El Papa León XIV llama a redescubrir la belleza y la reverencia de la liturgia


Hay pocas iglesias en el mundo tan reconocibles como Notre Dame de París. Durante siglos, sus torres, rosetones y su inconfundible silueta se han alzado en el corazón de París. Cuando un incendio envolvió la catedral en abril de 2019, el mundo entero fue testigo. Los católicos lamentaron la tragedia, pero también lo hicieron millones de personas que rara vez, o nunca, entraban en una iglesia.

Siete años después, el Papa León XIV se encontraba dentro de la catedral restaurada para celebrar las vísperas durante su visita apostólica a Francia. Reconoció la belleza y la historia de Notre Dame, un lugar donde, como él mismo expresó, “el pasado y el futuro se abrazan, donde el cielo y la tierra se encuentran”.

Pero luego señaló algo mucho más importante. Notre Dame no fue construida simplemente para ser admirada. “Esta Catedral, como cualquier otra iglesia, fue construida con el propósito de la oración y el culto a Dios”. Después pronunció una frase que creo merece nuestra atención: “Sin la liturgia, perdería su alma”. Hay mucho contenido en esa sola frase.

Notre Dame es uno de los grandes logros arquitectónicos del cristianismo. Millones de personas acuden cada año simplemente para contemplarla. Pero si quitamos lo que sucede en el altar, la proclamación de la Palabra, la Eucaristía y la oración de la Iglesia, con el tiempo Notre Dame se convierte en un magnífico museo. El Papa León nos recordaba que una iglesia católica no es principalmente un monumento. Es un lugar de culto. Puede parecer algo obvio, pero tiene consecuencias en la manera en que construimos nuestras iglesias, en cómo las renovamos y, sobre todo, en cómo celebramos la liturgia dentro de ellas.

El Papa León dijo que Notre Dame, ya restaurada, “vive del misterio sagrado que se celebra en su interior”. Creo que este es un punto importante. Nos preocupamos por la belleza de nuestras iglesias, y así debe ser. La belleza siempre ha ocupado un lugar en el culto católico. La arquitectura, los vitrales, el arte sacro y la música pueden elevar la mente y el corazón hacia Dios.

Pero ninguna de esas cosas existe simplemente por sí misma.

El altar está allí para la Eucaristía. El ambón está allí para la proclamación de la Palabra. La pila bautismal está allí porque hombres y mujeres renacen en Cristo mediante el Bautismo. El sagrario nos recuerda la presencia permanente de Cristo en la Eucaristía. La arquitectura sagrada debe ayudarnos a comprender lo que allí sucede.

León llamó la atención sobre el altar en el centro de Notre Dame y sobre la comunidad reunida a su alrededor para el culto. Dijo que lo que vemos allí es la Iglesia como “un organismo vivo, una comunidad creyente”. Vale la pena recordarlo cada vez que construimos o renovamos una iglesia.

Tengo el privilegio de formar parte de nuestro Comité Arquidiocesano de Construcción, y estas son precisamente las preguntas que nos tomamos en serio cuando nos sentamos con los párrocos que están construyendo o renovando sus iglesias. No nos limitamos a examinar planos, materiales, presupuestos y lo que resulta bello. Tenemos la responsabilidad de ayudar a garantizar que lo que se construya refleje la visión del Arzobispo y la misión de esta Iglesia local. La arquitectura sagrada dice algo sobre quiénes somos y en qué creemos.

Por supuesto, debemos preguntarnos si una iglesia es bella. Pero también tenemos que plantearnos preguntas más profundas. ¿Conduce ese espacio a las personas a la oración? ¿Expresa con claridad lo que creemos acerca de la Eucaristía? ¿Dirige nuestra atención hacia el altar y hacia lo que allí sucede? ¿Está al servicio de la celebración de la liturgia? ¿Ayudará a esta comunidad a celebrar dignamente el culto, no solo hoy, sino también durante las generaciones venideras?

Estas no son preguntas secundarias. En última instancia, la arquitectura sagrada tiene un propósito. Está al servicio del culto a Dios. Una iglesia debe ser bella, pero su belleza siempre debe conducirnos hacia algo: hacia el misterio que se celebra en su interior.

El Santo Padre pasó entonces del edificio de la iglesia a la celebración de la liturgia misma. Dijo: “La noble sencillez del canto, de la palabra pronunciada y del gesto litúrgico puede ser para muchos un destello de esperanza, un oasis de paz en una sociedad hiperconectada y ruidosa”. Me impresionó esa expresión: “un oasis de paz”.

Vivimos en un mundo ruidoso. Nuestros teléfonos suenan constantemente. Pasamos de una pantalla a otra. Estamos rodeados de información, música, publicidad, videos y conversaciones prácticamente desde el momento en que nos despertamos.

