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Amar lo que San Jerónimo amó

San Jerónimo en su Estudio. Domenico Ghirlandaio.

Fotógrafo: Imagen tomada de internet

San Jerónimo en su Estudio. Domenico Ghirlandaio.

El pasado 30 de septiembre de 2020, desde la Basílica de San Juan de Letrán en Roma, en la memoria litúrgica del presbítero y doctor de la Iglesia San Jerónimo y con motivo de la conmemoración de los mil seiscientos años de su muerte en Belén, el Papa Francisco promulgó la Carta Apostólica “Scripturae Sacrae Affectus” (Una estima por la Sagrada Escritura). Carta con la que además de rendir tributo a la vida y obra de este gran ser humano y cristiano, el Papa reafirma la doctrina de la Iglesia Católica sobre la Sagrada Escritura, fuente primordial para la fe y la religión de todos los creyentes en Cristo, de los católicos y, además, para la experiencia y quehacer humano de todo hombre y mujer de buena voluntad.

La vida y obra de San Jerónimo, dice el Papa, como “incansable estudioso, traductor, exegeta, profundo conocedor y apasionado divulgador de la Sagrada Escritura; fino intérprete de los textos bíblicos; ardiente y en ocasiones impetuoso defensor de la verdad cristiana; ascético y eremita intransigente, además de experto guía espiritual, en su generosidad y ternura”, hacen que “hoy, mil seiscientos años después, su figura siga siendo de gran actualidad para nosotros, cristianos del siglo XXI”. Por todo lo cual, San Jerónimo nos ha legado como herencia “una estima por la Sagrada Escritura, un amor vivo y suave por la Palabra de Dios escrita”.

Para resaltar la excelencia, la oportunidad y necesidad de este documento pontificio, me permitiré subrayar siete ideas esenciales que corresponden a los siete apartados en los que está dividida la misma Carta Apostólica en mención.

En primer lugar, mirando y analizando los retratos que pintores importantes han hecho sobre San Jerónimo, el Papa encuentra en ellos la repetición de dos rasgos que definen el perfil del santo como un hombre, en primer lugar, absolutamente consagrado a Dios (monje y penitente) y, en segundo lugar, como un estudioso, absoluta y rigurosamente dedicado al conocimiento de las Sagradas Escrituras.

En segundo lugar, Francisco destaca el profundo amor de Jerónimo por la Sagrada Escritura que, según el modo de entender del Papa, es un amor apasionado semejante al que experimentaron, vivieron y trasmitieron los grandes profetas, de la mejor tradición del Antiguo Testamento, por la Palabra de Dios.

Respecto del estudio y conocimiento de la Sagrada Escritura, y animándonos a todos a hacer lo mismo, dice el Papa de Jerónimo que “la competencia en las lenguas en las que se trasmitió la Palabra de Dios, el cuidadoso análisis y evaluación de los manuscritos, la investigación arqueológica precisa, además del conocimiento de la historia de la interpretación; en definitiva, todos los recursos metodológicos que estaban disponibles en su época histórica, los supo utilizar armónica y sabiamente, para orientar hacia una comprensión correcta de la Escritura inspirada”.

En cuarto lugar, el Papa destaca en su Carta el invaluable aporte que hizo el Santo de la Dalmacia Romana, al iniciar los trabajos de traducción de los textos bíblicos, del hebreo original al latín de la Europa de su tiempo; dando así acceso a la lectura de las Sagradas Escrituras por el entero pueblo cristiano, por el “vulgo”, de donde le viene a esta traducción de Jerónimo el nombre de “Vulgata”. Trabajo para el que —dice el papa— San Jerónimo “hizo un buen uso de sus conocimientos de griego y hebreo, así como de su sólida formación latina, y utilizó las herramientas filológicas que tenía a su disposición… El resultado es un verdadero monumento que ha marcado la historia cultural de Occidente”. De esta manera, continúa el Papa, “la Europa medieval aprendió a leer, orar y razonar en las páginas de la Biblia traducidas por Jerónimo”, por lo que “la literatura, las artes e incluso el lenguaje popular se han inspirado constantemente en la versión jeronimiana de la Biblia, dejándonos tesoros de belleza y devoción”.

Pero, además, y en quinto lugar, el Papa subraya el inmenso valor que tienen la vida y la obra de Jerónimo — especialmente con la traducción de la Vulgata— para el trabajo evangelizador de la Iglesia en el mundo, si valoramos los aspectos positivos que tienen todo pueblo y su cultura para la vida de la entera humanidad y, por tanto, para la vida de la Iglesia; de tal manera que la Palabra de Dios pueda llegar a todos en sus propias formas culturales. Porque “con su traducción, Jerónimo logró “inculturar” la Biblia en la lengua y la cultura latina, y esta obra se convirtió en un paradigma permanente para la acción misionera de la Iglesia. En efecto, “cuando una comunidad acoge el anuncio de la salvación, el Espíritu Santo fecunda su cultura con la fuerza transformadora del Evangelio”, por lo que “el trabajo de traducción de Jerónimo nos enseña que los valores y las formas positivas de cada cultura representan un enriquecimiento para toda la Iglesia”.

En relación con la vida y el trabajo del santo hermeneuta y exegeta, el Papa subraya, además, la fuerte relación que siempre tuvo Jerónimo con Roma y, por ello, con la Cátedra de Pedro “incluso cuando la envidia y la incomprensión lo obligaron a abandonar la ciudad, siempre permaneció fuertemente vinculado a la cátedra de Pedro”.

Y al final de la Carta, en séptimo lugar, el Papa nos lanza a todos, especialmente a los jóvenes, una invitación a amar, leer, conocer, entender y vivir lo que Jerónimo amó y vivió: la Palabra de Vida nueva y eterna, Palabra del Padre que es Cristo mismo. “Atrévanse a fijar la mirada en Jerónimo, ese joven inquieto que, como el personaje de la parábola de Jesús, vendió todo lo que tenía para comprar «la perla de gran valor» (Mt 13,46).” Y con las mismas palabras que Jerónimo solía repetir nos aconseja, nos exhorta el Papa: “Lee muy a menudo las Divinas Escrituras, o mejor, nunca el texto sagrado se te caiga de las manos”.

Con esta Carta, como dije al comienzo, el Papa Francisco —en sintonía con las grandes reformas hechas, en la Iglesia y para su misión en el Mundo, por el Concilio Ecuménico Vaticano II— nos invita, una vez más, a volver a las fuentes, a beber y alimentar nuestra fe de la fuente primordial de la Revelación de Dios que es Jesús mismo —Verbo del Padre— y sus evangelios y a poner en la centralidad de nuestra personal experiencia cristiana y en la vida de toda la Iglesia, de su ser y quehacer, las Sagradas Escrituras.


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