Al abrazarnos a Jesucristo, lo ganamos todo
Monday, December 24, 2012
*Archbishop Thomas Wenski
Un ni�o ha nacido en la pobreza de Bel�n. Pero ese ni�o, envuelto en pa�ales y arropado entre los brazos de su amorosa madre, es el Dios Alt�simo, el Verbo hecho carne, nuestra carne. Se humill� a s� mismo compartiendo nuestra humanidad para que pudi�ramos participar de su divinidad. Este es el misterio que celebramos en esa Noche Sagrada, en esa Noche de Paz en que Dios se hizo uno de nosotros, para que pudi�ramos estar con �l, y llegar a ser como �l.
Este misterio no es s�lo un suceso ocurrido hace mucho tiempo, sino tambi�n una realidad presente. En cada Misa, durante la preparaci�n de las ofrendas, el sacerdote o el di�cono vierte el vino en el c�liz y luego agrega una gota de agua. Mientras lo hace, reza en silencio: �Que por el misterio de esta agua y este vino podamos llegar a compartir la divinidad de Cristo, que se humill� para compartir nuestra humanidad�.
El Papa Benedicto XVI dijo en su primera Navidad como Papa: �La manera en que (Jes�s) nos muestra que �l es Dios desaf�a nuestro modo de ser humano. Al llamar a nuestra puerta, nos desaf�a a nosotros y a nuestra libertad; nos llama a examinar la forma en que entendemos y vivimos nuestras vidas�.
Cristo es la Luz del Mundo. Sin esa luz, que hemos recibido por medio del don de la fe, no podemos comprender a Dios y su designio de amor por nosotros, ni podemos comprendernos verdaderamente a nosotros mismos, qui�nes somos, por qu� somos y por qu� estamos. Hace 50 a�os, los Padres del Concilio Vaticano II enfatizaron esto: �Es s�lo en el misterio del Verbo hecho carne donde el misterio de la humanidad se hace verdaderamente evidente�. (Gaudium et Spes, n� 22.)
El mundo de hoy necesita de esa luz m�s que nunca: porque sin esa luz no sabemos c�mo vivir, no sabemos c�mo ser humanos. Sin esa luz, podemos llegar a ser como el personaje de Scrooge en la famosa novela de Dickens, que piensa que el valor y la dignidad de las personas se miden por lo que tienen y no por lo que son: criaturas hechas a imagen y semejanza de Dios. Sin esa luz, podemos llegar a ser como Herodes, que cre�a �al igual que muchos de los reyes y gobernantes de este mundo siguen creyendo hoy� que el poder hace el derecho. Herodes masacr� a los Santos Ni�os Inocentes en un vano esfuerzo por promover sus propios intereses. Sin esa luz de Cristo, la gente de hoy pisotea los derechos de los m�s vulnerables, de los d�biles, de los pobres, sacrific�ndolos en el altar de la conveniencia, en aras de su propia autoindulgencia. Sin esa luz de Cristo, la de ese mismo Ni�o Jes�s que en brazos de su madre y bajo la protecci�n de su padre de crianza, Jos�, entr� en Egipto como un inmigrante sin rostro y sin documentos, no veremos nunca al otro, al necesitado, como un hermano o una hermana, sino s�lo como una amenaza extranjera.
Los pastores vienen y lo adoran; los Reyes Magos tambi�n le ofrecen sus regalos y lo adoran. Estos invitados, reunidos en torno del pesebre, representan a toda la humanidad: a los pobres y los ricos, al sencillo y al sabio. Nosotros tambi�n estamos invitados a acercarnos al Ni�o que nos espera en el pesebre. Sus manos est�n extendidas y llegan a cada uno de nosotros. �l las extiende no para tomar nada de las nuestras, sino para darnos. Cristo extiende sus manos para abrazarnos a todos, y nos ba�a con su luz: Se convierte en uno de nosotros, y comparte nuestra humanidad para que podamos participar de su divinidad.
Durante este A�o de la Fe, se nos recuerda que al creer en Jesucristo no perdemos nada que sea verdaderamente humano, sino que, por el contrario, lo ganamos todo.

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