A veces llevamos esa misma mentalidad a la liturgia. Nos sentimos incómodos con el silencio. Pensamos que siempre tiene que estar sucediendo algo. Cada momento necesita palabras. Cada gesto necesita una explicación. A veces incluso sentimos que la Misa tiene que competir por la atención de la gente.

Pero quizás uno de los dones que la Iglesia puede ofrecer hoy a las personas sea precisamente lo contrario: un lugar donde puedan permanecer en silencio. Un lugar donde puedan escuchar. Un lugar donde no tengan que ser entretenidas. Un lugar donde la Palabra de Dios pueda realmente ser escuchada. Esto es lo que la Iglesia entiende por “noble sencillez”. La noble sencillez no significa una liturgia descuidada. No significa iglesias simples o poco atractivas. No significa abandonar la belleza o la solemnidad. Significa confiar lo suficiente en la liturgia como para dejarla hablar. No es necesario llenar cada silencio. No todos los gestos necesitan comentarios. No cada parte de la Misa necesita hacerse más creativa. A veces simplemente necesitamos celebrar bien lo que la Iglesia nos ha dado.

El Papa León habló entonces directamente sobre la manera en que debe celebrarse la liturgia: “Asegúrense de que las celebraciones litúrgicas se lleven a cabo siempre con dignidad y reverencia, incluso allí donde se reúnen comunidades más pequeñas”. Aprecio especialmente esas últimas palabras: “incluso allí donde se reúnen comunidades más pequeñas”. La reverencia no es algo que reservamos para la catedral, la Navidad, la Semana Santa, una ordenación o una Misa con el Arzobispo. La Misa del martes por la mañana con veinte personas merece el mismo cuidado. ¿Por qué? Porque Cristo está allí.

La Eucaristía no se vuelve más sagrada porque la iglesia esté llena. Tampoco se vuelve menos sagrada porque solo unas pocas personas hayan acudido a Misa. Aquí es donde el ars celebrandi, el arte de celebrar la liturgia, adquiere tanta importancia.

Nosotros no creamos el misterio. No hacemos sagrada la Eucaristía por lo que le añadimos. Nuestra tarea consiste en celebrar la liturgia de tal manera que no nos interpongamos en lo que Cristo está haciendo.

El Papa León pidió a los sacerdotes y ministros que se comprendieran a sí mismos como “herederos conscientes de los Padres y de los santos de la Iglesia” y que se acercaran a la liturgia con “gran humildad ante el Misterio que se celebra”.

Esa frase puede ser una de las cosas más importantes que dijo en Notre Dame: humildad ante el Misterio. Todo sacerdote necesita recordarlo. La liturgia no me pertenece. No pertenece a un comité parroquial de liturgia. No pertenece a una generación determinada ni a una preferencia litúrgica particular. La recibimos de la Iglesia.

Hay algo liberador en ello. El sacerdote no tiene que reinventar la Misa cada domingo. No tiene que convertirse en el centro de la celebración. Su tarea consiste en prepararse cuidadosamente, rezar los textos, comprender lo que está celebrando y conducir a su pueblo hacia el misterio que ya está allí. Eso requiere humildad.

También me pareció significativo que el Papa León no contrapuso la reverencia, la tradición y la belleza sagrada al Concilio Vaticano II. Hizo exactamente lo contrario. “El Concilio Vaticano II”, dijo, “recogió y profundizó de manera eminente esta herencia”.

Luego se refirió directamente a Sacrosanctum Concilium, n. 10, donde el Concilio enseña que la liturgia es la cumbre hacia la cual tiende la actividad de la Iglesia y la fuente de donde mana toda su fuerza. Esto es importante porque las discusiones sobre la liturgia pueden volverse ideológicas muy rápidamente. Unos reivindican el Vaticano II. Otros reivindican la tradición. Y al poco tiempo terminamos hablando sin escucharnos unos a otros. El Papa León nos ofrece una mejor manera de entenderlo. El Concilio Vaticano II no dio comienzo a la tradición litúrgica de la Iglesia. La recibió.

Y la tradición de la Iglesia no terminó cuando comenzó el Concilio. El Concilio se sitúa dentro de esa tradición viva.

León ya ha hablado de esto anteriormente. En su catequesis sobre Sacrosanctum Concilium, describió la reforma litúrgica del Concilio como “firmemente arraigada en la tradición viva de la Iglesia”. También reconoció que algunos principios de la reforma fueron posteriormente “llevados al extremo o malinterpretados”.

Su respuesta, sin embargo, no es abandonar el Concilio. Es leerlo correctamente y celebrar fielmente la liturgia. Eso significa respetar las normas de la Iglesia y, al mismo tiempo, recuperar lo que el propio Concilio llamó “noble sencillez”. Creo que aquí hay una lección para todos nosotros. No tenemos que elegir entre reverencia y participación. No tenemos que elegir entre tradición y Vaticano II. No tenemos que elegir entre belleza y sencillez. Estas realidades van de la mano.

