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Imaginar y construir felicidad

No sabemos si se trata del fin de la historia o del fin de esta historia.

Hoy, pareciera que se hicieron realidad los relatos de no-futuro que fundamentaron, especialmente en los años sesenta, el surgimiento de la postmodernidad, porque la humanidad entera atraviesa un momento de convulsiones, de incertidumbre y de cambios. Aún no sabemos si se trata de una época de cambios o de un cambio de época. Pero no cabe duda que los relatos que retratan nuestros tiempos son inéditos: todos coinciden en que vivimos tiempos de un nuevo espíritu, tiempos de crisis que, ojalá, nos conduzcan a mejores puertos y podamos todos mantener la esperanza en medio de la desesperanza.

Basta con escuchar, leer o ver titulares de los noticieros para enterarnos y comprobar graves manifestaciones de revueltas, protestas, violencia, angustia, injusticia, clamores sociales, etc., y para comprobar la perplejidad que se repite y expande, minuto a minuto, por todos los rincones de la Tierra. Y no se trata sólo del nuevo contexto que nos ha alcanzado a todos con la pandemia. La pandemia ha profundizado las mismas y viejas percepciones y ha exacerbado los muy graves problemas de siempre, porque ha revelado, con toda su crudeza, las grandes fragilidades, vulnerabilidades, falencias e inequidades de nuestros gobernantes, de nuestras sociedades y, en general, de los modos como convivimos y nos relacionamos. Al mismo tiempo, la pandemia nos ha recordado —con toda su aspereza— que todos (sin importar ideología, credo, raza o situación económica) somos habitantes de la misma casa y navegamos en la misma barca, porque un virus nos ha arrodillado a todos, por igual, sin distinciones.

Hoy, como pocas veces en la historia de la humanidad, están puestas en tela de juicio todas nuestras anteriores construcciones conceptuales y materiales, y todos nos sentimos desafiados a edificar un mundo mejor que éste donde habitamos. Vamos constatando que los grandes problemas de todos los pueblos y de la sociedad entera tienen su origen, su primera causa, y también su solución, en el espíritu y la condición humana. Es el espíritu humano el que va fracasando en las estructuras e instituciones que funda y sostiene y, por ello, es el espíritu humano, con sus valores y aspiraciones, el que, en esta crisis, tiene que ser revisado, restaurado, reinventado, transformado, para que sus obras, hechos y producciones sean mejores y superiores a las actuales.

No es esta la primera crisis mundial, y tampoco será la última. Pero es en esta crisis en la que nos correspondió vivir y sobre la que todos tenemos que comprometernos y actuar prontamente para mejorar, para convertir esta crisis en nuestra oportunidad, en la oportunidad de todos, para posibilitar una nación y un mundo mejor, más justo, más solidario, más fraterno, más amable, más vivible.

Son muchas las posturas, actitudes y respuestas para enfrentar los desafíos de esta coyuntura histórica: desde las salidas que dan los nostálgicos de aquella “normalidad” y que sueñan con la prepandemia y los tiempos idos, hasta los que dibujan una nueva realidad que llaman “nueva normalidad”. Pienso, como ya dije, que hay que aprovechar esta crisis mundial para poner en el centro al ser humano, al espíritu humano, como centro y protagonista del “nuevo” devenir. Prefiero pensar en que es posible construir una nueva “anormalidad” que contradiga esa “vieja normalidad” que nos condujo a este desencanto, a esta desesperanza, a esta inconformidad, a este desánimo presente, a esta constatación de que no todo estaba bien, no todo era válido, no todo se hizo bien y que pudimos haberlo hecho mucho mejor.

Concretamente y para nuestra nación, abogo por el compromiso de todos para la construcción de una mejor sociedad, que necesariamente tendrá que tener como modelos a hombres y mujeres líderes, gobernantes, guías que piensen su vida y su trabajo como un servicio al bien de todos. Una nación que, orgullosa de su Constitución y Democracia, concrete este orgullo en acciones para el bien y progreso de todos. Una nación en la que seamos capaces de establecer nuevas, distintas y mejores relaciones entre los que aquí habitamos y en relación con otras naciones: relaciones no de discriminación, confrontación y competencia, sino relaciones de equidad, solidaridad y cooperación. Una nación que construya menos muros y más puentes. Una nación que —en el concierto de las naciones— lidere un nuevo estilo para el entendimiento y la solución de los conflictos. Una nación que lidere la construcción de esperanza para la humanidad. Una sociedad que, más allá de los oportunismos, egoísmos electoreros y autoritarismos, nos enseñe un nuevo sentido de política, de patria y de nación.

Urge la construcción de nuevas comunidades humanas que reafirmen los valores y rechacen los antivalores. Es el momento para repensar y construir relaciones y sociedades en las que tengan primacía la vida humana y la persona sobre cualquier otro interés; donde prime la ética sobre la estética y la técnica; el ser humano sobre el trabajo, la empresa y el capital; el espíritu y lo trascendente sobre la materialidad, el consumismo y todo lo caduco.

Si entre todos lo logramos, entonces habrán valido la pena esta crisis, este tiempo de pandemia. De lo contrario, si somos incapaces de paz, como la mayor suma de bienestar para todos los hombres y los pueblos, entonces “debemos arrojar a los océanos del tiempo una botella de náufragos siderales, para que el universo sepa de nosotros lo que no han de contar las cucarachas que nos sobrevivirán: que aquí existió un mundo donde prevaleció el sufrimiento y la injusticia, pero donde conocimos el amor y donde fuimos capaces de imaginar la felicidad.”*

* Gabriel García Márquez: “El cataclismo de Damocles”.


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