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Humanizar la tecnología médica

Un llamado para garantizar la salud de los pobres de todo el mundo

Pedro Orrente: “Cristo sanando a un enfermo en Betsaida”.

Fotógrafo: Courtesy

Pedro Orrente: “Cristo sanando a un enfermo en Betsaida”.

“La pandemia (de COVID-19) ha revelado nítidamente cómo la interconectividad global, que es parte de toda experiencia humana se ha hecho particularmente visible en el sector de la sanidad [...]; que la salud del acaudalado e híper-tecnológico Occidente depende de las influencias provenientes de todo el planeta”; y que “incluso ahora, cuando ya presenciamos los primeros frutos de descubrimientos científicos excepcionales e inimaginables hasta hace poco, aún debemos luchar para contener la propagación del coronavirus”.

Estas reflexiones forman parte del discurso inaugural del Arzobispo Vincenzo Paglia, presidente de la Pontificia Academia para la Vida del Vaticano. Esta intervención medular la presentó el 15 de octubre pasado en Punta Cana, República Dominicana, ante una audiencia conformada por alrededor de 500 médicos reunidos durante el simposio anual de SOMOS Community Care, que les ofrece créditos curriculares de educación continua a los participantes.

El arzobispo convocó a todo Occidente a congregarse en torno a “la aceptación de distintos puntos de vista y de diferentes prioridades” al enfrentarnos a un “fenómeno de la salud globalizada” como lo es la pandemia de COVID-19. Un enfoque globalizado contrasta la comprensión técnica de una enfermedad con “las relaciones de poder, el equilibrio de las fuerzas y los sistemas de valores” que influyen en el desarrollo y el combate de una crisis sanitaria.

Específicamente, esto significa, en palabras del arzobispo, que “el reto de la prestación de servicios médicos a nivel global es el desafío de la desigualdad”. Al respecto, citó al Papa Francisco, quien ha señalado abiertamente “la inequidad terapéutica”. En efecto, Su Santidad ha afirmado que “los tratamientos cada vez más sofisticados y caros son accesibles crecientemente a grupos de personas y poblaciones cada vez más restringidos y privilegiados [y] que el acceso a los servicios de salud corre el riesgo de depender más de los recursos económicos de las personas que de sus verdaderas necesidades médicas”.

Hablando en términos de “las tres dimensiones del desarrollo sustentable: la económica, la social y la ambiental”, el arzobispo insistió en que “proteger la salud de las personas significa trabajar para alcanzar una sociedad más justa y, por lo tanto, sustentable”. En la consecución de este fin, el prelado convocó a “crear una gobernanza global para la salud de todos los habitantes del planeta”, que opere conforme a lo que el Papa Francisco ha definido como “un conjunto de normas claras y coordinadas internacionalmente que sean respetuosas con la dignidad humana”.

El Papa ha afirmado, asimismo, que “la vida y la salud son valores fundamentales para todos y ambas se basan en la inalienable dignidad del ser humano”. La incapacidad de “superar las desigualdades”, abunda el Sumo Pontífice, nos conduce a reconocer “la dolorosa realidad de que no todas las vidas son iguales y que la salud no se protege de la misma manera para todos”.

Buena parte del reto a que se enfrenta ahora la profesión médica, continuó el arzobispo, es el papel que desempeña una tecnología cada vez más sofisticada. Si bien esto implica una ventaja para la atención médica, asimismo conlleva riesgos definitivos involucrados en la “hipertecnologización de la práctica médica”, la cual “siempre contrae el riesgo de marginalizar el cuerpo, de evitar el contacto físico, de reducir a la persona, al paciente, a una serie de datos, al igual que a las prácticas médicas”.

En este punto, el arzobispo presenta como ejemplo un encuentro que tuvo con un doctor donde éste le presentó un “taburete de madera” como un instrumento médico crucial en virtud de que “lo construyó para poner la cara del médico al mismo nivel de la del paciente durante la examinación”; y el cual facilita “un contacto físico, ciertamente humano y cálido”.

En contraste, la búsqueda del “aumento de la eficiencia” generará “una medicina muy cara”, afirmó el arzobispo, una atención médica “diseñada para unos cuantos, los considerados funcionales en una sociedad de alto desempeño y extrema competitividad económica, pero marginalizando al mismo tiempo a poblaciones enteras que no pueden acceder a los servicios básicos de salud”.

Más todavía, la tecnología artificial (AI) y la neurociencia en curso, sugirió el arzobispo, nos conducen al “desarrollo de la robótica y la integración del hombre con la máquina” mediante la inversión de “cientos de miles de millones de dólares [...] bajo el supuesto de que un ser humano más evolucionado puede resultar de un humano simplemente más avanzado desde el punto de vista técnico”. La AI puede ofrecer “soluciones brillantes”, pero plantea la cuestión ineludible del uso apropiado de “la información personal sensible”.

En este sentido, la Pontificia Academia para la Vida lanzó una convocatoria el año pasado para “contar con una inteligencia artificial con ética”, es decir, “sistemas de inteligencia artificial centrados en el ser humano”.

Un auténtico enfoque global y humanista de la atención médica y su tecnología, prosiguió el arzobispo, implica “forjar alianzas más amplias entre las personas, culturas, religiones y las [distintas] perspectivas éticas”. “Esto significa encauzar la tecnología hacia el desarrollo y no solamente en búsqueda del progreso por sí mismo”. El problema es que “el pensamiento tecnocientífico no es capaz por sí mismo de poner el desarrollo humano integral en el centro de nuestras preocupaciones”. Lo que se necesita son “diferentes disciplinas”, toda vez que “la hiperespecialización que caracteriza a toda la investigación científica contemporánea ya ha mostrado claramente sus límites. Por lo mismo, debe contar con los contrapesos que solo puede proporcionarle una visión sabia, integral y holística”.

Sin embargo, no se trata sólo de desarrollar “las humanidades para las ciencias”, aseguró el arzobispo. En realidad, “el desafío antropológico involucrado simbólicamente en cada enfermedad rebasa por mucho a la ciencia y la tecnología médicas”. Lo que se requiere es ciertamente una “una mayor profundidad de enfoque”, afirmó el arzobispo: en última instancia “una perspectiva espiritual”.

El arzobispo concluyó citando el concepto del Papa Francisco sobre la Iglesia como un “centro hospitalario”. Con base en esta imagen, el Arzobispo Paglia aseguró que el papel de los médicos fieles a sus convicciones religiosas y profesionales debe interpretarse como personas excepcionales dispuestas a “auxiliar a todos los hombres y mujeres heridos por la vida y, muy a menudo, marginados del cuidado de su salud, cuando no excluidos por completo”.

 

Ejecutivo de SOMOS Community Care, una red de 2,500 médicos independientes —en su mayoría de atención primaria— que atienden a cerca de un millón de los pacientes más vulnerables del Medicaid de la Ciudad de Nueva York.

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