
Las palabras del centuri�n nos recuerdan ser humildes ante el enorme regalo de Dios
�Bajo mi techo�
Monday, May 7, 2012
*Msgr. Richard Antall
En su exhortaci�n apost�lica �Verbum Domini� (�La Palabra del Se�or�), el Papa Benedicto XVI aboga por una formaci�n b�blica mucho m�s agresiva en la Iglesia, y hasta recomienda programas de estudio al nivel diocesano para el laicado. Al conectar con el tema de la catequesis, el Papa expresa: �Se ha de fomentar, pues, el conocimiento de las figuras, de los hechos y las expresiones fundamentales del texto sagrado; para ello, puede ayudar tambi�n una inteligente memorizaci�n de algunos pasajes b�blicos particularmente elocuentes de los misterios cristianos�. (Verbum Domini n. 74)
El �nfasis en el conocimiento de las Escrituras se refleja en la renovaci�n lit�rgica que fomentaron el beato Juan Pablo II y el Papa Benedicto XVI. La nueva traducci�n de la misa al ingl�s es parte de un pastoreo lit�rgico coordinado por ambos papas y, en muchos elementos, es estrictamente b�blico.
Este es el caso del cambio en la oraci�n de la asamblea justo antes de la comuni�n. El sacerdote levanta la hostia (y quiz�s el c�liz a la vez), y dice: �He aqu� el Cordero de Dios, he aqu� el que quita los pecados del mundo. Dichosos los invitados a la cena del Cordero�.
Aqu� hay varios cambios que notar, aunque son de estilo, no teol�gicos.
El �he aqu� repetido refleja las dos veces en que se indica �Ecce� en lat�n. En la nueva versi�n se ha cambiado la palabra usada para traducir �Beati�. Anteriormente, esta palabra se interpretaba como �alegre�. Esto refleja las maneras en que la palabra �beatus� puede traducirse del lat�n al ingl�s. La propia palabra en lat�n es una traducci�n de la palabra griega �makarios�, que incluye conceptos como �bendecido�, �feliz� y �afortunado�. Es f�cil entender que la verdadera bendici�n significa alegr�a y tambi�n buena fortuna.
La bendici�n de recibir una invitaci�n a la cena del Cordero requiere una respuesta de los fieles, que el sacerdote tambi�n debe recitar: �Se�or, no soy digno de que entres bajo mi techo, pero una palabra tuya bastar� para sanar mi alma�.
Esto se origina en la oraci�n del centuri�n en Mateo 8:5-13 y Lucas 7:1-10. �Por qu� es tan importante la memoria de este oficial romano, que la Iglesia debe hacer eco de sus palabras cada d�a a trav�s del mundo?
Ni siquiera sabemos su nombre, s�lo algunos detalles de su vida. Era un hombre compasivo, preocupado por su criado. El centuri�n tambi�n era respetado por la comunidad jud�a, y sus l�deres estaban muy agradecidos de �l. Lucas nos dice que hab�a construido la sinagoga. Cuando escuch� sobre Jes�s, asumi� que el profeta pod�a sanar a su criado.
Tambi�n sabemos que el oficial romano era un hombre sensato. Su respeto por la religi�n jud�a debe indicar que consideraba a su Dios como el verdadero. No ten�a pretensiones sobre su propia dignidad. El profeta no ten�a que llegar hasta su casa. Le ped�a un favor, pero sab�a en su coraz�n que la mera presencia de Jes�s ser�a otra bendici�n inmerecida.
Las pocas palabras que dice el centuri�n, y su ejemplo sencillo pero claramente militar sobre la autoridad, nos hablan de una maravillosa sinceridad y falta de arrogancia, algo que era extra�o entre las tropas que ocupaban una tierra extranjera. De hecho, Lucas dice que el centuri�n ni siquiera se sent�a merecedor de hablar personalmente con Jes�s. En vez, envi� hasta �l a l�deres jud�os, y luego a algunos �amigos� con mensajes.
La discrepancia entre ambos relatos del Evangelio es interesante, aunque no irreconciliable. Mateo presenta al oficial habl�ndole directamente a Jes�s; Lucas, a trav�s de intermediarios. Esto puede ser porque el oficial no hablaba el mismo lenguaje que Jes�s. Hay pol�micas sobre si Jes�s hablaba griego, idioma que hablaba el centuri�n adem�s del lat�n. Creo que Jes�s lo hablaba porque se cri� en Galilea, pero tambi�n creo que su c�rculo de disc�pulos no necesariamente lo hablaba, o al menos no lo hablaba con fluidez. El detalle de Lucas puede ser s�lo un caso de estricta precisi�n. El mensaje del centuri�n se comunic� a trav�s de otros. Pero la variaci�n tambi�n tiene una funci�n tem�tica porque subraya la disposici�n interior del soldado romano. Era tan humilde, estaba tan convencido de su falta de m�rito, que no le habl� directamente a Jes�s, sino que envi� a sus mensajeros.
Su humildad y su fe provocaron la alabanza del mismo Hijo de Dios. �Les aseguro que no he encontrado a nadie en Israel con tanta fe�, dijo Jes�s (Mt. 8:10). Esta declaraci�n representa una invitaci�n de Jes�s a su audiencia jud�a para que conf�e con humildad, a imitaci�n del extranjero pagano. En la sabidur�a de la Iglesia, recordamos a este centuri�n an�nimo de Cafarnaum antes de recibir al Se�or, porque necesitamos su conciencia sobre la grandeza sin par de Jesucristo. El Hijo de Dios viene a nosotros y nos ofrece su intimidad, una comuni�n personal con �l. Necesitamos recordar, al menos, la desproporci�n de la misericordia de Dios. Sin duda, Su amor no es congruente con nuestra falta de m�rito.
Por eso es que hay justicia po�tica en la humildad de recitar la oraci�n del centuri�n antes de compartir el pan del cielo. En la Comuni�n, recibimos al Se�or no en nuestros hogares, sino dentro de nuestro corazones. Suplicamos la sanaci�n no de un criado, sino de nosotros mismos. Utilizamos las palabras de las Escrituras en reconocimiento del inmenso don del amor de Dios. La met�fora de venir bajo nuestro techo no es exacta; de hecho, es una descripci�n insuficiente, pero es correcto adornar nuestros pensamientos con la oraci�n de otro porque, de otra manera, quedar�amos sin palabras.
El mismo Se�or utiliz� la met�fora de una casa cuando habl� con sus disc�pulos sobre la comuni�n. �Mira que estoy a la puerta y llamo: si uno escucha mi voz y me abre, entrar� en su casa y comer� con �l y �l conmigo� (Rev. 3:20). Esto pudo haber sido dicho en otro idioma, sin la imagen de una persona abriendo la puerta al hu�sped, pero el Se�or opt� por hablar po�ticamente. Cuando decimos �bajo mi techo�, podemos recordar estas palabras de Jes�s sobre la llegada a una casa para cenar, y por eso nuestras palabras tendr�n una doble resonancia b�blica.
Recordemos la cita de Verbum Domini con la que inici� esta reflexi�n. La corta oraci�n de preparaci�n contiene todos estos elementos: personajes, acontecimientos, dichos populares, y un poco de memorizaci�n.

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Vivian Cuadras