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Una comunidad fundada y nutrida por la Eucaristía

Homilía del Arzobispo Wenski en el 50 aniversario de la parroquia de St. Boniface

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El Arzobispo Thomas Wenski predicó esta homilía en la iglesia de St. Boniface, en Pembroke Pines, durante la celebración del 50 aniversario de la parroquia, el 6 de junio de 2021, fiesta de Corpus Christi.

Hoy, esta parroquia de San Bonifacio celebra la fiesta de su patrono y sus 50 años de su fundación. Cincuenta años puede no parecer mucho tiempo en una Iglesia que tiene casi 2,000 años, pero aquí, en esta joven diócesis, 50 años es definitivamente algo digno de celebrar.

También, hoy, la Iglesia universal recuerda el gran regalo que nos fue dado el Jueves Santo, la noche de la Ultima Cena.

Esa Ultima Cena fue la Cena de la Pascua, en la cual se comió un cordero sacrificado para conmemorar la liberación de los hebreos de su esclavitud en Egipto. Mas esa “Ultima Cena” que trajo a la mente la Antigua Alianza, fue también la primera cena, la “primera Misa” de una “Alianza nueva y eterna” sellada ahora no con la sangre de cabras y toros, sino con la Sangre de Cristo, el verdadero Cordero de Dios que quita los pecados del mundo.

El Sacrificio del Calvario está previsto en esa Ultima Cena; y ese mismo sacrificio, ofrecido una vez por todas, es re-presentado “en memoria de Él” en cada Misa, hasta que Él vuelva de nuevo. El antiguo himno, O Sacrum Convivium, expresa sucintamente la fe y el asombro de la Iglesia ante la Presencia Real de nuestro Señor en el Santísimo Sacramento.

O SACRUM convivium, in quo - O SAGRADO banquete, en el cual
Christus sumitur: recolitur memoria - Cristo es recibido, se renueva el memorial
Passionis eius; mens impletur gratia - de su Pasión, la mente se llena de gracia
Et futurae gloriae nobis pignus datur - y se nos da una promesa de futura gloria

“Este es mi cuerpo”; “Esta es mi sangre”. Estas palabras de Jesús repetidas cada día en este templo a lo largo de 50 años son hoy una invitación para nosotros a renovar nuestro asombro ante este gran “misterio de fe”, de modo que siempre nos maravillemos ante la divina humildad de nuestro Dios, Su disposición a rebajarse para acercarse a nosotros y elevarnos hacia Él.

En la Eucaristía, el pan y el vino se convierten en el Cuerpo y la Sangre, el Alma y la Divinidad de nuestro Señor Jesucristo. En la Eucaristía, el Santo Dios se acerca a nosotros; la Sagrada Comunión nos lleva hacia una intimidad familiar con nuestro Salvador, quien, al entregársenos, nos hace partícipes — según palabras de la Segunda Lectura — “de la herencia eterna prometida”.

Dios desea estar cerca de nosotros, estar íntimamente unido a nosotros y que nosotros estemos familiarizados con Él. Él así lo desea porque nos ama – mas el amor es un negocio arriesgado. Arriesga rechazo; arriesga traición; el amor arriesga no ser valorado. Gracias a Dios, el amor de Dios no calcula por qué hemos sido tan pobre inversión: ¿quién de nosotros puede decir que no ha rechazado el amor de Dios en algún momento?; ¿quién de nosotros puede decir que no lo ha traicionado o que siempre ha sabido valorarlo?

Existe ese proverbio, “lo que se tiene no se aprecia”. Y quizás la pandemia que nos privó por un tiempo de la oportunidad de encontrarnos como una comunidad y de participar en la Misa, nos llevó a saber valorar aún más este maravilloso regalo que es el Santísimo Sacramento del altar.

El corazón del culto cristiano, la fuente y la cumbre de nuestra vida como cristianos católicos, es el Sacrificio de Jesucristo hecho presente sacramentalmente en la Eucaristía. Nuestra creencia en la Presencia Real de Cristo en el Santísimo Sacramento es lo que nos hace católicos. La Doctrina de la Transubstanciación, es decir, que en la Consagración de la Misa el pan y el vino son convertidos en el mismo Cuerpo y en la misma Sangre, Alma y Divinidad de Cristo. En otras palabras, que mientras la apariencia exterior del pan y del vino permanece, su sustancia es ahora el Cristo Vivo.

Por 50 años, la Parroquia de San Bonifacio ha dado la bienvenida al pueblo peregrino de Dios y los ha invitado a encontrarse con Cristo, el Pan vivo que da vida. La palabra “parroquia” es derivada del antiguo griego – pa-roi-ki-a-; en español “parroquia” se acerca mucho más a su original que su equivalente en inglés, “parish”. Significaba una estadía transitoria en tierra extranjera, o una comunidad transitoria de extranjeros. Por lo tanto, cuando las Escrituras fueron traducidas de hebreo al griego, pa-roi-ki-a se utilizó para describir a los Israelitas cuando vagaban por el desierto hacia la Tierra Prometida. Como católicos cristianos, sabemos que aquí en la tierra no hay un lugar permanente ya que nuestra ciudadanía está en el cielo nuestra verdadera Tierra Prometida. Así, esta parroquia de San Bonifacio es como un verdadero oasis donde encontramos descanso y nos nutrimos mientras caminamos en un mundo que aparenta ser un lugar seco y árido, un desierto, así como el desierto de Sinaí debe haberles parecido a los hebreos, los primeros peregrinos.

Y, por 50 años, San Bonifacio ha sido una comunidad fundada en la Eucaristía y nutrida por la Eucaristía y vivificada por el Espíritu Santo. Dado que la palabra “eucaristía” también quiere decir “acción de gracias” queremos dar gracias a Dios por estos 50 años. ¡Años de gracia, por supuesto! Así, al celebrar este jubileo de oro, recordemos el pasado con gratitud, vivamos el presente con entusiasmo y miremos hacia el futuro con confianza.

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