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'Despierten y estén alertos'

Homilía del Arzobispo Wenski en Prince of Peace, el primer domingo de Adviento

El Arzobispo Thomas Wenski predicó esta homilía durante una Misa el domingo, 27 de noviembre 2016, Primer Domingo de Adviento, en la iglesia Prince of Peace en Miami.

“Caminemos en la luz del Señor”, nos dice el Profeta Isaías.

“Desechemos las obras de las tinieblas y revistámonos con las armas de la luz...”, nos dice San Pablo en su Carta a los Romanos.

Así nos habla la Palabra de Dios al comenzar esta temporada litúrgica que llamamos el Adviento. El tiempo de Adviento llega para avivar en nosotros la espera del Señor, el Príncipe de la Paz. A través de estas semanas, las Escrituras nos dicen “despierten y estén alertos”. De hecho, el propósito en si del Adviento es el de un renacer de nuestra sed de Dios.

Así pues, el Adviento nos llama a la conversión – para que cuando el Señor venga nos encuentre “alertos”. Esto es, listos para recibirlo. El gozo de las fiestas navideñas depende de la calidad de nuestro Adviento.

El Mesías que esperamos esta temporada no es otro caudillo; más bien es el cordero de Dios que viene a traernos la paz. Aunque “Él ejercerá la autoridad,” él no nos oprimirá o explotará. Al contrario, Él transformará nuestra cultura de guerra a una cultura de paz: “…Se cambiarán sus espadas en rejas de arado y sus lanzas en hoces; nación no alzarán espada contra nación, ni habrán más guerras.”

En resumen, el Adviento es un tiempo de preparación de nuestro corazón para recibir al Señor. Estas indicaciones nos sugieren dejar el pecado y revestirnos de virtudes, “para que Él nos instruya en sus caminos y podamos marchar por sus sendas”.

Si no reconocemos que no somos autosuficientes, ni tan autónomos como a veces pretendemos ser; si no reconocemos los caminos falsos que hemos corridos, los compromisos pecaminosos que nos alejan del destino para el cual Él nos ha llamado, Dios no solamente estará “ausente” de nuestras vidas; ni siquiera lo echaremos de menos. ¿Cómo podemos darle la bienvenida al que viene a salvarnos, si ni siquiera reconocemos nuestra necesidad de ser salvados?

En conjunto con nuestras compras y fiestas en anticipación de los días festivos, debemos hacer tiempo para llegar hasta el confesionario, aunque sea con el único propósito de recordarnos a nosotros mismos que Jesús es, después de todo, ‘la razón de esta sazón”. Hay que recordar que el evangelio que trajo el Señor al nacer en Belén no fue para que tuviéramos más; vino para que fuésemos más.

Así, durante este tiempo de Adviento nos toca simplemente responder a la gracia para ser revestidos con las armas de la luz, como son: la fe, la esperanza, la caridad, la humildad, la templanza, el gozo, la paz, la paciencia, la comprensión de los demás, la bondad y la fidelidad, la mansedumbre, la sencillez, la pobreza espiritual, etc.

Claro, el Adviento nos pone en marcha para las preparativas navideñas; pero, más importante, porque “a la hora que menos pensemos, vendrá el Hijo de hombre”, el Adviento nos recuerda que un día el Señor vendrá a juzgar a vivos y a muertos. Por eso, las escrituras nos amonestan que estemos alertos, que nos despertemos del sueño. O sea, que no vivamos como en los tiempos de Noé. En el libro de Eclesiastés del Antiguo Testamento leemos: “Al justo y al malvado los juzgará Dios pues hay un tiempo para toda obra y un lugar para toda acción.” (Eclesiastés 3: 17)

Ahora bien, en la víspera de este primer Domingo de Adviento, como para hacer hincapié en las palabras de Cristo, “a la hora que menos pensemos, vendrá el Hijo del hombre”, nos hemos enterado que Fidel Castro murió. A cada ser humano, a cada uno de nosotros le toca morir; todos seremos juzgados un día. Ahora le toca a él, el juicio de Dios que es misericordioso pero no deja de ser justo. La muerte de Fidel provoca muchas emociones – dentro y fuera de la Isla. Sin embargo, más allá de todas las posibles emociones, la desaparición de esta figura debe llevarnos a invocar a la patrona de Cuba, la Virgen de la Caridad, pidiéndole a ella por la paz en Cuba y por su pueblo. 

Ella siempre va acompañando a todos los que, dentro y fuera de Cuba, luchan por el respeto a la dignidad humana y labran un futuro de libertad, justicia y paz. Así nos acerca ella al día, en que el amor a su Hijo será el cimiento eficaz para que, como le pedimos siempre, todos los cubanos seamos hermanos. 

“A Jesús por María, la caridad nos une.” Que Santa María de la Caridad escuche al pueblo y adelante para Cuba la hora de la reconciliación en la verdad acompañada de la libertad y la justicia. Que, por la intercesión de la Virgen mambisa, los cubanos sepan transitar ese camino estrecho entre el miedo que cede al mal, y la violencia que bajo la ilusión de luchar contra el mal solamente lo empeora. Virgen de la Caridad del Cobre, ensénanos a rezar, ¡Marana tha, Ven Señor Jesús!

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