By Archbishop Thomas Wenski - The Archdiocese of Miami
Photographer: ANA RODRIGUEZ-SOTO | FC
El Arzobispo Thomas Wenski inciensa la imagen de la Virgen al comenzar de la misa.
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Antes de comenzar la misa, el Arzobispo Thomas Wenski mantiene un rosario en sus manos mientras da una entrevista a una estacion de television.
Queridos hermanos y hermanas, �ha llegado por fin el esperado d�a!--la gran celebraci�n de amor y fe, que a lo largo de todo un trienio preparatorio se ha venido gestando para honrar a nuestra Madre del Cielo, Mar�a de la Caridad.
Es �sta una tarde feliz porque, unidos en la fe, festejamos los 400 a�os del hallazgo de su bendita imagen en aguas cubanas. Son cuatro siglos de presencia de Santa Mar�a de la Caridad en la historia y la vida del pueblo cubano; de presencia amorosa en medio de su pueblo y en el coraz�n de todos sus hijos que, dentro de la patria o dispersos por el mundo como nunca antes, no han dejado jam�s de experimentar la maternal asistencia y la intercesi�n protectora, de la que con cari�o y confianza tambi�n llamamos Cachita.
Hace cuatro siglos vino a nosotros desafiando las olas del mar y la tormenta, para acompa�ar a sus hijos en todas la tormentas de su historia, personal y nacional; para consolar a los que sufren, alentar a los desanimados, y llenar de confianza y fortaleza a todo un pueblo. Ella nos escogi�. Ella vino a buscarnos para llevarnos a Cristo. De la espuma del mar se fue a las monta�as y a los llanos; a los campos y ciudades, a los boh�os y a las casas de ricos y pobres, porque sabe que todos tenemos necesidad de su Hijo y de ella.
Se fue a la manigua para alentar los deseos y afanes de libertad de los mambises. Ella sostuvo a C�spedes, G�mez, Agramonte, y a Antonio DE LA CARIDAD Maceo y Grajales, el Tit�n de Bronce, y tambi�n a los m�s humildes soldados que lucharon por la libertad de Cuba. Lleg� la Virgen marinera para echar su suerte con los pobres de la tierra; para animar a los que sufren, para alentar a los desanimados, para llenar de confianza y fortaleza a todo un pueblo. Ella ha sido siempre nuestra mejor evangelizadora, la gran convocadora, la madre fiel que siempre ha estado all�, para cubrir con su manto nuestro coraz�n adolorido.
Y nunca ha dejado de acompa�arnos, ni en los momentos de sacrificio y coraje junto a los mambises, que dieron su sangre para conseguir la ansiada independencia, ni en los tiempos de bonanzas, turbulencias y esperanzas de la joven rep�blica.
Pero tambi�n la Virgen Mambisa ha sabido sufrir con su Iglesia cuando el oscurantismo marxista la her�a y diezmaba, y supo estar al pie de la cruz de sus hijos, mientras mor�an fusilados gritando Viva Cristo Rey. As� estuvo, en medio de las alambradas de tantas prisiones y de los campos de trabajo forzado de la UMAP.
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El Arzobispo Thomas Wenski reza al comenzar la misa.
Presente en la isla y en el destierro, contin�a prodigando su amor de madre, hoy como ayer, en las prisiones que no acaban de vaciarse y en medio de las mujeres que caminan reclamando libertad. Presente acompa�ando a todos los que, dentro y fuera de Cuba, luchan por el respeto a la dignidad humana y labran un futuro de libertad, justicia y paz. As� nos acerca ella al d�a, en que el amor a su Hijo ser� el cimiento eficaz para que, como le pedimos siempre, todos los cubanos seamos hermanos. Y por supuesto que hoy sigue siendo "causa de nuestra alegr�a", inundando de gozo los corazones de incontables hijos que pudieron recibirla y saludarla, cuando en su reciente paso por cada rinc�n de la Isla demostr� que sigue siendo, y ser� por siempre, la Madre de los Cubanos.
