no sólo mira hacia la primera llegada del Hijo de Dios a nuestro mundo mediante la Encarnación y el Nacimiento. También la mirada se eleva hacia su venida futura, evento imposible de fechar llamado “parusía”, es decir, aparición gloriosa de Cristo al final de los tiempos.

Los textos litúrgicos de las dos primeras semanas de Adviento se ocupan mucho de esa venida triunfal y final. El primer prefacio de las Misas hasta el 16 de diciembre dice: “...para que cuando venga de nuevo en la majestad de su gloria, revelando así la plenitud de su obra, podamos recibir los bienes prometidos que ahora en vigilante espera confiamos alcanzar”. Dijimos que el primer libro bíblico, el Génesis, comienza anunciando la primera venida del Salvador. El último libro, el Apocalipsis, termina suspirando por su segunda venida: “¡Ven, Señor Jesús!” (22,20).

Pero además de la venida histórica que ya sucedió hace 21 siglos y de la venida al final de la historia, el Misal en español trae un tercer prefacio que menciona una venida cotidiana de Jesús: “Él viene ahora a nuestro encuentro en cada hombre y en cada acontecimiento”.

Esto no debe sorprendernos, pues cuando Jesús habla del juicio final dice que se acercó a nosotros en los prójimos necesitados de ayuda: “Tuve hambre y ustedes me dieron de comer, tuve sed y me dieron de beber, fui forastero y me hospedaron, estuve sin ropa y me vistieron, enfermo y me visitaron, en la cárcel y vinieron a verme” (Mt 25, 35-36).

Si Cristo nos visita en el prójimo y en los sucesos de la vida, eso significa que la espiritualidad del Adviento, la espera de su visita, se extiende a todos los días del año.

Toca a los discípulos de Jesús discernir su presencia en el prójimo y en los acontecimientos, tanto los gratos como los penosos. Lo importante es no dejarlo pasar de largo.

La triple venida de Cristo – la histórica, la escatológica (final) y la cotidiana o intermedia – nos lleva a concluir que el Señor es el único personaje a quien se le pueden aplicar los tres tiempos gramaticales del verbo “venir”. Él es el que vino, el que viene y el que vendrá. La Carta a los Hebreos se refiere a Jesucristo como “el mismo ayer, hoy y siempre” (13,8).

  

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