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El cambio climático es una cuestión moral

Columna del Arzobispo Wenski para la edicin de abril de La Voz Catlica

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Como ya ustedes habrán escuchado, se espera que el Papa Francisco dé a conocer próximamente una encíclica sobre el medio ambiente. Las Encíclicas Papales son una manera importante en que los Papas ejercen su magisterio.

Ésta no es la primera vez que un Papa ha abordado este tema (el Papa Benedicto fue llamado el “Papa Verde” debido a sus diversos pronunciamientos sobre la materia; además, hizo instalar paneles solares en el Vaticano y tomó otras medidas para reducir la acumulación de carbono en la Ciudad del Vaticano). Pero ésta es la primera vez que un Papa va a abordar la cuestión del medio ambiente y el cambio climático con una encíclica, y para nosotros los católicos (y no sólo para los católicos) se trata de un gran acontecimiento. 

Aunque no estoy al tanto de lo que el Papa va a decir, creo que va a insistir en que la “ecología natural” está indisolublemente ligada a la “ecología humana”. En otras palabras, tenemos que reconocer la interrelación que existe entre las diversas crisis sociales, económicas, políticas o ambientales que enfrenta la familia humana de hoy. Fundamentalmente, todas ellas son crisis morales que requieren “nuevas reglas y formas de compromiso”; en otras palabras, un replanteamiento del camino que estamos recorriendo juntos.

Si bien no se conocen los detalles precisos de cómo el cambio climático afectará al mundo, las proyecciones anunciadas por los científicos han sido alarmantes. Ya no podemos ignorar los signos visibles de que los cambios que se están produciendo en nuestro entorno afectarán a toda la vida, especialmente a la vida humana. En muchos países pobres, los resultados de años de esfuerzos a favor del desarrollo se están perdiendo a causa de las prolongadas sequías, la intensificación de las tormentas y otras condiciones meteorológicas extremas asociadas con el cambio climático.

En un mensaje emitido para la celebración de la Jornada Mundial de Oración por la Paz del 2010, el Papa Benedicto XVI preguntaba: “¿Cómo permanecer indiferentes ante los problemas que se derivan de fenómenos como el cambio climático, la desertificación, el deterioro y la pérdida de productividad de amplias zonas agrícolas, la contaminación de los ríos y de las capas acuíferas, la pérdida de la biodiversidad, el aumento de sucesos naturales extremos, la deforestación de las áreas ecuatoriales y tropicales?”

En el 2001, los Obispos Católicos de Estados Unidos emitieron la declaración “El cambio climático global: Un llamado al diálogo, la prudencia y el Bien Común”. En dicho documento expresamos nuestra preocupación acerca de que no es posible imponer cargas desproporcionadas e injustas a las naciones pobres y en desarrollo. Llamamos a emprender una acción colectiva por el bien común.

Los obispos no son científicos, sino pastores, y en la medida en que el cambio climático afecta a los seres humanos concretos, se trata de una cuestión moral; y los pastores que ejercen el cuidado de sus rebaños desempeñan un papel —y un papel apropiado— en las cuestiones morales. También, como católicos, creemos firmemente que los pobres ejercen un imperativo sobre nuestras conciencias en asuntos relacionados con el bien común. Como dijimos los Obispos Católicos de Estados Unidos en nuestra declaración del 2001 sobre el cambio climático: “Las medidas para mitigar el cambio climático global deben fundamentarse sobre una base de justicia social y económica”.

En julio pasado, en nombre de los Obispos de Estados Unidos, escribí una carta de apoyo a “la propuesta de la EPA de establecer un estándar nacional para reducir significativamente la contaminación de carbono”. Y aunque el diablo puede estar en los detalles, dije: “Estas normas deben proteger la salud y el bienestar de todas las personas —especialmente de los niños y los ancianos, así como de las comunidades pobres y vulnerables—, de la contaminación dañina emitida por las plantas de energía y de los impactos del cambio climático”.

El Papa Francisco, durante los últimos dos años, nos ha propuesto el reto de edificar una cultura de la solidaridad y el encuentro, una cultura capaz de hacer frente a los grandes desafíos éticos de nuestro tiempo. Su próxima encíclica será —estoy seguro de ello— otro hito en este desafío. Teniendo en cuenta sus declaraciones anteriores, creo que el Papa nos va a llamar a emprender una acción prudente que promueva el bien común para las generaciones presentes y futuras, y que respete la vida y la dignidad humanas, a la vez que dé la debida prioridad a los pobres y vulnerables.

Cuidar de la Creación es algo que nos debe involucrar a todos, y, por lo tanto, creo que el Papa también nos dirá que seamos conscientes y prestemos atención a las voces de los pobres, que son los más afectados por el cambio climático, y que, ciertamente, se verán afectados, para bien o para mal, por las políticas que se propongan para enfrentar el cambio climático.



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