La Virgen de la Caridad vino a estas tierras para acompa�ar a sus hijos exiliados. Viaj� oculta en una maleta, desde una embajada, como un refugiado m�s, y aquella noche de 1961 lleg� a Miami para animar la primera gran celebraci�n que en el Stadium Bobby Maduro reuni� a m�s de 30,000 creyentes para orar por Cuba y su libertad. En aquella multitudinaria celebraci�n eucar�stica, la Virgen de la Caridad mostr� sus hijos a la Iglesia del sur de la Florida, como sol�a recordarnos Monse�or Rom�n. Ella, a trav�s de sus hijos exiliados cubanos, le abri� las puertas a todos los que invocamos a Dios en espa�ol en esta bendita tierra.
A la reci�n creada di�cesis de Miami le hab�an nacido de repente miles de nuevos miembros que, aunque hablaban otra lengua quer�an dar su aporte, su amor, su fidelidad y su �mpetu misionero a la Iglesia que los acog�a; as�, con generosidad y entrega ayudaron al crecimiento y a la fundaci�n de parroquias, colegios, ministerios y movimientos que cambiaron el rostro espiritual de esta Iglesia que vive su fe en Miami.
Santa Mar�a de la Caridad es la madre fiel y confidente que ha guiado a sus hijos, que en gran n�mero han tenido que marchar a otras tierras en busca de libertad, y los ha protegido por los duros caminos de la di�spora. Con ellos ha ido a los m�s lejanos rincones del mundo y sus hijos, con agradecimiento y cari�o, han extendido su devoci�n all� donde han levantado su tienda.
Por eso aqu�, en Miami, un hijo suyo predilecto como Monse�or Agust�n Rom�n, con la ayuda de Dios y la generosidad de tantos, pudo levantarle una casa, nuestra querida Ermita, desde donde su sol�cito cuidado se extiende no s�lo al pueblo cubano, sino a todos los pueblos que conforman el hermoso crisol de culturas y tradiciones que es el sur de la Florida.
En lo alto de su trono del Santuario del Cobre y tambi�n de nuestra Ermita, la vemos triunfante con su Hijo en brazos, sost�n de la fe de todo un pueblo, rodeada de millares que, en las dos orillas de la naci�n cubana, quieren mostrarle su agradecimiento eterno; hombres y mujeres de cualquier edad y condici�n que se acercan a colocar a sus pies la invaluable ofrenda de un amor, purificado en la prueba y acrecentado en el tiempo. Es ese amor a la Madre de Dios que ni el materialismo ateo, ni el pr�ctico, han podido destruir o desterrar de sus vidas.
Hoy entre nosotros hay muchos que sienten la desesperanza y piensan que las plegarias por la libertad de la patria parece que no encuentran repuesta. Pasan los a�os y con ellos desaparecen pilares y referentes que animaban nuestro exilio. Hombres y mujeres que han orado y luchado por ver a Cuba libre. Esta noche sentimos la ausencia del Padre Luis P�rez y de nuestro querido Monse�or Rom�n y de tantos otros, obispos, sacerdotes, religiosas y laicos que han partido hacia la casa del Padre sin haber visto cumplido el sue�o de una Cuba libre. Y recordamos especialmente a Osvaldo Pay� Sardi�as y a Harold Cepero, y con ellos a todos los que han sacrificado sus vidas por una Patria con todos y para el bien de todos. Todos ellos desde el abrazo del Padre de los cielos nos acompa�an en esta noche, unidos a nosotros bajo el manto amoroso de la Virgen de la Caridad. Junto a ellos repetimos la misma jaculatoria que rezaban los mambises: �Virgen de la Caridad, c�brenos con tu manto! Si, c�brenos con tu manto para que � en las palabras del Papa Benedicto al despedirse de Cuba � �Cuba sea la casa de todos y para todos los cubanos donde convivan la justicia y la libertad en un clima de serena fraternidad.�
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El Arzobispo Thomas Wenski y su asistente, el Padre Richard Vigoa, disfrutan del concierto despues de la misa.
Es a esa confianza y esperanza que nos llama hoy Mar�a de la Caridad. El pueblo cubano anhela la libertad de su Patria, y jam�s deber� perder la esperanza de que ese anhelado momento pronto llegar�. Y en este empe�o nos anima la Virgen Mambisa: la mujer libre que quiere invitarnos, una vez m�s esta noche, a ser libres de esp�ritu, porque no pueden caer las cadenas de las manos si no han ca�do primero las cadenas del coraz�n.
