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La mayordomía y la teología de compartir nuestros dones

Carta pastoral del arzobispo Thomas Wenski a los fieles de la Arquidiócesis de Miami

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"Que cada uno ponga al servicio de los demás el carisma que ha recibido, y de este modo serán buenos administradores de los diversos dones de Dios." — 1 Pedro 4:10 

 

Queridos miembros de los fieles de Cristo en esta Iglesia local de Miami:

Deseo compartir con ustedes algunas reflexiones sobre la mayordomía. Una comprensión adecuada de nuestro papel como “administradores de los diversos dones de Dios” puede ayudarnos a ser verdaderamente “discípulos misioneros”.

Creados a su propia imagen y semejanza, Dios nos hizo para sí mismo y de acuerdo a su plan; nos ha hecho mayordomos de su creación para que podamos responder a su amor con generosidad, de tal modo que, cooperando con Él, empleemos nuestros dones para su mayor honor y gloria.

La mayordomía —poner nuestro tiempo, talento y tesoro a su disposición—, es, pues, el camino del discipulado por el cual crecemos en nuestra amistad con Dios y con los demás, convirtiéndonos en Cristo, por medio del don del Espíritu Santo, en las personas que Dios nos ha destinado a ser.

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Por supuesto, al invitarnos a “venir” y a “seguirlo”, Jesús nos llama a caminar por el “camino estrecho”. A medida que peregrinemos en nuestra vida a través de este “valle de lágrimas”, este camino nos llevará por el Camino de la Cruz , el camino de Jesús, que se sacrificó por nosotros y por nuestra salvación. De hecho, los obispos, en el Concilio Vaticano II, insistieron en que, como seres humanos, sólo podemos realizarnos plenamente a través de la sincera entrega de nosotros mismos en imitación de Cristo.

Vista de esta manera, la mayordomía no es sólo un “programa” para acrecentar el ofertorio dominical. Realmente, es algo mucho más exigente. Más que un truco para la “recaudación de fondos”, la mayordomía, entendida correctamente, es una forma de vida. Por lo tanto, es algo mucho más difícil que simplemente firmar un cheque. Convertirse en un discípulo de Jesucristo, dada nuestra naturaleza humana caída, va en contra de nuestra propensión a la búsqueda de uno mismo, de la autoafirmación y de la autorrealización. (¿Acaso la proliferación de los almacenes que alquilan espacios para el “autoalmacenamiento”, no es un triste signo de nuestra cultura de adquisición?).

Pero un buen administrador acepta alegremente los riesgos del discipulado. Ser amigo de Jesús nos llama a “salir de nosotros mismos”. Sin embargo, esto no es una carga que se nos ha impuesto. Ser cristiano está lejos de ser una carga: es un don, y seguir a Cristo y ofrecerle a cambio nuestros propios dones de tiempo, talento y tesoro, nos brinda alegría: una alegría que da sentido y dirección a nuestras vidas.

En este sentido, la mayordomía no es sólo una cuestión de dinero. Pero nuestro dinero —y la forma en que lo usamos, y cómo usamos nuestro tiempo y talentos— sí es una cuestión de mayordomía. Decir que somos “mayordomos” es decir que no somos los “dueños” de nuestro tiempo, talento o tesoro.

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Las únicas cosas que podemos reclamar justamente como propias, son nuestros pecados. Todo lo demás, lo hemos recibido de otros. Lo que tenemos, lo hemos recibido libremente de nuestros padres, de nuestras familias y de aquellos que nos han guiado y nos han ofrecido tantas oportunidades. En última instancia, todos estos dones tienen su origen en Dios, cuya generosidad es insuperable. Pero Dios nos hace “gerentes” o “administradores” de lo que es suyo, para actuar en su nombre. Dios, en su misericordia, nos llama a su viña, a pesar de nuestra pecaminosidad, para trabajar en la multiplicación de los dones que Él nos ha dado. (cf. Mateo 25:21)

El uso de la palabra “mayordomía” se hizo popular en los círculos católicos cuando los obispos de los Estados Unidos redactaron, en 1992, una carta pastoral titulada “Mayordomía: La respuesta de un discípulo”. El término en sí es a menudo difícil de traducir. Por ejemplo, en español se traduce de diversas maneras: como “mayordormía”, “administración” o “corresponsabilidad”. Pero no importa cómo se traduzca: los obispos definieron a un mayordomo cristiano como “alguien que recibe los dones de Dios con gratitud, y los aprecia y se ocupa de ellos de manera responsable y leal, compartiéndolos en justicia y amor con los demás, devolviéndolos cada vez más al Señor”.

