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El Espíritu Santo hace posible la comunicación, la unión

Homilía del Arzobispo Wenski para el domingo de Pentecostés en la iglesia Mother of Christ

Archbishop Thomas Wenski celebrates Mass in the chapel of Mother of Christ Church in Miami, where he consecrated the new altar during the vigil Mass May 30, 2020. At right is Mother of Christ's administrator, Father Jorge Carvajal-Nino.

Photographer: COURTESY

Archbishop Thomas Wenski celebrates Mass in the chapel of Mother of Christ Church in Miami, where he consecrated the new altar during the vigil Mass May 30, 2020. At right is Mother of Christ's administrator, Father Jorge Carvajal-Nino.

El arzobispo Thomas Wenski predicó esta homilía durante la misa por la vigilia de Pentecostés celebrada el 30 de mayo de 2020 en la iglesia Mother of Christ, en Miami. Durante la misa, el arzobispo consagró el nuevo altar de la capilla de la iglesia.

Queridos hermanos y hermanas,

Reunidos en torno a este nuevo altar para ofrecer el santo sacrificio eucarístico, hoy en la vigilia de Pentecostés, damos gracias de todo corazón al Padre celestial por las abundantes bendiciones que a diario nos concede, y particularmente en esta ocasión, por el invaluable don de la comunidad. Un don tan apreciado, especialmente en los últimos tiempos, en los que no hemos podido reunirnos físicamente para compartir nuestra fe como hermanos en Cristo.

Han sido tiempos difíciles a causa del brote viral que aún nos azota, y que tanto sufrimiento sigue causando en todo el mundo. Sin embrago, ha sido también un tiempo de gracia que nos ha ayudado a valorar la grandeza de nuestra fe, el amor por nuestra Iglesia y el don de los hermanos; el inmenso aprecio por los sacramentos, y especialmente por el sacramento eucarístico, alimento y fortaleza en el camino de la vida.

Unidos en esta misma fe, participemos con devoción de esta liturgia en la fiesta de Pentecostés, dando gracias al Padre por el don de su Santo Espíritu, que es promesa y regalo de Cristo a su Iglesia. Pidámosle que nos conceda sus dones para ser encendidos en el fuego de su amor, fortalecidos en la debilidad, animados en tiempos de confusión o desánimo, y guiados en el conocimiento de la Verdad.

Movidos por este mismo Espíritu participamos también con gozo de la consagración del nuevo altar, que, al presidir este hermoso espacio sagrado, nos recuerda, en su dignidad y belleza, la centralidad de Cristo en toda la acción litúrgica de la comunidad. En el se juntarán cada día cielo y tierra para actualizar el único sacrificio de Cristo, sacerdote, víctima y altar, que se ofrece a sí mismo en el madero la cruz.

Como mediador supremo entre Dios y los hombres, nos reconcilia con el Padre y nos abre las puertas del paraíso. Por eso, convocados ante el altar del sacrificio como una sola familia, con la fuerza del Espíritu Santo que hoy renovamos, compartamos el alimento que da la vida eterna y reforcemos esos lazos de amor fraterno que sobrepasan cualquier diferencia y que nos mantienen más unidos que nunca, a pesar del más rígido “distanciamiento social.”

Hermanos y hermanas, es el Espíritu Santo quien sostiene y guía a la Iglesia en medio de los graves desafíos de este mundo, y el único capaz de revertir la frustrante dispersión de Babel.

En efecto, como escuchamos en la primera lectura del Libro del Génesis, los constructores de aquella torre fueron contaminados por el peligroso virus de la incomunicación, encerrándose en sí mismos, lejos del alcance de Dios y de los demás. Es el orgullo desmedido, el egoísmo y la falta de amor, lo que realmente nos puede conducir al verdadero distanciamiento social, y peor aún, espiritual. Todo lo contrario de lo que evoca la figura del altar eucarístico, que es comunión, unidad, sacrificio, servicio. Cuando nos sentimos autosuficientes y pretendemos tener control total entre cielo y tierra, es la propia realidad la que, de golpe, pone en evidencia nuestra limitación, pequeñez e indigencia.

Hoy el mundo vive la era de las comunicaciones, y sin embargo, el acceso a la información como nunca antes y la omnipresencia de las redes sociales no nos hacen necesariamente más unidos y solidarios, ni garantizan siempre la comunicación veraz ni el entendimiento y la concordia entre las personas. Es la gracia del Espíritu Santo la única que puede transformar los corazones y favorecer la cercanía y unidad en medio de tanta diversidad. Es ese, justamente, el gran don de Pentecostés.

Si la construcción de la Torre de Babel fue símbolo de confusión y desintegración de la familia humana, la venida del Espíritu Santo al mundo hace posible la comunicación, la comprensión, la integración, para trabajar unidos en la construcción del Reino del amor, la justicia y la paz. Es el lenguaje de la Iglesia que nace en Pentecostés. Un lenguaje único y accesible a todos, a diferencia de Babel. Es el lenguaje del amor, de la misericordia, del perdón, que supera divisiones, diferencias sociales o culturales, y que se hace aún más claro e inteligible en medio de situaciones difíciles como las que hoy seguimos atravesando.

Querida familia parroquial de Mother of Christ; sólo Dios conoce cuánta necesidad tenemos todos de ser colmados por ese Espíritu de amor y de unidad; verdadera agua viva que sacia nuestra sed de felicidad y plenitud. Como nos recuerda Jesús en el Evangelio: “El que tenga sed que venga a mi, y beba aquel que cree en mi.” Que el Espíritu Santo sea derramado abundantemente sobre cada uno de ustedes, sus sacerdotes, y muy especialmente sobre todos aquellos que permanecen unidos en oración desde sus hogares. Que con la ayuda de sus dones y fortalecidos continuamente por el pan de vida compartido en el altar, sigan dando testimonio de fe y caridad en esta porción de nuestra Iglesia diocesana. Dios bendiga a todos. Amen.

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