Hubo otra parte de la homilía del Papa León que no debemos pasar por alto. Después de hablar de la arquitectura sagrada, la reverencia y la liturgia, dirigió su mirada hacia el mundo fuera de la catedral. La oración y la escucha comunitaria de las Escrituras, dijo, permiten a los cristianos contemplar la historia “a la luz de Dios”. En otras palabras, la liturgia no puede terminar a las puertas de la iglesia.

Si celebramos la Eucaristía domingo tras domingo y esta nunca nos hace más caritativos, más misericordiosos, más atentos a los pobres, más preocupados por la dignidad humana y más dispuestos a servir, entonces algo falta. León lo expresó de esta manera: “La alegría eucarística echa raíces y se extiende allí donde se restablece la armonía, donde se renueva la dignidad, donde la autoridad se convierte en servicio”.

Esa es una conexión muy importante.

A veces la reverencia puede malinterpretarse como si el objetivo de la liturgia fuera simplemente crear una hermosa experiencia sagrada. Es mucho más que eso. Llegamos al altar llevando el mundo con nosotros: sus sufrimientos, sus divisiones, sus esperanzas y sus necesidades. Encontramos a Cristo en la Palabra y en el Sacramento, y luego somos enviados de nuevo a ese mismo mundo. Por eso la Misa termina con un envío. Vayan. Lo que sucede dentro de la iglesia debe transformar la manera en que vivimos fuera de ella.

Quizás este sea el desafío que el Papa León nos ha planteado en Notre Dame. No necesitamos fabricar lo sagrado. No necesitamos convertir la liturgia en algo que nunca estuvo destinada a ser. No necesitamos una novedad constante, pero tampoco necesitamos nostalgia. Necesitamos celebrar lo que la Iglesia nos ha dado y celebrarlo bien. Prepararnos cuidadosamente. Proclamar bien las Escrituras. Utilizar música que esté al servicio de la liturgia. No tener miedo al silencio. Prestar atención a los gestos. Respetar el espacio sagrado. Seguir los ritos de la Iglesia. Y acercarnos al altar con lo que el Papa León llamó “humildad ante el Misterio”.

Hubo algo particularmente apropiado en escuchar todo esto en Notre Dame. Hace siete años, la catedral ardió. Personas de todo el mundo vieron cómo se derrumbaba su techo y se preguntaron cuánto podría salvarse. Ahora ha sido restaurada con extraordinario cuidado. Pero el Papa León recordó a quienes estaban allí reunidos que la restauración de Notre Dame no puede terminar con la piedra, la madera y los vitrales. “Esta Catedral ha renacido”, dijo, “para que también ustedes puedan renacer con ella en un nuevo impulso hacia la santidad y la misión cotidiana”. Eso es, en última instancia, lo que debe hacer la liturgia.

Nuestras iglesias deben ser bellas. Nuestra música debe ser digna. Nuestros santuarios deben estar bien cuidados. Nuestras celebraciones deben ser reverentes. Pero todo ello debe conducir hacia algo. Hacia Cristo. Y, por medio de Cristo, hacia la conversión, la santidad y la misión. Notre Dame ha sido bellamente restaurada. El desafío que ahora plantea el Papa León es mucho más difícil.

Dejemos que la liturgia nos restaure.

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Comments from readers

Susana Alvarez - 09/29/2026 06:47 PM
Father Vigoa beautiful dissertation. It is not the beauty of the church but the mystery of the Eucharist, the living body and blood of Christ that leads us to Him.
Rafael M. Calvo Forte - 09/29/2026 04:24 PM
Hermano Vigoa, gracias por tus oportunos comentarios sobre liturgia. Lo pr que me viene a la mente es la necesidad de hacer silencio; cómo puede alguien celebrar la eucaristía sin estar relajado y en presencia De Dios? Por qué en algunas comunidades se aplaude todo si no estamos en un teatro? Por qué algunos presbíteros hacen ritos perte a la tridentina? Por qué hay crucifijos donde la imagen de Jesüs parece que está bailando? Por qué hay parroquias con exceso de imágenes y especialmente de varias advocaciones de la Virgen? Mi esposa y yo disfrutamos todos los vídeos de la visita pastoral, y, el contagio de los jóvenes y aün de los ancianos nos movía con fervor, sólo que aspirábamos a saborear el francés y apenas nos daban tiempo. Qué oportuno el uso del latín! Como ayuda en las concentraciones de varias lenguas! Sin embargo, discrepo de la belleza de la renovación de Notre Dame. Le falta espíritu religioso cristiano, padece de frialdad conceptual. Hasta luego.
Barbara Romani Carroll - 09/29/2026 04:22 PM
Beautiful and meaningful reflection. Just received One Flame , more food for my soul .
LILIA ROQUE-GUERRERO - 09/29/2026 03:47 PM
Excelente disertación Padre Vigoa! Así es todo como un conjunto, pero especialmente la celebración eucarística debe ayudarnos abrir nuestro corazón a Cristo. Que Dios le bendiga!

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