Cuando yo era estudiante en la Escuela del Sagrado Corazón, en Lake Worth, La Florida, donde crecí, las Hermanas nos mandaban escribir “JMJ” en todas nuestras tareas escolares. “JMJ” significaba “Jesús, María y José”. Las Hermanas querían que entendiéramos que todo lo que hacemos debe ser una oración: elevar nuestras mentes y corazones a Dios, incluso las tareas escolares. Por lo tanto: “JMJ”, “Jesús, María y José”. Del mismo modo, la mayordomía nace y se sustenta en la oración.

Las Hermanas también nos mandaban escribir “AMDG” —Ad Majorem Dei Gloriam—, “Para la Mayor Gloria de Dios”. También querían que diéramos nuestro mejor esfuerzo, porque no se le da mucha gloria a Dios a menos que se le dé lo mejor de cada uno.

En esta foto de archivo, un ujier se prepara para recoger la colecta durante el ofertorio de una Misa.

Fotógrafo: ANA RODRIGUEZ-SOTO | FC

En esta foto de archivo, un ujier se prepara para recoger la colecta durante el ofertorio de una Misa.

Por lo tanto, incumbe a cada uno de nosotros la necesidad de ser mejores discípulos, creciendo en nuestra relación personal y viva con Cristo, y la necesidad de ser mejores misioneros, al guiar con el ejemplo a nuestros hermanos y hermanas hacia una nueva experiencia de santidad y abundancia de vida en Cristo. El buen administrador es un discípulo misionero que comparte el amor de Dios, contribuyendo desinteresadamente con su tiempo, su talento y su tesoro, y al hacerlo ofrece un futuro de esperanza para todos, especialmente para los más necesitados. La mayordomía nos llama a ser discípulos comprometidos y misioneros consecuentes, responsables ante el Señor por los dones que Él nos ha dado. Como mayordomos, compartimos lo que hemos experimentado en la intimidad de nuestra vida en comunión con Cristo, para que otros puedan experimentar la alegría de conocerlo.

Como dijo Santa Teresa de Ávila: “Cristo no tiene cuerpo ahora, sino el vuestro”, el de ustedes. Hoy, es a través de nuestros ojos como Cristo mira con compasión a este mundo; con nuestros pies, como camina para hacer el bien; con nuestras manos, como bendice al mundo entero.

El uso de la palabra “mayordomía” se hizo popular en los círculos católicos cuando los obispos de los Estados Unidos redactaron, en 1992, una carta pastoral titulada “Mayordomía: La respuesta de un discípulo”.

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El uso de la palabra “mayordomía” se hizo popular en los círculos católicos cuando los obispos de los Estados Unidos redactaron, en 1992, una carta pastoral titulada “Mayordomía: La respuesta de un discípulo”.

En conclusión, si pensamos que la mayordomía es una cuestión de recaudar fondos una vez al año, o un programa de diezmos, la estaríamos presentando —y nos estaríamos presentando— de una manera muy pobre. De ser así, la mayordomía se convertiría en una carga, en lugar de ayudarnos a descubrir la alegría de dar, que, nuevamente en palabras de los Padres del Concilio Vaticano II, es el camino —el único camino— en que nos daremos cuenta plena de cuán humanos somos, y en que responderemos a nuestra vocación bautismal a la santidad, al convertirnos en las personas que Dios quiso que fuéramos.

Al final, ser cristiano no es una carga: es un don; y conocer a Jesucristo es lo mejor que nos ha pasado; y emplear nuestro tiempo, talento y tesoro para compartirlos con otros, es una alegría. Recordando nuevamente las palabras de San Pedro, consideren los dones que han recibido de Dios, y disciernan en oración cómo ustedes, como discípulos misioneros, usan sus dones de tiempo, talento y tesoro para llevar adelante la misión de nuestra Iglesia.

Rezo para que su experiencia de mayordomía sea, para todos ustedes, una alegría, una gracia y un tesoro recibido y compartido.

De ustedes en Cristo,
Arzobispo Thomas Wenski

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