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Dé gracias y comparta sus bendiciones

Columna del Arzobispo Wenski para la edición de noviembre 2018 de La Voz Católica

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El Día de Acción de Gracias es tan estadounidense como el pastel de manzana, o tal vez deberíamos decir “pastel de calabaza”. El Día de Acción de Gracias no es un día sagrado de obligación, no es un día santo religioso; sino más bien unas vacaciones cívicas. Sin embargo, el Día de Acción de Gracias tiene profundas raíces religiosas, ya que América fue fundada por sucesivas oleadas de inmigrantes que, comenzando con esos peregrinos en Massachusetts, buscaban la libertad. Y en la base de todas las libertades de que disfrutamos en este país, están la libertad religiosa y la libertad de conciencia. Según las palabras que el Papa Francisco pronunció en una sesión conjunta del Congreso en septiembre de 2015, “llegaron a esta tierra para perseguir su sueño de construir un futuro en libertad”.

Por supuesto, a los estadounidenses nos gusta considerarnos como hombres y mujeres “que se hicieron a sí mismos”. Nos enorgullecemos de habernos levantado con nuestros propios recursos. Y los inmigrantes y refugiados que vinieron aquí comparten esa misma noción, ya sean de origen irlandés, italiano, polaco o cubano. Pero no debemos olvidar que, si bien tuvimos que trabajar duro para lograr el éxito, se nos dieron muchas oportunidades.

El Día de Acción de Gracias es un día para reconocer que no somos las personas hechas por nosotros mismos que a veces pensamos que somos. Todo lo que tenemos, quiénes somos, lo hemos recibido de otros: de nuestros padres y abuelos, de nuestros maestros y mentores, de nuestros cónyuges y amigos y, en última instancia, de Dios. Somos lo que hemos recibido, no como derechos sino como dones. Si dichos dones vinieron como una “entrega” o por “una mano de arriba”, ello no importa tanto como nuestra gratitud al reconocer estos dones ante Dios. Y esta gratitud debe inspirarnos, a quienes hemos recibido libremente, a compartir estas bendiciones libremente con otros.

Cuando el Papa Francisco habló ante el Congreso hace tres años, recordó a nuestros legisladores: “... miles de personas se ven obligadas a viajar hacia el norte en busca de una vida mejor para ellas y para sus seres queridos, en busca de mayores oportunidades. ¿No es esto lo que queremos para nuestros propios hijos? No debemos sentirnos sorprendidos por sus cifras, sino verlos como personas, ver sus caras y escuchar sus historias, tratando de responder lo mejor que podamos a su situación. Responder de una manera siempre humana, justa y fraterna. Tenemos que evitar una tentación común hoy en día: descartar todo lo que resulte molesto”.

Desafortunadamente, hoy en esta “nación de inmigrantes” muchos de nosotros percibimos a los nuevos inmigrantes como “problemáticos”. La inmigración se ha convertido, para la política estadounidense, en un “problema de cuña” con contenido tanto de izquierda como de derecha, y con un estancamiento que permite a cada lado apelar a su “base”: mientras tanto, un sistema de inmigración fallido sigue perturbando vidas, dividiendo a las familias y robando la esperanza a quienes sueñan con “construir un futuro en libertad” para ellos y sus hijos.

“A quien se le ha dado mucho, se le pedirá mucho”. Estas son las palabras de Jesús, y nos reclaman una respuesta. Somos una nación de abundancia en un mundo de carencias; somos una república de libertades preciadas en un mundo en el que a muchas personas se les niegan sus derechos básicos; somos una tierra de muchas oportunidades en un mundo en el que muchos no ven un futuro de esperanza.

Al dar gracias a Dios por las libertades y oportunidades de que disfrutamos los estadounidenses en este país, un país que ha sido descrito como “una nación con alma de iglesia”, oremos para ser una nación más justa y fraterna, una nación que no le teme al extranjero, porque nosotros también fuimos extranjeros.

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