By Archbishop Thomas Wenski - The Archdiocese of Miami
Hoy en día, casi todo el mundo conoce el Ramadán. Quizás no sepamos cuándo comienza ni cuándo termina, pero sabemos que, durante el Ramadán, los musulmanes ayunan y rezan. Y, al parecer, lo hacen con mucha conciencia y con la debida seriedad. ¿Abordamos los católicos la Cuaresma con la misma conciencia y seriedad?
Como miembros de la Iglesia, somos un pueblo peregrino que, como dice una oración, va “gimiendo y llorando en este valle de lágrimas”. Nuestro camino por la vida nos lleva por colinas y valles; es decir, por altibajos. Los peregrinos, dadas las dificultades del camino, deben viajar ligeros, sin cargar con el peso del exceso de equipaje.
La Cuaresma, con su llamado a la penitencia y al arrepentimiento, es básicamente una invitación a abandonar el exceso de equipaje del pecado y el vicio. Las diversas prácticas de la Cuaresma —ayuno, oración, mortificaciones y sacrificios— no tienen como objetivo castigarnos. Más bien, al liberarnos de las cargas del pecado, nos ayudan a alcanzar la libertad que nos permite ser la mejor versión de nosotros mismos, a inclinarnos a hacer lo correcto en el momento oportuno.
Por lo tanto, la Cuaresma es una forma de revisar nuestro GPS espiritual, para asegurarnos de que, a pesar de todos los altibajos de nuestra vida, seguimos en la dirección correcta. La Cuaresma nos recuerda que el verdadero propósito de la vida no es buscar nuestra gloria, sino la de Dios; una gloria que se encuentra no mediante la autoafirmación, el egoísmo o el egocentrismo, sino mediante la entrega y el sacrificio.
Por lo tanto, la Cuaresma —que recuerda el tiempo que Jesús estuvo en el desierto— es un tiempo de combate, un tiempo de batalla espiritual contra el espíritu del mal.
La Cuaresma presupone que conocemos la diferencia entre lo correcto y lo incorrecto, entre el bien y el mal. Por lo tanto, la Cuaresma no es una invitación a entablar discusiones morales ni a debatir por qué algo está mal o bien. Más bien, es una invitación a mirarnos con absoluta honestidad durante este tiempo especial de gracia, y a la luz del Evangelio, para intentar comprender por qué elegimos de manera equivocada, y aprender qué debemos hacer para elegir correctamente.
Cada año, durante la Cuaresma, debemos escuchar una vez más la voz de los profetas, que claman y sacuden nuestra conciencia. Por ejemplo, el profeta Isaías desafía nuestra idea de que podemos tener una buena Cuaresma simplemente renunciando a los dulces o postres. El Señor habla a través de Isaías, diciendo: “¿No saben cuál es el ayuno que me agrada? Romper las cadenas injustas, desatar las amarras del yugo, dejar libres a los oprimidos y romper toda clase de yugo. Compartirás tu pan con el hambriento, los pobres sin techo entrarán a tu casa, vestirás al que veas desnudo y no volverás la espalda a tu hermano”. (Is. 58: 6-7, Biblia Católica Latinoamericana)
El Catecismo de la Iglesia Católica habla de las obras de misericordia corporales y espirituales. Estas obras de misericordia pueden ayudarnos a recordar que no solo debemos evitar el pecado como seguidores de Jesucristo, sino que también debemos ser misericordiosos. También debemos hacer el bien.
En cualquier caso, las prácticas tradicionales de la Cuaresma —oración más intensa, sacrificios y mortificaciones, limosna y otros actos de caridad— buscan enseñarnos a decirnos “No,” a nosotros mismos para que, liberados de la esclavitud de nuestros deseos, podamos decir “Sí,” a Dios y al prójimo necesitado.