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Los niños no son negociables

Con pancartas en mano manifestantes en contra de la separación de familias en la frontera sur del país, marcharon el 23 de junio hasta el centro de detención de menores en Homestead.

Fotógrafo: ROCIO GRANADOS | LVC

Con pancartas en mano manifestantes en contra de la separación de familias en la frontera sur del país, marcharon el 23 de junio hasta el centro de detención de menores en Homestead.

Pocas veces se ha visto un espectáculo más triste en el espectro político moderno de los Estados Unidos, que el de los menores de edad separados de sus padres como medida contra el delito de intentar emigrar ilegalmente a este país, que aun a pesar de sus políticas contra los inmigrantes —que no se iniciaron, ciertamente, con la actual administración, sino con la anterior— sigue pareciendo un refugio para los desesperanzados del mundo.

El flujo de migrantes de Centroamérica y México hacia la frontera sur de los Estados Unidos viene ocurriendo, con períodos de mayor o de menor intensidad, desde hace muchos años. El hecho de que gran parte de los territorios que hoy conforman la región suroeste de los Estados Unidos haya pertenecido originalmente a México, no parece ajeno a esta tendencia. Los migrantes van hacia regiones en que ya hay sectores de población con una cultura semejante a la suya, y dentro de la cual pueden encontrar acogida. Lo mismo han hecho los cubanos, tradicionalmente, en relación con La Florida, que formó parte, junto con la isla de Cuba, de los territorios colonizados por España.

Pero la anterior administración cerró de golpe la puerta a los cubanos, y la actual había prometido poner fin al flujo de mexicanos y centroamericanos, ya fuera erigiendo una moderna Muralla China en la frontera con México, o penalizando severamente a quienes penetraran ilegalmente en territorio estadounidense.

Esto último es lo que ha ocurrido, y los migrantes menores de edad han sido los grandes perdedores.

Ni algunos de los adultos que trajeron consigo a esos menores —sometiéndolos a condiciones riesgosísimas y separando a sus propias familias—, ni las autoridades que dispusieron de los menores al encarcelar a los adultos, enviando a sus hijos a centros de procesamiento y albergue que los abruman con sus procedimientos —por muy bienintencionados que puedan ser—, son inocentes del caso más doloroso de abuso infantil colectivo en la historia de los Estados Unidos, junto al de los menores de edad estadounidenses que fueron internados con sus padres o abuelos de origen japonés durante la Segunda Guerra Mundial.

Pero los padres y las madres, al menos, actuaron movidos por la esperanza de escapar —ellos y sus hijos— de la descomposición social que está minando a una gran parte de Centroamérica (señaladamente a Honduras, Guatemala y El Salvador) y a zonas de México, descomposición marcada por la violencia extrema, el consumo y el comercio de drogas y la utilización de los niños y adolescentes como peones de un ajedrez macabro, cuyo tablero se extiende a otras regiones de un mundo que parece no poder ya consigo mismo.

Las autoridades de Inmigración, en cambio, han actuado bajo el imperativo de recientes decisiones gubernamentales que prescribían el castigo inmediato y severo de los infractores, como una convincente “lección” para disuadir a los futuros infractores de intentar el cruce ilegal de las fronteras estadounidenses. Sin duda alguna, el “escarmiento” ha sido efectivo a corto plazo, y será efectivo aún por un plazo impredecible. Ningún padre, ninguna madre que ame verdaderamente a su prole, se atreverá, por ahora, a buscar ayuda y protección en los Estados Unidos para ellos y sus hijos, por el solo hecho de llegar a la frontera y presentarse a un oficial de Inmigración, y decirle que vienen huyendo de la violencia política, social o familiar que campea en su país.

La idea es, claramente, que encaren esa violencia dentro de su propia casa, barrio, villa o ciudad, o que huyan —si pueden— a otra casa, barrio, villa o ciudad de su propio país. Pero no que vengan a los Estados Unidos. El mensaje también es muy claro: aquí no son bienvenidos, por decirlo en términos diplomáticos.

Se acabó la tolerancia. “Tolerancia cero” para los “criminales” que se atrevan a cruzar ilegalmente las fronteras de los Estados Unidos, y todos los que las crucen ilegalmente serán tratados como criminales. Procesamiento y cárcel, y después deportación. ¿Y para los hijos, para los menores de edad traídos por sus padres o custodios? Separación, internamiento en centros atendidos por extraños, muchos de los cuales sufrirán también por la imposibilidad de reemplazar a los desconocidos padres.

El remedio parece infalible, pero lo es sólo a corto plazo: los padres serán castigados con la separación de sus hijos, y los hijos pagarán la culpa de sus padres con la separación.

¿Separación? Posiblemente extrañamiento y pérdida. Soledad y destrucción familiar a largo plazo. Pero el “remedio” parece efectivo para quienes creen que detener la inmigración ilegal —un fenómeno que, en realidad, ocurre también en la Europa occidental y en muchas otras regiones del mundo— es uno de los requisitos para hacer que “América (Estados Unidos) sea grande otra vez”.

Pero sólo con leer los versos de la poetisa hebreoestadounidense Emma Lazarus inscritos en el pedestal de la Estatua de la Libertad, conocerían otra idea de la grandeza americana que dicen defender:

“Dadme vuestras cansadas, agotadas, / acurrucadas masas deseando respirar aire libre. / El maldito desecho de tu repleta orilla. / Mandadme a estos seres sin tierra que la tempestad me trajo. / ¡Alzo mi lámpara junto a la puerta dorada!”.

La Estatua de la Libertad, regalada a los Estados Unidos por Francia, se alza como un testimonio permanente de la amistad entre dos naciones que han fundado sus repúblicas sobre la libertad y su defensa aguerrida; sobre la cultura occidental y humanista; sobre el diálogo con los otros, la tolerancia y la compasión hacia los más débiles. No sobre el aislamiento.

El miedo, como factor de disuasión, es “infalible” sólo a corto plazo, y lo que se ha visto en estos días es miedo, porque es la primera vez en la historia en que la política de separar a las familias inmigrantes ha sido aplicada por los Estados Unidos, el país en cuya generosidad y benevolencia confiaban hasta sus enemigos a la hora de rendirse. Pero los niños no son negociables.

Los niños no pueden ser utilizados por sus padres o sus custodios para lograr el ingreso en un país que no los entiende o no los quiere, ni pueden ser utilizados por las autoridades del país que no los entiende o no los quiere para hacer que los desesperados desistan de venir. Ni pueden ser utilizados por los políticos de cualquier bando para atacar a los políticos de cualquier bando. Hay una ley más alta que las expectativas familiares, que las regulaciones gubernamentales y que las agendas políticas, y es la ley establecida tajantemente por Jesús en los Evangelios:

“Guardaos de menospreciar a uno de estos pequeños; porque yo os digo que sus ángeles, en los cielos, ven continuamente el rostro de mi Padre que está en los cielos. De la misma manera, no es voluntad de vuestro Padre celestial que se pierda uno solo de estos pequeños. Pero al que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le vale que le cuelguen al cuello una de esas piedras de molino que mueven los asnos, y le hundan en lo profundo del mar.” (Mt. 18:10, 14, 6.)

Hay una frontera más estricta que las de cualquier país —incluso que las de los Estados Unidos, con murallas o sin ellas—, y es la frontera entre el bien y el mal. Todos llegamos, alguna vez, a esta frontera. Y todos somos responsables del paso que demos al llegar a ella, porque la única muralla que encontraremos en esta frontera, como cristianos, es la de nuestro deber a la luz de los Evangelios.

Emilio de Armas Editor de La Voz Católica


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