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'Fue la presencia viva de Cristo' entre los enfermos

Homilía del Arzobispo Wenski en la Misa funeral por el P. Fabio Arango

Homilía del Arzobispo Thomas G. Wenski en la Misa funeral por el P. Fabio Arango Restrepo, celebrada en la parroquia Nuestra Señora de Guadalupe, el 9 de febrero de 2018.

Queridos hermanos y hermanas,

Una vez más nos reunimos para ofrecer la Eucaristía por un hermano sacerdote que parte a la Casa del Padre. Una vez más demos gracias por una vida consagrada por entero a Dios y a su pueblo, e imploremos al Padre de los cielos que nuestro hermano, el P. Fabio Arango, después de haber pasado por este mundo haciendo el bien, sea ahora recibido en los brazos del Pastor Eterno. Ese Buen Pastor que un día lo llamó a su servicio y le encomendó la tarea de anunciar su Palabra, guiar al rebaño y celebrar sus sacramentos, en especial la Eucaristía, centro y cumbre de la vida cristiana; fundamento del ministerio sacerdotal.

Ha sido esta la misión que el P. Arango se esforzó en llevar a término por más de 50 años, desde que un día 20 de noviembre de 1966 fuera ordenado sacerdote en la diócesis de Pereira, Colombia. Años de entrega sacerdotal en su tierra natal, así como en nuestra Arquidiócesis de Miami, donde continuó sirviendo al Señor desde el año 1997 como capellán del Hospital Mercy, y apoyando sucesivamente en las parroquias de Santa Bárbara, San Juan Bosco, Santa Cecilia y en la Ermita de la Caridad, lugares donde vivió en residencia, y donde supo dejar una huella de afecto y amistad en tantos que le conocieron.  

Y aunque el paso de los años y las secuelas de su padecimiento se hicieron sentir, no por eso decayó su espíritu laborioso y su deseo de seguir sirviendo al Señor a tiempo y a destiempo. Estando él mismo limitado por la enfermedad, nunca tuvo reparos en acudir al Hospital Mercy, de día o de noche, para ofrecer el ánimo y la esperanza cristiana a tantos enfermos y a sus familiares. Fue un apreciado testimonio para muchos ver a aquel sacerdote recorriendo en silla de ruedas las salas del hospital, ofreciendo palabras de aliento y el bálsamo de la fe. Porque esa es la misión del Sacerdote de Cristo: ser la presencia viva de Jesús, especialmente en medio del sufrimiento humano, y por encima de sus propias limitaciones, ofrecer su vida por la salvación del mundo. 

La primera lectura que hemos escuchado nos presenta el testimonio de Job, quien desde el dolor y el sufrimiento ofrece a los creyentes de todos los tiempos un poderoso ejemplo de fe y de confianza en los designios de Dios. Una invitación a mantener viva la esperanza en medio de las pruebas de la vida y al borde de la misma desesperación, sin apartar la mirada del único que salva y siempre escuchando sus promesas de vida eterna. 

La historia de Job y su paciencia en medio de la prueba y del aparente silencio de Dios es una experiencia común, cercana, que quizá muchos de nosotros hemos experimentado en alguna medida y en algún momento de nuestra propia vida. De igual manera y con toda certeza, hemos podido contar también con el auxilio de la fe y con la inconfundible ayuda del mismo Jesús, vencedor del mal y de la muerte. “Yo sé que mi defensor está vivo”(Job 19, 25), nos recuerda Job desde la primera lectura, y nosotros sabemos que el Hijo de Dios vivo, con su sacrificio en la cruz, nos ha ganado el don de la resurrección y la vida eterna. Esta es nuestra fe y nuestra esperanza.

El evangelio proclamado quiere reforzar en nosotros esa esperanza en la  vida que no acaba y a la que todos hemos sido invitados. Al escucharlo con atención no sólo intuimos la aflicción de Marta y María por la muerte de su hermano, sino que entendemos su natural asombro y turbación por no presentarse a tiempo Jesús, pudiendo así evitarles la pena y dolor. Confiaban plenamente en El, habían compartido tantas cosas, y precisamente ahora, en el momento de la prueba, aparentemente Él no está:"Señor, si hubieses estado aquí, no habría muerto mi hermano” (Jn 11, 21). Y sin embargo, allí estaba Jesús, a punto de ofrecerles la prueba más grande de su amor y su poder. Porque el Señor nunca nos abandona; porque El sabe estar con los que ama en los buenos tiempos y en la horas más oscuras. Y ante la confusión y la angustia de Marta, le escuchamos decir conmovido: "Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá"(Jn 11, 25). 

Esa es la esperanza que acompañó al P. Arango a lo largo de su ministerio sacerdotal. Es la misma esperanza que hoy nos reúne en torno al altar del Señor, para ofrecer este sacrificio de acción de gracias por su eterno descanso y junto al pueblo fiel elevar nuestra súplica confiada: “Dale a tu sacerdote, Señor, el descanso eterno, y brille para él la luz perpetua; que descanse en paz”. Así sea.

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