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'Un edificio de piedras vivas'

Homilía del Arzobispo Wenski en el 30 aniversario de Prince of Peace

El Arzobispo Thomas Wenski predicó esta homilía durante la celebración Eucarística por el 30 aniversario de la parroquia Prince of Peace (Príncipe de Paz), en la Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo, el domingo, 18 de junio de 2017.

Queridos hermanos y hermanas,

Unidos a la iglesia universal, hoy celebramos llenos de fe la Solemnidad del Cuerpo y la Sangre del Señor. Lo hacemos en una ocasión, también muy especial, dando gracias a Dios por los treinta años de vida pastoral de esta querida comunidad, dedicada precisamente al que es Príncipe de Paz, Jesucristo el Señor, que quiso permanecer en medio de nosotros a través de su propio Cuerpo y Sangre, alimento en el camino de la vida y sostén de la nueva familia de los hijos de Dios. 

El Arzobispo Thomas Wenski junto al P. Giovanni Peña, quien fue instalado como párroco de la iglesia Prince of Peace durante la Misa por el 30 aniversario de la parroquia.

Fotógrafo: ROBERTO AGUIRRE | FC

El Arzobispo Thomas Wenski junto al P. Giovanni Peña, quien fue instalado como párroco de la iglesia Prince of Peace durante la Misa por el 30 aniversario de la parroquia.

En efecto, es la Eucaristía, la fracción del pan – en las palabras de los primeros cristianos – la que construye la Iglesia, la que edifica verdaderamente la comunidad de fe, la que ha cimentado y fortalecido en el amor a esta familia parroquial a lo largo de tres décadas. Porque fue la intención del Señor Jesús, en su última cena, permanecer en medio de nosotros como pan de vida y como centro de comunión del pueblo de la nueva alianza nacida de su sacrificio en la cruz. Y es este el maravilloso don del amor de Dios que hoy celebramos. 

Compartir el Pan de Vida nos convierte en hermanos, miembros de una gran familia, y hace más fuertes nuestros lazos de comunión fraterna, de manera que todos podemos sentirnos integrados como miembros de un solo cuerpo y animados por un mismo Espíritu. Y esto, por encima de todas nuestras diferencias, de los orígenes culturales tan variados, a pesar de nuestras opiniones diferentes sobre temas diversos; más allá de la pluralidad de carísimas presentes en la comunidad y de los distintos ministerios que conviven y se complementan en la tarea de la evangelización. Pero todos, sin excepción, formando un edificio de piedras vivas que se reúne en torno al altar, en este templo material, para celebrar la Eucaristía e irradiar al mundo que le rodea los dones del amor, la misericordia y la Paz. Como nos recuerda en la segunda lectura el Apóstol Pablo: "El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan" (1 Co 10,16-17).

El Evangelio de hoy nos muestra al mismo Jesucristo proclamándose ante los judíos como el pan vivo que ha bajado del cielo. El pan de vida eterna que quiere saciar nuestra hambre de felicidad, de realización, de plenitud; nuestra hambre de Dios. Es un alimento que nos garantiza la presencia del Señor en nuestras vidas, así como la continuidad de su obra salvadora en medio del mundo. Una comunión que nos permite reconocer esa presencia de Dios en el rostro de la Iglesia, con todas sus limitaciones y defectos, y en el rostro de todos nuestros hermanos. Porque comulgar a Cristo en cada celebración eucarística nos obliga también a comulgar con nuestros hermanos y esforzarnos por construir puentes que nos conduzcan especialmente hacia aquellos que se encuentran más alejados de Dios y de la comunidad. 

Es esta la función primordial de cualquier comunidad fundada en la fe y en el amor. Ha sido esta la misión de la parroquia Príncipe de Paz desde su fundación hasta el día de hoy: proclamar a Jesucristo, celebrar la fe y alimentar a los creyentes con el Pan de la Palabra y de la Eucaristía, enviándolos a predicar y a dar testimonio de la Buena Nueva en el mundo de hoy, en medio de este vecindario, y por supuesto, en el corazón de la propia familia. Y todo eso bajo el hermoso signo de la paz, don pascual que sólo el Príncipe de la Paz puede conceder a su Iglesia.

Es por tanto, queridos hermanos y hermanas, un día para dar gracias al Señor por el regalo de la fe y por la posibilidad de celebrarla en esta querida parroquia, cuya historia se remonta al año 1987, fecha en que fue establecida por el Arzobispo Edward McCarthy para difundir la fe en un área de nuestra Arquidiócesis en continuo crecimiento. Con los años y el esfuerzo continuado de fieles y pastores pudo ser completado el edificio que hoy nos acoge, siendo consagrado en 1999 por mi predecesor, el Arzobispo John Clement Favalora. 

Y mientras se va completando el templo material, el templo espiritual se va fortaleciendo. La comunidad en este lugar congregada, no ha dejado de compartir su fe y su esperanza, y de seguir acogiendo a tantos que aquí han encontrado a Jesucristo y recibido los sacramentos de la Iglesia. Una mención especial merecen los sacerdotes Luis Casabón – ya fallecido –, Gerardo Díaz, Juan Torres y el actual párroco, P. Giovanni Peña, que en diferentes etapas de esta joven parroquia han sabido guiar al pueblo de Dios, siendo el rostro del amor y la misericordia del Buen Pastor para tantos que hoy están aquí, y para otros que ya han partido a la casa del Padre. Ojalá que el Señor, Príncipe de la Paz, nos anime a todos en este esfuerzo por construir comunidad y seguir siendo piedras vivas en la construcción del templo espiritual de la Iglesia.

Asi sea.

El Arzobispo Thomas Wenski saluda a los feligreses de Prince of Peace al terminar la Misa por el 30 aniversario de la parroquia.

Fotógrafo: ROBERTO AGUIRRE | FC

El Arzobispo Thomas Wenski saluda a los feligreses de Prince of Peace al terminar la Misa por el 30 aniversario de la parroquia.


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