El evangelio de San Lucas nos ha presentado hoy la hermosa escena de la Anunciaci�n. El di�logo que escuchamos nos pone ante la vista y el coraz�n a una Mar�a que, sin comprender del todo aquello que Dios le propone, lo acepta inmediatamente, sin duda alguna, porque ella sabe en quien se ha confiado. El evangelista nos presenta a Mar�a como el modelo perfecto del creyente, que sin entender el alcance y significado de los planes de Dios en la historia y en su vida, es capaz de pronunciar un s� incondicional, sin reservas y contra toda esperanza. El "h�gase" de Mar�a se convierte en la clave perfecta del ser cristiano, que encuentra en la Madre de Dios no s�lo el auxilio y amparo constante de una madre amorosa, sino tambi�n un humano ejemplo de perfecta confianza y disponibilidad a Dios. Sin comprender lo que sucede con su Hijo, Mar�a guardar� todos sus desvelos, angustias y dolores en el coraz�n, en ese lugar profundo donde s�lo Dios puede llegar. Y hoy sentimos el gozo de estar en una gran fiesta; una fiesta en honor de esa mujer de fe firme y confianza total: la Madre de Jes�s, la Madre de la Iglesia, la Madre nuestra.
En la primera lectura, por boca de Isa�as, escuchamos como Dios le di� a Acaz una se�al: el anuncio del Emmanuel, Dios-con-nosotros. M�s que hacer una extraordinaria profec�a, el Se�or define la realidad del Hijo Redentor: Cristo es aquel que siempre est� y estar�-con-nosotros. En las buenas y en las malas. Cristo es el Hijo de Dios que comparte nuestro presente, que est� a nuestro lado en todo momento, especialmente en los tiempos dif�ciles de nuestra vida. Que clama desde lo hondo de nuestra realidad llam�ndonos a la vida, a la plenitud de la alegr�a, a la m�s sentida y sincera confianza. El es el Se�or de nuestra historia, el Dios de nuestra vida y de nuestra Esperanza. Es �ste el regalo que Mar�a acogi� primero en su seno con confianza, el que trae entre sus brazos como vemos en la bendita imagen hallada en Nipe, y que una vez m�s quiere que acojamos con humildad y amor.
Como ella, tambi�n nosotros queremos abrir nuestros corazones y nuestras vidas al don de Dios, quiz�s sin entender del todo sus planes, y sin comprender el misterio de la verdad que siempre vence a la mentira, y de la bondad que siempre vence a la maldad. Y sin saber el c�mo y el cu�ndo de ese final que El nos tiene preparado, quisi�ramos decir siempre como ella: "Se�or, h�gase en mi seg�n tu palabra" as�, de esta manera, nos convertimos en disc�pulos de fe y misioneros de la esperanza como nos reta el lema de nuestro s�nodo que se celebrar� durante el A�o de Fe que comenzar� el pr�ximo mes de octubre.
Hermanos y hermanas, hoy, como culmen de este gran jubileo, coronamos la imagen de Nuestra Se�ora de la Caridad. Es un momento muy especial porque con este rito, la Madre Iglesia quiere confirmar la devoci�n de todo un pueblo a esta bendita imagen y lo que ella representa; devoci�n que nos re�ne a todos esta noche, como nos ha reunido cada 8 de septiembre durante medio siglo. El Papa Juan Pablo II, de feliz memoria, coron� la imagen de la Virgen de la Caridad en Santiago de Cuba, durante su visita a Cuba en el a�o 1998. El Papa Benedicto XVI le concedi� el honor de la Rosa de Oro durante su reciente visita al Cobre. De manera semejante, hoy, esta Iglesia de Miami coronar� a la Reina de su pueblo, que es tambi�n co-patrona de esta arquidi�cesis.
Con este hermoso rito, en este d�a de fiesta, elevamos a ti, Virgen de la Caridad y Mambisa, Madre de nuestra esperanza, el afecto de nuestros corazones, y esta s�plica permanente:
�Virgen de la Caridad del Cobre, ruega por nosotros!;
�Virgen de la Caridad del Cobre, ruega por nosotros!;
�Virgen de la Caridad del Cobre, salva a Cuba!
Am�n.
Photographer: ANA RODRIGUEZ-SOTO | FC
Enmarcado por una gigantesca bandera cubana y fotograf�as de la Virgen de la Caridad y Mons. Agustin Roman, el Arzobispo Thomas Wenski habla con la prensa antes de comenzar la misa.