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La hispanidad: una fe hecha cultura y también realidad vivida

Homilía del Arzobispo Wenski en la Ermita de la Caridad, durante el Festival Mariano Hispano

El Arzobispo Thomas Wenski predicó esta homilía el domingo, 27 de octubre, en la Ermita de la Caridad, en Miami, durante una Misa al concluir el Festival Mariano Hispano, durante el Mes de la Herencia Hispana (Hispanic Heritage Month).

Durante este mes de octubre, la Ermita de la Caridad ha dado la bienvenida a representantes de todo nuestro continente de América. Han venido peregrinos de cada país de América Latina a la casa de nuestra Madre celestial para celebrar la identidad del hispano tal como hispano – una identidad que se forjó en un crisol en el cual se mezclaron muchas culturas y razas, una identidad que se bautizó en la fe católica y apostólica. Una identidad que debe ser el orgullo de cada latinoamericano.

Al recordar la herencia cultural que hemos recibido gracias a esta hispanidad forjada en el encuentro de dos mundos a través de los últimos 500 años, pidamos a la Virgen Maria, a la Santísima Virgen del Pilar de Zaragoza, patrona de España y de la Hispanidad, su intercesión. Que ella interceda por nosotros y por nuestros hijos para que Dios nos conceda en medio de las luces y sombras en que vivimos la hispanidad este espíritu de Sabiduría por el cual vienen todos los bienes – no solo para esta vida sino también para la vida eterna.

Conmemoramos la fecha – el 12 de octubre 1492 – en que la expedición de Cristóbal Colon llegó a las costas de una islita americana. A partir de entonces se inició el contacto entre Europa y América que culminó con el llamado “encuentro de dos mundos”. O como algunos dirían más vulgarmente: el 12 de octubre llegó Colon a América y nueve meses más tarde nació el primer criollo, el primer latinoamericano.

Por supuesto, ese encuentro tuvo sus luces y sombras, pero sin lugar a duda trasformó las visiones del mundo y las vidas tanto de los europeos como los americanos – sin dejar de mencionar a los africanos y luego los asiáticos.

Cuando una mujer da a luz, hay dolor, pero también alegría. La alegría que ella y su familia sienten al ver a una nueva criatura nacer no niega o minimiza los dolores. Sin embargo, la alegría, y la esperanza que la nutre, superan los dolores. Al contrario, a los que dicen que no hay nada que celebrar porque los europeos “descubrieron” estas tierras, nosotros sí encontramos motivo para celebrar. Podemos celebrar este encuentro con alegría y con esperanza. Celebramos este Día de la Raza, este mes de la Hispanidad, con todas sus luces y sombras.

El Papa, San Juan Pablo II, ha destacado tantas veces el hecho de que no se puede entender lo que es el ser humano sin Cristo – pues Cristo, siendo verdadero Hombre y verdadero Dios, nos da a conocer quien es Dios y quien es el Hombre.

Igualmente, uno no puede llegar a entender lo que es la hispanidad y la historia de este continente sin tomar en cuenta el evangelio. En América Latina, la fe se ha hecho cultura. Y es una cultura católica. Afirmar esto no quiere decir que no reconozcamos que esa cultura tiene que ser cada vez más purificada; ni tampoco quiere decir que es suficiente que la cultura tenga solo un toque católico. También hace falta que cada uno tenga una fe personal, una fe convencida, y una fe coherente.

Y por eso, el pasaje del evangelio de hoy nos reta a cada uno de nosotros. Se nos invita a reflexionar y hacer una mirada hacia adentro para que evaluemos esta identidad tal como es hoy a la luz de los valores de Jesús. Ante la corrupción en nuestros gobiernos, la pobreza endémica de nuestros países, la violencia en nuestros poblados y, lo que puede ser el pecado original de América Latina, la tendencia de poner fe en el caudillo del momento, necesitamos hacer un examen de conciencia tal como hizo el publicano en el evangelio de hoy y no pensar como el fariseo quien se creó superior a los demás.

Pues, a pesar de las raíces religiosas de la identidad hispana, la realidad en que vivimos hoy – dondequiera que la vivimos – es una realidad más y más secularizada. O como dicen en unas partes, laicista. Quizás, hoy en día, son menos las personas que se declaran ateos, sin embargo, muchos de nosotros vivimos como si Dios no existiera. No le damos a Dios tanta importancia en nuestros quehaceres diarios como hacían nuestros padres y antepasados.

La hispanidad debe ser más que un asunto de folklórico; deber ser más que costumbres y mañas; debe ser una experiencia vivida de una realidad todavía vigente, una realidad en la cual la fe todavía se hace cultura. Si quieren conservar la hispanidad, si quieren mantener su identidad hispana – en un mundo de valores contrarios – no es suficiente que conserven un toque católico en sus tradiciones familiares.

También hace falta que cada uno tenga una fe personal, una fe convencida, y una fe coherente. O sea, una fe que sea un “si” vivido: a Dios, a la familia, a la vida, al amor responsable, a la solidaridad, a la responsabilidad social con la justicia, a la verdad, al respeto al prójimo y a sus pertenencias.

Y, hoy, al celebrar este Día de la Hispanidad deseamos reconocer que Maria ha estado presente desde el comienzo en todas las culturas de América Latina y el Caribe. Como latinoamericanos, ser marianos es parte de su ADN. No se puede hablar de México sin hablar de la Guadalupana. No se puede hablar de la República Dominicana sin tomar en cuenta la Virgen de Altagracia, o de Cuba sin Cachita, la Virgen de la Caridad, o de Nicaragua sin la Purísima, de Honduras sin la Virgen de Suyapa, o de Puerto Rico sin la Virgen de la Providencia o de Venezuela sin la Chinita, o de Colombia sin Chiquinquirá. Nuestra Madre querida desde el santuario de Guadalupe y los demás santuarios marianos de América Latina hace que hasta sus hijos más pequeños se sientan cobijados por su manto.

Si hoy celebramos el Día de la Raza, debemos reconocer que María es la Madre de esta raza. La raza que celebramos es el fruto del encuentro de lo europeo con lo indígena y lo africano. Fue un encuentro dramático – un encuentro con sus luces y sus sombras – pero gracias a María que se hizo madre de todos los pueblos – desde la cruz de su hijo Jesucristo – el patrimonio más valioso de la cultura de nuestros pueblos es “la fe en Dios Amor.”

Este patrimonio tenemos que conservar; pero recuerden: la fe se conserva en la medida en que se comparte – con confianza y con coherencia.

  

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