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El Nacimiento: Un poderoso ícono de la Navidad

Columna del Arzobispo Wenski para la edición de diciembre 2017 de La Voz Católica

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Durante la temporada de Navidad, nuestra atención se dirige al Nacimiento. Hoy en día el Nacimiento, o la escena de la Natividad, ha sido ampliamente desterrado de la vista pública, ya sea en los parques de nuestras ciudades o incluso en las propiedades privadas de los centros comerciales. Sin embargo, en miles de iglesias, desde las grandes basílicas hasta las humildes capillas rurales, hay un Nacimiento que realza la decoración litúrgica habitual. Incluso muchos de nuestros hermanos protestantes, que normalmente tienden a ser iconoclastas, exponen con orgullo, en sus locales de culto, un Nacimiento, tradición que se originó con un santo católico, Francisco de Asís.

Este dibujo del Nacimiento fue creado por Victoria Hernandez, una estudiante de sexto grado en la escuela St. Kevin de Miami. Ganó el primer premio, entre los concursantes de quinto y sexto grado, del Concurso de Arte para Niños Misioneros. Haga

Fotógrafo:

Este dibujo del Nacimiento fue creado por Victoria Hernandez, una estudiante de sexto grado en la escuela St. Kevin de Miami. Ganó el primer premio, entre los concursantes de quinto y sexto grado, del Concurso de Arte para Niños Misioneros. Haga "click" en la imagen para ver todos los ganadores.

En el Evangelio de Lucas, el ángel dice a los pastores: “Encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre”. Dicen que una imagen vale más que mil palabras, y en el arte de la Iglesia, los íconos se pintan de manera que expresen la Palabra de Dios a través de los signos y los símbolos representados por medio del talento del artista. El Nacimiento, por muy elaborado o sencillo que sea, es el “ícono” más importante de la Navidad, el que nos habla, a través de todas las épocas y en todas las culturas, de la Buena Nueva.

Vemos a los animales, a los pobres pastores; vemos a la madre que acaba de dar a luz. Vemos al asombrado pero protector José. Y vemos al niño, reposando en un pesebre, es decir, en el sitio donde se da de comer a los animales. ¿Quién podría imaginar que este pequeño es el Hijo del Altísimo? Sólo ella, su madre. Mirando a su recién nacido con los ojos de la fe, María sabe la verdad y guarda el Misterio.

Hoy en día, también nosotros podemos participar de su mirada, y ver a este niño a través de sus ojos —a través de los ojos de esa fe sencilla y firme— y reconocer así en este niño el rostro humano de Dios.

De este modo, la Navidad es una verdadera escuela de fe y de vida, un campo de entrenamiento donde podemos aprender la verdad y convertirnos, con María, en guardianes del Misterio. Ella fue la primera discípula, porque ella fue la primera persona que escuchó la Palabra y la obedeció. Por lo tanto, ella es considerada con razón por todas las generaciones como bendita entre todas las mujeres. En esta escuela de fe y de vida que es la Navidad, nosotros también podemos llegar a ser como María y asumir los riesgos y las alegrías del discipulado.

San Juan Pablo II reconoció el poderoso simbolismo del Nacimiento. Él dio inicio a la costumbre de montar uno bastante grande, durante cada temporada de Navidad, en medio de la Plaza de San Pedro. Hace algunos años, en una misa de medianoche, mientras miraba al Cristo niño con los penetrantes ojos de la fe, esos ojos que reflejaban tan bien los ojos de María, los ojos de un verdadero discípulo, el Papa Juan Pablo II dijo :

“El niño acostado en un humilde pesebre: ésta es la señal de Dios. Los siglos y los milenios pasan, pero queda la señal, y sigue siendo válida también para nosotros, los hombres y las mujeres del tercer milenio. Es un signo de esperanza para toda la familia humana; un signo de paz para quienes sufren conflictos de todo tipo; un signo de libertad para los pobres y oprimidos; un signo de misericordia para aquellos que están atrapados en el círculo vicioso del pecado; un signo de amor y de consuelo para quien se siente solo y abandonado. Una señal pequeña y frágil, una señal humilde y silenciosa, pero llena del poder de Dios, que por amor se hizo hombre”.

¿Es de extrañar que el Nacimiento siga siendo el “ícono” más importante de la Navidad? ¿Es de extrañar que el Nacimiento, aunque haya sido puesto a un lado en las celebraciones seculares de esta “temporada de vacaciones”, siga invitando a la contemplación y nos lleve, a quienes lo miramos con los ojos de la fe, a orar desde la plenitud del asombro?

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