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Estados Unidos llora. ¿Y ahora, qué?

Columna del Arzobispo Wenski para la edición de junio del 2020 de La Voz Católica

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Where do we go from here: Chaos or Community (“A dónde vamos desde aquí: Caos o comunidad”). Este fue el título del último libro del Dr. Martin Luther King, Jr., escrito un año antes de su asesinato en 1968. Más de 50 años después, la pregunta planteada por el libro del Dr. King no ha perdido nada de su actualidad. Estados Unidos continúa lidiando con el triste legado del racismo, así como con la creciente desigualdad social y económica que se ha visto exasperada por nuestra cultura del uso y el descarte, la globalización de la indiferencia y, en los últimos meses, por una pandemia mundial. Cuando nos enfrentamos a una triple crisis —una crisis de salud, una crisis económica y una crisis social—, el caos no puede ser una opción.

Como dijo el Papa Francisco en su audiencia del miércoles 3 de junio de 2020:

“... no podemos tolerar ni cerrar los ojos ante ningún tipo de racismo o exclusión y pretender defender la santidad de toda vida humana. Al mismo tiempo, debemos reconocer que la violencia de las últimas noches es autodestructiva y provoca autolesión. Nada se gana con la violencia y mucho se pierde”.

Todos los estadounidenses de buena voluntad se han unido para denunciar el injustificable asesinato de George Floyd. También debemos unirnos para denunciar las muertes de quienes han perdido sus vidas en la violencia que ha plagado nuestras ciudades, incluyendo a los policías que han muerto en el cumplimiento de su deber, protegiendo las vidas y las propiedades de nuestra gente.

George Floyd era afroamericano y fue asesinado por un policía blanco. El racismo ha sido descrito como el pecado original de Estados Unidos. Y las quejas legítimas sobre el racismo han provocado la indignación que ha sostenido las crecientes protestas en todo el país. Pero la indignación ante el racismo no explica completamente por qué miles de personas, mayoritariamente mileniales, han salido a las calles en los últimos días.

Estados Unidos está en su mejor momento cuando los derechos de los débiles y vulnerables son protegidos, y no vistos como prescindibles. Sin embargo, estamos lejos de ser mejores cuando, en algunas ciudades, más de la mitad de los embarazos terminan en aborto; y cuando las fuerzas económicas y sociales desalientan a los jóvenes a comprometerse con el matrimonio, tan necesario para el desarrollo de los hijos (considérese, por ejemplo, la actual crisis de vivienda). Estamos lejos de ser mejores cuando las escuelas públicas en muchas partes de nuestro país no logran educar a los niños al nivel de su grado. Estamos lejos de ser mejores cuando la clase media está desapareciendo, especialmente en los estados de “sobrevuelo”, donde el suicidio y la adicción a las drogas constituyen una crisis de salud que es anterior a la actual pandemia de coronavirus.

Estamos viviendo tiempos difíciles. Algunos han descrito nuestros tiempos no tanto como una era de cambio, sino como el cambio de una era. Una de las señales de los tiempos es que todas las instituciones de la sociedad están siendo cuestionadas. Ciertamente, en los últimos años, estas instituciones se han visto socavadas, en una medida u otra, por la corrupción, la codicia y el abuso de la autoridad y el poder. Las posiciones de servicio se convierten en instrumentos de beneficio personal. Vemos esto en política, vemos esto en la academia, en los medios, en el mundo del entretenimiento y en los negocios. Trágicamente, también hemos visto esto en la Iglesia.

Cuando las instituciones de la sociedad están desacreditadas y nuestras élites son percibidas como corruptas, nos quedamos sin timón. En un mar de relativismo moral, las personas se sienten a la deriva, y esta es quizás la razón de su indignación, que a menudo es una proyección de sus temores. Cuando una democracia se basa en el relativismo moral, y cuando considera que cada principio o valor ético es negociable (incluido el derecho fundamental a la vida de todo ser humano), ya está —y a pesar de sus reglas formales—, en camino al totalitarismo. En vez de una sociedad en que el pueblo goce del poder de sus derechos, terminamos con una sociedad en que solo los poderosos tienen derechos.

Las agudas polémicas que hoy en día se encuentran en debate y discusión solo alimentan la indignación popular, generando mucho calor pero poca luz. Necesitamos ir más allá de la polarización, que solo nos divide aún más como nación. Si nos dejamos cegar por la indignación, la justicia ya no prevalecerá, y luego un tribalismo ignorante nos someterá inevitablemente.

Estados Unidos es más fuerte cuando todas nuestras instituciones promueven el bien común y trabajan en beneficio de todos. ¿A dónde vamos desde aquí? Si la comunidad es la única opción viable, entonces, como nación, debemos volver a comprometernos con verdades comunes “derivadas de las Leyes de la Naturaleza y del Dios de la Naturaleza”, como se expresa elocuentemente en la Declaración de Independencia.

Pero hoy, Estados Unidos llora. Que sus lágrimas rieguen un nuevo florecimiento de libertad y justicia para todos.

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